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Sánchez debe rectificar

Pedro Sánchez durante la sesión de investidura. EFE

        Del 22 al 25 de Julio se han podido escuchar y ver los mayores disparates que en política se puedan cometer. Ha sido como un campeonato por ver qué líder de la izquierda sostiene la opinión más excéntrica o la posición más absurda e inconveniente.

        Debemos reconocer que la vida política española lleva una década sufriendo vientos adversos que sacuden, y mueven, las otrora posiciones políticas fijas, sólidas y claras. La crisis económica desatada en 2008; la errada respuesta del zapaterismo y la ideología memorialística de éste; la eclosión del fenómeno del 15-M; el estallido del populismo chavista de Podemos; el hostigamiento del nacionalismo catalán y la desaparición del bipartidismo, han motivado que el socialismo español ande perdido en el terreno ideológico, carezca de un discurso realista, apartado de la sensatez, y se compruebe fehacientemente que su actual líder, Pedro Sánchez, camina por senda errada.

          Mientras la socialdemocracia europea, en los treinta años posteriores a la terminación de la Segunda Guerra Mundial (1945), dispuso de una doctrina, de una base teórica, de un discurso intelectualmente sólido y de una estrategia que sirvió para que Europa avanzara y las clases medias prosperaran sin tener que caer en las garras del comunismo, hoy el socialismo se nos presenta vacío, sin mensaje seductor y verdaderamente desorientado, ideológicamente perdido. Esto es lo que, a mi juicio, sucede con el PSOE de nuestros días y con su actual y polémico líder, Pedro Sánchez.

      En este sentido el citado político se comporta como directo continuador de José Luis Rodríguez Zapatero: ligero de equipaje intelectual; empeñado en vendernos un republicanismo que no convence; situado incomprensiblemente de espaldas a la obra de la Transición; con peligrosas amistades con los nacionalismos periféricos y los filoetarras, y con la ingenuidad política de un adolescente.

       No sabemos por qué Sánchez renuncia a conseguir un gran pacto de gobierno y estabilidad con las llamadas fuerzas constitucionalistas, las únicas que, en mi opinión, pueden procurar a la vida social, política y económica de España la necesaria paz, moderación y equilibrio. Ignoramos por qué Sánchez ha declarado “socio preferente” a un partido antisistema, comunista, bolivariano y disolvente como Podemos, con el riesgo ineludible de suicidio que conlleva para él y su partido el afortunadamente fracasado pacto de investidura con los podemitas. Un intento que ha puesto de manifiesto, bien a las claras ante todos los españoles, las verdaderas intenciones de la formación morada: dominar la dirección política del Gobierno; aumentar exponencialmente el gasto público; orquestar gratuitamente una campaña propagandística de Podemos ante las clases populares; y, sobre todo, comerle el terreno a los socialistas.

      La Historia política de España -y de otros países- dispone de abundantes pruebas de que la coalición gubernamental de socialistas y comunistas sería una coalición efímera y catastrófica para el interés general. Las tensiones políticas serían muy frecuentes, la discrepancia sería continua. A la postre, la política socialista sería vista como reaccionaria, corta, y, en cambio, la de los ministros podemitas se calificaría de progresista y benéfica. La conjunción socialpodemita no sería duradera, y, al final, se juzgaría profundamente equivocada, lo que redundaría, sin duda, en un tremendo fracaso del que se culparía al socialismo. El pueblo lo rechazaría durante una larga temporada electoral.

     La fracasada investidura de Sánchez -con el pretendido apoyo de Podemos- ha dejado entrever muchas carencias de estos líderes. Es incompresible que el socialista no haya dedicado más esfuerzo a conseguir su investidura y se haya dirigido a la bancada del centro-derecha poco menos que exigiéndole la abstención para resultar elegido. A cambio, ¿ha ofrecido cumplir alguna medida?

       Y hay algo más. Los discursos pronunciados por Iglesias estos días en el Congreso han demostrado palmariamente el supino desconocimiento que tiene sobre la Administración General del Estado y sus competencias. Lo primero por considerar que hay Ministerios “decorativos”. Cada Ministerio se ocupa de un ramo de la Administración que tiene unos fines sociales que alcanzar. ¿Dónde está la “decoración”? Y lo segundo porque exigió una competencia (las políticas activas de empleo) que está transferida a las Comunidades Autónomas. Con un socio así, ¿adónde se va?

       Pedro Sánchez no es mal líder. Pero ha equivocado la bancada. Si quiere que su liderazgo prospere y sea útil y que los españoles también avancen y progresen debe rectificar su dirección política (“indirizzo político”) y llamar al Partido Popular y a Ciudadanos para tratar de unir y sumar con estas fuerzas que defienden la Constitución de 1978, la centralidad política y programas (alguno con experiencia de gobierno) llenos de medidas sensatas, favorables para la sociedad y alejadas de oportunismos y triples saltos mortales. La unión hace la fuerza.   

    Sánchez debe convencerse de que siempre, más en la hora actual, el único camino acertado es el del constitucionalismo.

Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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