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Retroceso

Los españoles no quieren o no saben ponerse de acuerdo para levantar por asenso común un Estado dentro del cual puedan vivir todos, respetándose y respetándolo” (Manuel Azaña, 1939).

Comparecencia de Pablo Iglesias analizando las resultados electorales en Andalucía/ EL ESPAÑOL

Enseña el diccionario que retroceso es “acción y efecto de volver hacia atrás”. Esto es lo que, en mi opinión,  ocurre en la política española: la concordia civil  está desapareciendo a pasos agigantados.

Ciertos hechos políticos que acontecen en nuestros días, y algunas declaraciones de determinados dirigentes, recuerdan tiempos pasados. Precisamente tiempos no edificantes ni modélicos de una convivencia pacífica y provechosa. Algunos testimonios actuales reproducen, deliberada o involuntariamente, las páginas más negras de nuestra reciente y convulsa historia que creíamos, hace años, superadas para siempre.

A los 40 años de fecunda vida democrática; a las cuatro décadas de funcionamiento de un exitoso Estado constitucional y de democracia parlamentaria, sorprende que se observen comportamientos y se oigan proclamas que, a poco que se conozca nuestra Historia, se diría que son idénticos a los de los agitados años 30 del pasado siglo. Pareciere que hubiesen sido inútiles los discursos del rey Juan Carlos I abogando por que los españoles caminaran juntos y mirando al futuro, así como los de Adolfo Suárez llamando a la reconciliación, la concordia y a tener altura de miras.

Al parecer, hoy no basta con tener que luchar contra el separatismo, hijo de los nacionalismos fragmentarios, sino que es forzado salir a la palestra pública para censurar el discurso incendiario, anacrónico e impostado de Pablo Iglesias, cuando en la noche del escrutinio electoral andaluz llamó a tomar la calle por la razón tan “democrática” de no gustarle los resultados obtenidos.  Esa noche le afloró sin esfuerzo el estalinista redomado que lleva en sus entrañas. Con su soflama calenturienta, injustificada y extrema, convocó a su “gente” a constituir un frente popular (terminología de ingrata memoria) contra el fascismo que, a su juicio, representa el partido Vox. El escenario y la arenga evocan el “¡No pasarán!” de la vieja lideresa comunista, “Pasionaria”. Como en la Guerra Civil. Con su misma terminología y nervio. Un retroceso, pues, en el curso histórico del pueblo español.

Resulta increíble que, a los 82 años del cruel y sangriento conflicto fratricida, un vástago que frisa los cuarenta años, nacido, pues, en democracia, llame a caldear las calles “para hacer frente al fascismo” desde posiciones doctrinales marxistas, más que periclitadas. Se equivoca, en consecuencia, nuestro líder podemita, y quiere arrastrarnos a su error. Defendiendo el comunismo marxista, Iglesias no es ningún adalid de las libertades frente a lo que llama fascismo. Veamos por qué.

El fascismo no es tanto una ideología política como también un conjunto de reglas pragmáticas para ejercer el poder. Es una mezcla desordenada de ideas filosóficas. El ideario fascista es producto circunstancial de una oportunidad histórica, antes que una ideología concebida en abstracto (R. Borja). El fascismo proclama “la inmutable, benéfica y provechosa desigualdad de clases”; el derecho inmanente de los “mejores” a gobernar; la “predestinación” de las élites (los mejores) a manejar los asuntos de la colectividad […]; la absoluta e indiscutible supremacía del Estado sobre el individuo; los principios inviolables de la disciplina, la autoridad y la jerarquía, y la supeditación de los valores materiales de la vida a los del espíritu” (B. Mussolini, citado por Walter Montenegro, “Introducción a las doctrinas político-económicas”, FCE, 1972, página 179).

Por otro lado el comunismo, ideología de Pablo Iglesias aderezada de chavismo, tiene como “piedra angular la propiedad “común” o colectiva de los instrumentos de producción -y por ende la negación de aquélla- y la rebelión de las clases desposeídas contra las clases poseedoras” (W. Montenegro, íd., página 121). Por cierto, en el caso del politólogo madrileño habría que aclarar si él pertenece  a la primera clase o ya más bien a la segunda. El comunismo prevé una fase transitoria y autoritaria hacia una sociedad sin clases: la dictadura del proletariado.

Fascismo y comunismo son dos doctrinas político-económicas que tienen en común su carácter totalitario. Ello quiere decir que el papel de la persona humana está subordinado absolutamente al Estado. Con ambas ideologías se abaten y sacrifican las libertades.

En consecuencia, nosotros, ciudadanos del siglo XXI, que tenemos constancia del desastre y tragedia que ha supuesto para la Humanidad esas dos ideologías, con enfermedades, hambre y muerte por doquier, no queremos ni fascismo ni marxismo o comunismo. Ambas líneas de pensamiento son extremas y liberticidas.

Por ello, apelar a un frente común contra el fascismo como hace Iglesias desde su rancio marxismo, causa estupor entre ciudadanos sensatos. Causa alarma además, pues disfrutamos de una excelente Constitución política que instaura un Estado social y  democrático de Derecho, en cuyo marco la libertad florece como la vegetación en el campo tras una fina lluvia de primavera. Ni fascismo ni comunismo.

Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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