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¿Progresistas?

 

 

LAS PROVINCIAS, 17.11.23

José Torné-Dombidau y Jiménez

Profesor Titular de Derecho Administrativo y

Presidente del Foro para la Concordia Civil

Para reproducir fielmente el retrato político de la España de Pedro Sánchez sería menester utilizar la coloración propia de la escuela pictórica tenebrosa u oscurantista, dominada por los trazos negros, sin luminosidad ni brillo. En efecto, tras la primera Legislatura “Frankenstein”, Sánchez amenaza con una segunda edición bajo el signo de los peores ingredientes disolventes o corrosivos de la democracia parlamentaria y el Estado de Derecho.

Y ello es así porque a las anomalías políticas y económicas que condujo en 2019 abrir el Gobierno del Estado al chavismo neocomunista de Podemos, o a   mantener peligrosas amistades con los secesionistas catalanes o con los herederos del terrorismo etarra, se suman ahora otros terribles pactos con ellos como nefasta contraprestación que tendrán que pagar España y los españoles a fin de que Sánchez alcance su tan ambicionada investidura como presidente del Gobierno. Pactos onerosos, humillantes, reaccionarios, contrarios al interés general de España. Acuerdos con Bildu, ERC y JxCat que sólo benefician a estos partidos -enemigos de la Nación española- y, fundamentalmente, al impenitente aspirante a ocupar de nuevo oficialmente La Moncloa.

Empero entre los numerosos y justificados reparos que se le pueden hacer a estas arriesgadas andanzas y relatos de Pedro Sánchez en su trayectoria desde Junio de 2018, figura una cansina muletilla justificadora de la bondad y acierto de la conjunción PSOE-Sumar. Es cuando la Coalición “Frankenstein” y sus socios utilizan el término ‘progresista’ para dar a entender que es un buen Gobierno, que sus políticas son acertadas y beneficiosas, que son un modelo de gobernanza, y que el país avanza en la economía, en el trabajo, en las relaciones industriales y empresariales, y que el bienestar se expande y alcanza a todos los sectores sociales. Progresista.

Sin embargo, como humanos que somos, no todo lo que reluce es oro. Ningún líder, ningún partido político ni facción social monopoliza la verdad ni dispone de la solución mágica y universal a los complejos problemas de nuestro complicado tiempo. Porque un Gobierno o un dirigente afirme que su programa, sus medidas, sus políticas son progresistas necesita algo más que esa expresión para demostrar -y convencernos- de que, en efecto, lo son y crean bienestar y progreso, riqueza.

Pero es que, además, negamos que Pedro Sánchez, Yolanda Díaz, las Montero, Belarra, Garzón, Santiago, Errejón, Rufián, Aizpurúa, Junqueras, Puigdemont, el PNV de Ortúzar, etc, sean progresistas ellos y sus políticas. Se ve mejor haciendo unas preguntas. Por ejemplo, conceder una amnistía a delincuentes cuyos votos necesita Sánchez para continuar, ¿es progresista? Asociarse a los enemigos jurados de la Nación, ¿es progresista? Atacar la economía de mercado y reimplantar el intervencionismo económico (como quiere Sumar con el beneplácito del sanchismo), ¿en verdad es progresista? Gobernar sin límites políticos, éticos o jurídicos, ¿es progresismo?

Gobernar con trilerismo, con mentiras, con la compañía y control de Puigdemont, Junqueras, el desleal PNV y el siniestro Bildu, ¿es progresismo? Quebrantar el Estado democrático de Derecho y destruir la democracia, ¿es progresista? Querer colonizar a Jueces y Fiscales y al Tribunal Constitucional, ¿es avanzar o regresar al absolutismo político? Revisar tendenciosamente delicadas páginas colectivas de la Historia contemporánea de España, ofreciendo una versión sectaria y falaz, ¿es progresista? Modificar a la carta -y por imperativo de los delincuentes-  el Código Penal, suprimiendo tipos penales y dulcificando otros, ¿es progresista? La “Rendición de Pedralbes” ante ERC en diciembre de 2018, donde el PSOE de Sánchez inició la ‘jibarización’ del Estado en Cataluña, ¿es progresista?

Humillar a los españoles con las exigencias supremacistas de los líderes nacionalistas, ¿es progresismo? Proyectar la adopción de medidas peronistas en nuestra sociedad y en nuestra tejido económico, ¿es progresista? Las falacias, el oscurantismo, la falta de transparencia en la gestión pública, ¿es talante progresista? Más carga impositiva, dirigir amenazas a los empresarios e industriales, ¿es ello progresista? Indultar a quienes afirman que lo volverán a a hacer, ¿es progresista? Fundar una Babel parlamentaria, y ponerla en práctica antes de que una norma lo autorice, ¿es progresista? Destruir la democracia desde dentro y evolucionar hacia un régimen político distinto al contemplado en la Constitución de la Concordia, ¿es progresista? Nombrar como presidenta de las Cortes Generales a una militante de tu partido, redomada nacionalista balear, ¿es ello progresista? Siete votos,  ¿justifican el vía crucis político y parlamentario que se está infligiendo a los españoles por el único beneficiario de esta disparatada operación de investidura? ¿Es progresista actuar contra el imperio de la Ley (Rule of Law)?

La lista de preguntas continuaría, sería interminable. Empero la paciencia del amable lector, no. Por eso debo poner punto final a esta tribuna, redactada hoy con zozobra y abatimiento. Y es que la triste realidad política de nuestros días advera las líneas anteriores.

Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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