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Las Repúblicas de Pedro y Pablo

        Ha transcurrido cierto tiempo desde que el Gobierno “Frankenstein” aposentó sus reales en La Moncloa. Lapso suficiente para confirmar los peores vaticinios que se formularon sobre esta complicada cohabitación gubernamental. Mucho más cuando un cisne negro se ha cruzado en el camino de sus torcidas intenciones, ocultadas en el trance electoral.

        Ha bastado un imprevisto agente, la pandemia, para quedar pronto al descubierto las verdaderas intenciones ideológicas y tácticas de las dos asociaciones políticas coaligadas: la increíble conjunción PSOE-UP. O lo que es lo mismo: un radical-socialista, Pedro Sánchez, trajeado al modo “Armani”, quintaesencia de la inmoralidad, y el comunista pueril y de pacotilla, Iglesias Turrión, “le petit bourgeois révolutionnaire”, que en una mano lleva las llaves de su pretenciosa mansión de Galapagar (¡quién lo diría!) y en la otra la lata de gasolina contra el “terrible” sistema capitalista, responsable de todo… lo malo que pasa en el mundo.

        Conocemos ya lo que da de sí esta coalición. Un caos de descoordinación y ruinosa gestión administrativa como demuestra la respuesta gubernamental dada a la crisis sanitaria, que continúa (como no puede ser de otro modo). Un dispendio de alegre gasto público improductivo aunque atractivo, clientelarmente hablando, para recoger la cosecha en próximas citas electorales. Y lo más grave y serio: el velado plan que contemplan ambos capitanes de la extrema izquierda de demoler tanto el pacto de la Transición como la clave de bóveda sobre la que descansa toda la arquitectura política del edificio constitucional: la Monarquía parlamentaria. Para más escarnio, Sánchez e Iglesias dan esos pasos en nombre de un pretendido “progresismo”. Una broma.

       Los líderes de este co-Gobierno ya no ocultan su preferencia (e inclinación innata, mimetizada hasta hace pocos meses) por la forma republicana de Estado frente a la Monarquía. Para ello acuden a los más inútiles y discutibles argumentos. Aluden, sobre todo Iglesias, dechado de charlatanería, a un supuesto carácter antidemocrático y prehistórico de la Institución monárquica. Ninguna de esas dos interesadas descalificaciones se tiene en pie. Son afirmaciones inconsistentes, capciosas.

       Una República no añade ningún plus de legitimidad y libertades a la Monarquía parlamentaria. Ninguno. Las formas de Estado (o de Gobierno, como también se conoce) son accidentales y no predeterminan inexorablemente que en unas se respire libertad (República) y en otras opresión (Monarquía). No es así. Al contrario. Basta echar una ojeada al catálogo de Estados y comprobar que Venezuela es una República, como Irán, Cuba o Rusia. Y que Gran Bretaña, Holanda, Suecia o España son Monarquías parlamentarias. Responda con sinceridad el lector qué países son más avanzados, estables y ricos. Dónde se respetan más los derechos humanos y dónde menos.

       La España de la Transición -etapa en la que la sensatez y la concordia brillaron como nunca en nuestra agitada historia política, nada parecido a hoy- pactó la útil, acertada y beneficiosa forma de la Monarquía parlamentaria. En ella el Rey es el jefe del Estado. Reina pero no gobierna. Según ella, todos los cargos del Estado son elegibles menos el sillón del Rey (por voluntad del pueblo), única diferencia entre una Monarquía parlamentaria y una República (supongamos que también parlamentaria). Al parecer, ese sillón se lo discuten Pedro y Pablo.

            Y si la Monarquía es una antigualla, bendita antigualla que rige en las Naciones más respetadas, desarrolladas, estables, prósperas y con un envidiable sistema político fiable, garantista, desprovisto de maléficas tensiones y en las que la jefatura del Estado, magistratura  simbólica y protectora, no añade ninguna tensión político-social, toda una gran ventaja pensando en España, donde hay puñaladas para ocupar un modesto sillón de Alcalde.

        Frente a la República, de ingrata memoria, forma de Estado fracasada en España, la Monarquía parlamentaria ofrece neutralidad ideológica, independencia política de partidos, asociaciones y grupos de presión, y continuidad y estabilidad impagables, que le vienen muy bien al carácter levantisco, individualista, sectario y trabucaire del españolito.  

       Pedro “Bonaparte”, de conseguirlo, impondría una República fuertemente presidencialista y autoritaria (se ha comprobado en el estado de alarma). Iglesias, una República estalinista, totalitaria y confederal, con derecho a la “balkanización”. En ambos casos la libertad sería un vago recuerdo. Denles ustedes la oportunidad y nos despedimos de la libertad.

Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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