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La moscarda

       Desde la Declaración de Derechos de 1789 -guía del buen ciudadano y del buen gobernante-, la garantía de los derechos y las libertades se confía a los jueces, unos funcionarios independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la Ley (117 CE). Es el Estado de Derecho.

      Cualquier otro modelo de Estado, como el que quiere implantar nuestro tóxico Vicepresidente Iglesias, es pura tiranía. Esto es indiscutible. Que se lo pregunten a los súbditos de Kim Jong-un, a los cubanos o a los infortunados venezolanos.

         En las últimas horas, nuestro Kim Jong-un particular, el caudillo Iglesias, fiel a su plan chavista, ha arremetido contra los magistrados que han condenado a  una diputada de Podemos por los delitos de atentado contra agentes de la Autoridad, lesiones y daños. Hechos probados. Una perla de parlamentaria.

        Iglesias, en su calumniosa arremetida, achaca a los jueces el nefando pecado de la prevaricación, la mayor ofensa que se puede dirigir a un Tribunal de Justicia, actitud innecesaria al tener abierta la vía del recurso como prevén las Leyes procesales.

        Mal está que un particular así reaccionara, a menos que tuviera pruebas contra los magistrados. Empero quien gratuitamente ha llamado prevaricador al Tribunal de Madrid, sin pruebas, es un alto cargo que encabeza el Poder Ejecutivo, quien, sin consideración alguna hacia las instituciones, actúa como un activista bananero, como si hubiera descubierto una trama de corrupción que manchara las togas.

       Pero no. Su invectiva es una desvariada arremetida, ideológica y populista. Se trata de una espuria crítica por móviles políticos que no puede amparse en la libertad de expresión. He aquí la vieja estrategia marxista-leninista de arruinar las instituciones del Estado, de destruir la separación de poderes e imponernos la tiranía comunista que porta en sus genes el caudillo Iglesias.

       Este es el Gobierno “progresista” que nos vendían: autoritarismo, incompetencia, represión de las libertades, desastre económico, obediencia ciega al dúo tóxico, reducción del control parlamentario y mordaza comunicativa.

       No nos sorprende, pues, que Iglesias fustigue a un Poder Judicial democrático y que siembre el desprestigio  de instituciones democráticas. Porque él no es un demócrata, no: anhela concentrar en sus manos todos los poderes del Estado. Es así como, fiel a su ADN autoritario, perpetra esta intolerable injerencia en el ámbito del Poder judicial.

        Y aquí lo tenemos los españoles, subido a nuestros hombros, ebrio de poder y mando. Lo mismo adoctrina con impostado tono paternal y almibarado a los niños que, al día siguiente, visita Merca Madrid para adular a los sorprendidos trabajadores.

        Terminaré diciendo que la irrefrenable facundia de Iglesias se lleva mal con la democracia. Entra en conflicto con ella.

        Me recuerda la moscarda. Cuando Iglesias habla, una institución democrática queda manchada.

Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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