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La enfermedad nacionalista progresa

El pueblo español no quiere mandar sobre los catalanes, sino con los catalanes, seguir siendo una unidad profunda de destino histórico con  ellos” (Ortega y Gasset, discurso ante las Cortes, 2.6.1932).

 

Otro fantasma recorre hoy Europa: el nacionalismo. El mal que en el siglo pasado desencadenó dos cruentas  guerras mundiales y justificó el nacimiento de la actual Unión Europea para que reinara la paz y la concordia entre los antaño enemigos, vuelve a cabalgar sobre las naciones europeas de nuestros días y, también, por España.

En efecto, el viento del particularismo separatista vuelve a soplar con fuerza entre nosotros. Fiel a las dos Españas que Ortega y Gasset describió, la España centrípeta y la España centrífuga, en la hora presente Cataluña ha enarbolado, una vez más en la Historia, la bandera de la secesión, el apartismo, el señerismo.

Siguiendo la concepción y terminología orteguianas, el problema catalán es un caso de nacionalismo particularista, de “pequeña isla de humanidad arisca”, lo que provoca, en opinión del pensador, un problema muy difícil de resolver. “El problema catalán no se puede resolver; sólo se puede conllevar”, afirmaría el reputado filósofo. Por eso se atrevió a decir que “el problema catalán es un problema perpetuo. […] Cataluña es un pueblo problema para sí mismo. El problema catalán es un caso de nacionalismo particularista”.

Empero lejos de considerar que España responde a la esencia de un Estado confederal o plurinacional, como ahora defiende erráticamente la izquierda “sanchista” y la podemita, Ortega considera que “de la pluralidad de pueblos dispersos que había en la Península, se ha formado esta España compacta”.

Con los acontecimientos del pasado mes de Octubre, en los que sobresale como protagonista una declaración unilateral de independencia, se ha alcanzado el punto más álgido del antagonismo entre los catalanes que quieren vivir aparte de España y los que desean seguir siendo españoles. En consecuencia, el problema del separatismo catalán lo tenemos planteado en toda su intensidad, frenado sólo, por el momento, por la respuesta del Estado de Derecho y la cláusula de la coerción federal contenida en el artículo 155 CE.

Sin embargo, cual enfermedad infectocontagiosa, siguiendo el modelo catalán otros nacionalismos periféricos españoles han rebrotado (también en Europa), y otras regiones españolas, constituidas en Comunidades autónomas, están inmersas en un proceso de inoculación y progresión de la patología nacionalista de signo pancatalanista. Así, la Comunidad Valenciana y las Islas Baleares están siguiendo los pasos de acentuación de las características identitarias y lingüísticas, imponiendo credos particularistas en materia de educación, lengua, cultura y símbolos propios.

En la Comunidad Valenciana, con la conjunción de las  fuerzas políticas del PSOE-PSPV, Compromís y Podemos, el ‘conseller’ Vicent Marzà lleva a cabo una sutil y perseverante labor de “limpieza” lingüística, consistente en desplazar en la educación al idioma común de los españoles, instaurando la inmersión en lengua catalana, pues ni tan siquiera Marzá es partidario de las normas gramaticales genuinamente valencianas contenidas en las llamadas “Normas de El Puig”. Remito al lector a que consulte su “opera magna”, la Ley 4 de 21 de febrero de 2018, que regula y promueve el plurilingüismo en el sistema educativo valenciano (DOGV nº 8240). En el ámbito de las Administraciones públicas igual imposición del catalán está llevando a cabo el alcalde Joan Ribó.

En las Islas Baleares también se constata el avance del nacionalismo catalanista a través de una fuerte exigencia del conocimiento y uso del idioma catalán como requisito necesario para  desempeñar puestos en la Función pública. Se pretende que el dominio de la lengua catalana no sea un mérito a valorar en las pruebas selectivas, sino un ejercicio de carácter eliminatorio.

Lo más sorprendente es que estas medidas abiertamente discriminatorias y alejadas de las exigencias de las tareas profesionales (como es la Medicina), han sido acordadas por políticos que oficialmente militan en el Partido Socialista Obrero Español, como la actual presidenta del Gobierno balear, Francina Armengol, cuyos pasos la están situando, a juicio de la mayoría de los analistas, como alumna aventajada del separatismo catalán, digno de un Puigdemont. Descúbrese así una abierta contradicción entre las siglas del socialismo fundado por Pablo Iglesias y el activismo separatista que practican estos líderes, militantes del PSOE para mayor ‘inri’.

Y como no hay dos sin tres, en el País Vasco se debate en estos días un anteproyecto de reforma del Estatuto de 1979 en el que, “nec metu nec spe”, se porfía por la inclusión del llamado derecho de autodeterminación (secesión o independencia), con lo que ciertos partidos vascos resucitan el espíritu del “Plan Ibarretxe”: Euskadi como nación; derecho a decidir (¿les recuerda algo?); los vascos, pueblo diferente; y relación confederal con España.

De nuevo, el virus antidemocrático del particularismo nacionalista cabalga sobre la geografía española.

Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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