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Juancarlosfobia

Felipe VI y el vicepresidente Pablo Iglesias./ FOTO: PABLO LASAOSA.

         Ya se ha desatado lo que mejor sabe hacer el español: hablar mal de alguien. En horas veinticuatro, el español pasa de la admiración rastrera a sacarle la piel a    tiras a cualquiera. El español no tiene término medio. O ama u odia. O es un felpudo o da un portazo. Ciertamente, el español es radical y poco reflexivo.

          Hasta ayer, el Rey Juan Carlos era objeto de pleitesía por políticos que aspiraban a ser tenidos por cortesanos. ¿Quién no tiene un amiguete alcalde, concejal o presidente de Diputación que elogiaba la campechanía y simpatía de Su Majestad?

          Sin embargo, han bastado ciertas andanzas privadas del veterano Monarca, nada ejemplares, para que el españolito -y el político de turno- le de la espalda y lo ponga cabeza abajo como se hizo con su antepasado Felipe V. En España no hay piedad con el ídolo caído.

         Es llamativo el rigor con el que los españoles están juzgando a Juan Carlos I. Hoy le niegan el pan y la sal, por más exitoso que sea su balance como Jefe de Estado y primer embajador de España. 

         Se ha abierto la veda y se ha disparado la enemiga antimonárquica. Los farisaicos, aquellos que más tienen que tapar y callar, son los que más acusan.

             Ya han empezado a borrar el nombre de Juan Carlos I de calles, plazas, avenidas y Universidades de España, antaño dedicadas, con pelotillero entusiasmo, por las más variadas Instituciones públicas del país.

        Nada importa que don Juan Carlos no esté emplazado ante ningún Fiscal ni Tribunal, ni que ninguna condena judicial haya recaído. No importa. Ya se le ha condenado. Y quienes no pueden tirar la primera piedra, ya la han lanzado.

         ¿Quién de nuestros políticos, en el ejercicio de su cargo, en sus relaciones con el Fisco, con promesas incumplidas y ninguna ejemplaridad, puede ser el primero en tachar el nombre del Rey Juan Carlos…?

          Mientras se vapulea hipócritamente al Rey caído, Sánchez guarda silencio y se recupera en La Mareta, que el curso político ha sido agotador.

          Por su parte, la farsante y totalitaria grey podemita arroja toda clase de basura sobre la vida y la obra de Juan Carlos I. Y Pedro Sánchez duerme. Duerme y tolera que los separatistas catalanes celebren, sin competencias para ello, un pleno parlamentario para vituperar gravemente a la Monarquía constitucional, gracias a la cual gobiernan. Y no pasa nada.

            Se repite la Historia: estamos destrozando un buen país, descomponiendo sus instituciones públicas y empujándolas a un vertiginoso desequilibrio.

            Como encadenados a una maldición bíblica, los españoles retornamos al estado de discordia y división. Volvemos a jugarnos la libertad y la democracia, y, de nuevo, por ese camino ponemos en riesgo nuestra convivencia.

           Está visto que no aprendemos del pasado.

Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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