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Vértigo

vertigoVértigo es lo que un ciudadano, medianamente informado y preocupado por la situación política de España, puede sentir a la vista de los acontecimientos y declaraciones de algunos cargos públicos, de algunos intelectuales y líderes de opinión.

Lo peor es que las descalificaciones fáciles y gratuitas dirigidas al que piensa diferente, el deslizamiento hacia el conflicto social y la polarización política se han instalado ya en la vida cotidiana. No hay más que acercar el oído a cualquier conversación en el autobús, en las terrazas de nuestros imprescindibles bares, en algunas conferencias, y  percibir la crispación y la tensión contra los “otros”. Los brochazos gruesos han sustituido al fino pincel del verdadero artista.

Vértigo” fue también el acertado título que utilizó el maestro del suspense psicológico y del cine negro, Alfred Hitchcock, para etiquetar su interesante película de 1958. Y es que, en verdad, la realidad política de nuestros días, que arroja un balance espeluznante (abdicación forzada de Juan Carlos I; crisis moral del sistema político español; corrupción por doquier; desafección de los ciudadanos; revanchismo populista; debilitamiento y desorientación de la socialdemocracia; separatismo; fragilidad económico-social; una derecha que no consigue ver reconocidos sus logros; incapacidad para lograr acuerdos; fracaso para constituir un Gobierno…), produce, efectivamente y con toda razón, vértigo.

Tres acepciones de esta palabra nos ofrece el Diccionario de la RAE y cuál de ellas es mejor para retratar los efectos de nuestra peculiar política coetánea. Así, primeramente, para la Academia de la Lengua, vértigo es un trastorno del sentido del equilibrio. En segundo término, vértigo es una turbación del juicio. Y, en tercer lugar, vértigo es un apresuramiento anormal de la actividad de una colectividad.

Hoy el panorama político español da vértigo. Se ha perdido el equilibrio en las posiciones, en las pretensiones y en las perentorias reivindicaciones. Los partidos políticos son dueños absolutos de las instituciones públicas y de la sociedad. El sistema político español se ha transformado en el modelo que el profesor García-Pelayo tituló como “Estado de partidos” (1986), que conlleva el grave riesgo de generar conflictos entre el interés del Estado y el interés del partido. Un modelo que supone “un cambio en la estructura de la democracia” (Rubio Llorente), que consagra una democracia de partidos y no de ciudadanos libres e iguales. Con razón otro constitucionalista, el profesor Ramírez Jiménez, criticaba duramente que nuestra Constitución sacralizara el papel de los partidos en el juego político. Un exceso.

Hay turbación del raciocinio, del argumento, del diálogo, de la palabra, que no existe… Todo lo contrario a lo que exige la ética democrática.

En el actual panorama español no se razona, no se argumenta, no se habla, no se dialoga. Se escuchan monólogos, insultos, grosería, descalificaciones infundadas, se condena antes de que se pronuncien los jueces, se tachan las voces diferentes como apestados medievales… Se ha perdido el debate constructivo, se ha expulsado de lo público la palabra y la inteligencia. Permanecen, por el contrario, la chabacanería, el desatino, el disparate. A ver quién lo dice más grande. Nuestra democracia ha perdido lozanía, jovialidad, frescura, respeto y precisión. Es la hora de la brocha y no del bisturí.

Y, por último, la hora actual de la política española da vértigo por lo que puede venir, por el “apresuramiento anormal de la colectividad”, por el ‘cambio’ o los ‘cambios’ que, cual certamen de insensatos, vomitan todos los días desde hace meses algunos de nuestros líderes sin concretar qué ‘cambio’ proponen y para qué quieren que les demos la confianza.

Hemos de saber que el cambio por el cambio no es nada. Mejor dicho, sí lo es: un engaño al pueblo, que puede acabar trágicamente cuando se descubra el subterfugio que representa prometer y no cumplir. O cuando el cambio lo sea a peor, que es lo que creo que tiene visos de suceder en nuestra patria si acceden al poder esos partidos con programas extremistas y demagógicos, sin reparar en el empobrecimiento y dolor que causarían a los administrados.

Finalmente, produce vértigo oír a los apresurados enterradores de la Constitución del consenso y las libertades de 1978. Vértigo provoca oírles las interesadas y frívolas afirmaciones que vierten sobre la Transición, cómo tergiversan la Historia, y cómo demonizan con intolerancia lo que no coincide con sus creencias. Producen vértigo los mensajes que emiten anunciando funerales, certificando defunciones, inhumando apresuradamente al sistema político que les permite, como nunca, vivir y actuar en un clima de plenas garantías jurídicas y libertades.

Y causan vértigo cuando anuncian que nuestro sistema de convivencia debe ser derribado y en su lugar iniciar un ‘proceso constituyente’ para descabalgar de un latigazo (sic) a la Monarquía parlamentaria.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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