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Urnas líquidas

BynP6XkIQAAZvAlLas urnas de la independencia tienen forma de cubo catódico. En su interior se pueden ver chisporrotear colorines. Así se diría por las caras y por las colas. Desde la ancianita hasta las jóvenes que se abrazan. Todos colaborando en el fingimiento de una independencia que ya se tiene y que se espera a destiempo. Intentando añadirle algo de emoción a una vida demasiado insustancial para creer que una nación va a resolvernos algo ahora.

El mundo libre está en deuda con nosotros. Hemos ideado una sutil forma de ahondar en la decadencia de Occidente y de hacer intranscendente nuestra libertad. Alguien debería habernos dicho que con las papeletas no se juega. Alguien debería habernos advertido del ridículo histórico del que ya nadie puede librarnos.

En Cataluña ayer se tomó el nombre de la democracia en vano. Es como si hubiéramos usado el Santo Grial para comer palomitas o como si Belén Estaban se pusiera la corona de Isabel II. La simulación de referéndum debería haber sido perseguida lo mismo que en el siglo XVII se perseguía la herejía. Ambas cosas afectan a la legitimidad del soberano.

El recurso a Bauman viene al pelo, me acuso de falta de originalidad, para la licuefacción de la ley y la democracia. Se derramó ayer por las calles de las ciudades y pueblos de Cataluña mezclándose entre los charcos y el barro para ir a desaguar a la Moncloa.

A día de hoy desde el único punto de vista con el que se puede mirar a Cataluña sin lastimarse es desde el teórico. Quizás nos resultaría útil replantearnos una serie de cuestiones aprovechando todo este tinglado que nos pueden venir muy bien para nuestro incierto futuro político.

Los teóricos deberían esforzarse en volver a aclarar el concepto de soberanía. Aparatosamente se ha querido plantear el problema como de soberanía. Sin embargo; nadie en su sano juicio puede pensar hoy que al decir soberanía popular estemos pensando en crear un monstruo desalineado y caprichoso. Al contrario, se trata de dividir el poder, de controlarlo, de hacerlo consentido. Es hora ya de asumir, así, como principio, que los pueblos no tienen voluntad y que muchas voluntades juntas no hacen una voluntad.

“Nosotros el pueblo”, con esas palabras empezó todo. No hay nada más contradictorio con ellas que el batido de ayer. Ninguna democracia cabe en una urna.

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Autor del artículo: Alejandro Muñoz González

Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración, UGR. Experto en Liderazgo y Comunicación. Socio fundador del Foro para la Concordia Civil.

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