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Un héroe de la política

No estoy dispuesto a abdicar de parte alguna de mi curriculum. Yo soy un chusquero de la política y estoy orgulloso de ello” (Adolfo Suárez, 24.6.77).

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Cúmplese en estos días el primer aniversario de la muerte de Adolfo Suárez González (Cebreros, 1932-Madrid, 2014), artífice contemporáneo de una de las más grandes obras de ingeniería político-constitucional. Bajo su inteligente y valiente gestión, los españoles supimos culminarla con éxito tras una larga noche de desencuentros y de discordias civiles. Se llamó Transición a la Democracia.

Los españoles tuvimos la suerte en ese tiempo (1976-1978) de contar con un plantel de gobernantes y políticos que, limitándose recíprocamente en sus diferentes y, a veces, contrapuestos intereses e ideologías, renunciando unos a prolongar sus privilegios y consensuando otros una salida pactada de un régimen autoritario  -hijo de una guerra civil-, todos ellos lograron encauzar la vida pública de España por el camino de la libertad, la democracia y la incorporación a Europa. Con escasos costos y, en cambio, patentes beneficios para la sociedad.

Tres personalidades destacaron en el manejo del timón del Estado y en la gobernación: el rey Juan Carlos I, Torcuato Fernández Miranda (“Ir de la ley a la ley”) y Adolfo Suárez, presidente del Gobierno, que se ocupó de cumplir exactamente su palabra: “Elevar a la categoría política de normal lo que a nivel de calle es simplemente normal”. En efecto, los españoles fuimos afortunados con esos tres grandes hombres. Tres estadistas que sacrificaron esfuerzos y vida personal para mejorar la de millones de españoles.

Al observador sorprende la predestinación para la política que Suárez advirtió desde muy joven. Pronto se sintió llamado para encarnar graves responsabilidades de gobierno. Así fue. Se convirtió en uno de los más jóvenes presidentes del Gobierno de su época, a los 43 años. Cuando de una terna el rey le designó, nadie confiaba en él, sólo la Corona, que le encargó la difícil y compleja papeleta del desmantelamiento del Estado franquista y la construcción de un Estado social y democrático de Derecho para llamar a la puerta de Europa. Lo uno y otro Suárez lo alcanzó casi en solitario, con mucha gente en contra, incluso de los suyos, la coalición que presidió, la UCD.

Por eso una de las características de su biografía política, que subrayan quienes han estudiado su trayectoria y vivencias, es la soledad y la incomprensión que sufrió. Sintió soledad ante la abrumadora tarea que recayó sobre sus espaldas. La historia misma de UCD es la historia de deslealtades, ambiciones personales y ataques incomprensibles hacia el liderazgo de Suárez, la mano que alimentaba a tanto ávido que no advirtió que con esa actitud echaba a pique la nave, como sucedió. Todos los grandes hombres de Estado sienten en alguna medida esa soledad que conlleva el ejercicio del poder.

En sus intervenciones públicas “Suárez aparece con tono mesurado, dialogante, cordial, y dice cosas importantes [inauditas bajo el franquismo]: El Gobierno que voy a presidir no representa opciones de partido, sino que se constituirá en gestor legítimo para establecer un juego político abierto a todos. La meta última es muy concreta: que los Gobiernos del futuro sean resultado de la libre voluntad de la mayoría de los españoles” [5 julio 1976, TVE] (E. Navarro, “La sombra de Suárez”, Plaza&Janés, p. 116, 2014). Téngase en cuenta que cuando Adolfo Suárez pronuncia esas palabras, de tan hondo calado político, regían las Leyes Fundamentales de Franco. Mostró desde entonces altura de pensamiento e indiscutible coraje político, que le acompañaron durante toda su presidencia.

No debemos concluir este pequeño, pero sentido homenaje al estadista, sin aludir a otro rasgo definitorio de su personalidad con el que tantas puertas y mentes abrió. Me refiero a su talante seductor, su simpatía natural, su atractiva personalidad que le ayudó sobremanera en política, que tanto le hacía ganar en la distancia corta. Fue el primer gobernante que supo sacar partido de las inflexiones de su voz, de su sonrisa, de su fascinante imagen. Supo dominar el medio y comunicarse magistralmente a través de las cámaras de televisión, llegando al alma y a los sentimientos de muchos españoles de entonces, sedientos de cambio político y de libertad.

Hoy, cuando el rumbo que ha tomado la política doméstica es altamente insatisfactorio, convendría tener presente la altura de miras que Adolfo Suárez supo imprimir a sus actos y a sus decisiones, bien alejados de oportunismos y de rastreros intereses.

Cuando hay fuerzas políticas en nuestros días que, con injusticia y error, llaman ‘el candado’ a la Constitución de la Concordia, que quieren destruir, es cuando más se valora y se echa en falta a políticos como Adolfo Suárez.

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