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Relato y comunidad

s2aLa canción de Gilgamesh y la Ilíada de Homero, las leyendas y los mitos, Amadis de Gaula y las gestas artúricas o los cuentos que se les contaban a los niños al calor del hogar fueron creados para un mismo fin. Aunque inconscientemente, esas historias, esos cuentos, esos relatos transmitidos muchas veces desde la tradición oral, suponían el germen de un sentimiento de pertenencia, infundían los valores necesarios para la convivencia, creaban comunidad.

Precisamente, uno de los ejes centrales de la crítica al hombre moderno es la perdida referencial de una tradición narrativa que le permite al individuo reconocerse en el seno de una comunidad con la que compartir fines y principios. Desde luego, para nosotros, completamente socializados en el individualismo y el emotivismo, las ideas de “comunidad” o, no digamos ya, “tradición”, pueden sonarnos a desvarío; sin embargo, tiene su interés reflexionar sobre esto.

En algún momento nuestros antepasados dejaron de pensar que era importante conocer una narración del propio pasado. No se trata de la historia de una ciudad o de un país como una serie de acontecimientos más o menos relacionados, digamos, como una disciplina académica. A lo que se renunció fue a poseer un marco referencial a través del cual el sujeto podía reconocer cuál era su papel en la historia. De este modo, con la renuncia al relato se empezó a perder algo valioso para construir el futuro.

Con el relato ocurría algo similar a lo que pasaba con las construcciones de las catedrales medievales. Aquellos proyectos se empezaban con un espíritu claro de perpetuidad. Los arquitectos y maestros canteros sabían que muy probablemente no verían terminada la obra, aun así estaban dispuestos a asumir arduos trabajos porque se sabían parte de algo grande, que sería recordado y que dejarían a las futuras generaciones.

Precisamente ese espíritu de los hombres que construyeron las catedrales es lo que nos falta a nosotros. Nos falta relato. En momentos tan inciertos como los actuales, que tan a menudo nos llevan a reflexionar sobre la necesidad de trabajar todos juntos por el bien común, y en los que también reprochamos a los políticos su falta de sentido de Estado y les reclamamos que piensen en el futuro más que en las próximas elecciones. Creo que en esos momentos, quizás inconscientemente, late en la sociedad el sentimiento de pérdida de un relato que empuje a la comunidad hacia el futuro.

De hecho, uno de los grandes autores que ha reflexionado sobre esta cuestión, Alasdair MacIntyre, al abordar la pérdida de relato en las sociedades modernas afirma que la práctica del patriotismo se ha hecho imposible cuando el gobierno no representa a una “comunidad moral”. Esto que puede chocar en un principio cobra sentido cuando observamos como la democracia deviene muchas veces en vulgar mayoritismo y comprobamos como la práctica de la política no nos hace mejores. Efectivamente, y creo no desvelar ningún secreto, nos encontramos faltos de principios.

El trabajo de esta generación será esforzarse en recuperar el relato. Desde luego no va a venir la solución desde ninguna opción ideológica o partidista, pero tampoco creo que se pueda hacer nada fuera de la política. El ejemplo de los maestros constructores de catedrales erigiendo esas torres hacia el cielo, seguros de alzar una obra que desafiara al tiempo, sin duda nos reconfortará.

Publicado en Cuadernos de la Tarde, 12, noviembre 2015.

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Autor del artículo: Alejandro Muñoz González

Licenciado en Ciencias Políticas y de la Administración, UGR. Experto en Liderazgo y Comunicación. Socio fundador del Foro para la Concordia Civil.

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