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Recordando a España (un relato ucrónico)

Ara volen desmantellar les Comunitats Autònomes3Septiembre de 2020. Aprovechando que el calor ha concedido una ligera tregua, mi familia ha decidido tener una reunión antes de que los niños vayan al colegio. He decidido acudir. Vienen parientes de los otros Estados colindantes, las Repúblicas de Catalunya, Euskalerría y Galiza, ésta última independizada hace pocas semanas.

Nadie se lo esperaba. Los acontecimientos se han precipitado, y estas antiguas Comunidades autónomas de España -cuando nuestra patria se llamaba así- se han escindido previo ejercicio del machacón derecho a decidir. Mejor sería decir que las han separado. Es lo que nos repite constantemente mi padre, viejo coronel, que ha entrado en depresión al ver el desmantelamiento de su antigua patria. Lo avisábamos en nuestro círculo de amistades y entorno social, pero la gente nos miraba entre socarrona e incrédula. Pues sí: se han marchado tres significativas tierras españolas. En los bares y lugares de esparcimiento ello se consideraba pura ensoñación, y ya vemos.

Todo un sistema democrático, acomplejado y débil, ha dado lugar a este espantoso escenario en el que, como mudos testigos, hemos asistido al desmembramiento de España. A él han contribuido tanto la derecha, con su indolencia, alejamiento de la realidad y parsimonia; la izquierda, con su democratismo exacerbado, que más que democratismo es democratitis, y la extrema izquierda, desnortada, apátrida y aliada de formaciones secesionistas y antisistema. Pero ya da igual. El resultado es el que es. Todavía recuerdo con nostalgia cuando se podía viajar por toda la piel de toro sin trabas ni requisitos oficiales, sin fronteras ni banderas.

Confieso que no está bien, empero empiezo a mirar de forma extraña a mis hermanos y primos que vienen a la reunión y que viven en Barcelona, Vitoria y Santiago de Compostela, las capitales de los nuevos Estados ibéricos. Se diría que un aire de extranjería flota en el ambiente. Como el año pasado, acudirán a la reunión con ínfulas de superioridad.

Todo este proceso de desgarro territorial ha sucedido de una manera sobrevenida. El proceso secesionista se inició allá en 2003, cuando Zapatero prometió a los catalanes un Estatuto imposible. Luego vendría la sentencia anulatoria del Tribunal Constitucional, la debilidad del Gobierno Rajoy, la creación de estructuras de Estado, el Gobierno Puigdemont, el efímero Gabinete copresidido por Sánchez e Iglesias, y posteriormente sucedió la fuerte crisis política de este Gobierno de tránsito que condujo al ascenso de Podemos, con su caudillo Pablo Manuel al frente.

Lo siguiente está fresco en la memoria. Se convocaron nuevas elecciones en el 2018, que ganó contundentemente el politólogo de la Complutense y sus enrevesados adláteres.

Tal como prometían en su programa electoral, el ministro de la Plurinacionalidad organizó consultas de autodeterminación por todo el país que dieron como resultado que las Comunidades de fuerte implantación nacionalista decidieran separarse. La última la que ahora se llama Galiza. Por cierto, en este mes de septiembre está previsto otro referéndum secesionista en el que llaman País Valenciá, patrocinado por la izquierda radicalizada, la extrema izquierda y los separatistas.

Cuando lleguen nuestros parientes, que residen en los otros Estados, charlaremos. Les preguntaremos cómo viven bajo la independencia, cómo les va la economía, y si están satisfechos de la separación. El año pasado, en la comida que tuvimos en casa de mi hermano el ingeniero, hubo más de un enfado, tensión y alguna discusión. Todavía está a flor de piel el recuerdo de cuando todos éramos iguales y formábamos una única nación. Sin embargo, todo se agravó con aquello de que éramos una ‘nación de naciones’. Se empieza por acuñar unos determinados términos que adoptan carga política, se toman en serio y terminamos levantando garitas y aduanas entre compatriotas.

Sí. Seguro que la reunión familiar transcurrirá entre la displicencia e indiferencia hacia los que vienen del “extranjero”, y la consiguiente nostalgia. Ambas actitudes dominarán. Particularmente en las personas de más edad, que no olvidan aquella España ancha y unida. Por aquella única nación de entonces se les escaparán suspiros. Algo nuestro hemos perdido. Y los políticos a lo suyo: a ver quién es más demócrata y pone más atención a los latidos insensatos del pueblo, de la gente, como gusta decir a los podemitas.

Yo, que tengo alguna edad, recuerdo la alegría e ilusión que despertó aquella famosa Transición allá por los setenta del pasado siglo, aquella recuperación de las libertades y aquella democracia que estrenamos. Nos parecía un sueño la dignificación del ciudadano. Hoy, septiembre de 2020, un Gobierno de extrema izquierda, ácrata y antisistema, está empeñado en sacarnos de la Unión Europea.

Ahora nos llamamos Nanoespaña. Vamos a igualarnos con los otros tres Estados ibéricos, empobrecidos y sin futuro.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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