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Qué vergüenza (escándalo sin derecho en presunto Estado de derecho)

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Miro por el observatorio de la constitucionalidad en España (lo de crítico he de ponerlo yo), que son los mass media, y me digo: qué bajeza moral la nuestra. Entren todos y sálgase el que pueda, que decía mi abuela cuando hacía alguna crítica por una falta generalizada. España sigue dando pena, pena, penita, pena. Pero no por su aproximación a la ruina o penuria económica, sino por su penuria moral, por su falta de educación, por su manera chabacana y rastrera de tratar los asuntos. Por su escandalosa transgresión generalizada del Estado de Derecho.

En el lejano y salvaje Oeste (far and wild, wild West), según sabía por las películas de mi infancia, todas las ciudades eran como Dodge City, la ciudad sin ley. Porque sus habitantes solventaban sus cuitas y diferencias a base de tiros y de sogas, detectando a ojo o imaginación a los culpables de alterar la convivencia, o a sus chivos expiatorios. Daba igual. Claramente se veía que el afán no era la justicia, sino la venganza o, peor, la orgía colectiva, el gusto por la sangre o por las heces morales (coprofilia moral, se diría: como la que se abreva en programas basura del negocio televisivo, con mucha más audiencia que en los circos romanos de antaño).

De mayor me enteré de que el salvaje Oeste no estaba en América, sino que empezaba en Europa, y que tenía uno de sus enclaves aquí mismo en España, y cuando menos me lo esperaba. No me refiero a la guerra, me refiero al terrorismo de Estado en plena democracia, al G. A. L. Da igual cuál sea “el sistema” cuando las personas son las mismas, quiero decir, lo mismo de ineducadas: intelectualmente primitivas o moralmente salvajes. La prueba es que semejante delito (no me lo imagino más grave en un Estado de Derecho) no impidió a muchísima gente seguir votando a los mismos, en lugar de vomitarlos. Dios mío, qué estómago, moral y políticamente hablando. Necesitamos una dieta política y votar sólo a partidos dignos y coherentes, partidos de Ciudadanos que presten Vox a la decencia que se requiere para regenerarnos de este pudrimiento general a que nos han llevado los partidos tradicionales.

Pero actualmente, hoy mismo, no salgo de mi asombro ni me recupero de la pena, penita. Y digo penita porque todavía es menor la pena que la indignación moral que me provoca lo que ahora voy a señalar, lo cual indica que yo también soy, sin duda, español, digo: manifiestamente mejorable. Lo que me provoca el escándalo y la penita (motivo de mi esperanza: ojalá alcance un día la sabiduría y sólo sienta compasión, sin perder la serenidad, ante el mal que me rodea, de piel adentro y afuera) es el espectáculo escandaloso de desafuero moral, intelectual, jurídico y político de que se está haciendo gala ante el caso de la PRESUNTA pederastia eclesiástica en Granada.

No es ya que la práctica totalidad de mis alumnos adolescentes ignoren el significado de las palabras “calumnia, linchamiento (físico o moral), chivo expiatorio, presunción de inocencia, Estado de Derecho”, sino que la práctica totalidad de los medios deformativos (me niego a compartir su coartada nominalista para la desvergüenza que practican, “informativos”, y elijo llamarlos por el nombre que merecen) parecen ignorarlos por completo, o importarles un pimiento, “como si” lo importante fuera la orgía sensacionalista, con sus buenos dividendos crematísticos, el hacer sangre, el ensañarse con chivos (si no inocentes –quién lo es–, sí los más buenos), el dar salida a la coprofilia moral, a falta de los antiguos circos, con las fieras vociferando en las gradas y los humanos dentro.

Yo tengo mi propia hipótesis crítica de lo que puede estar moviendo, todavía hoy en nuestra patria, a conculcar tan escandalosamente la esencia del Estado de Derecho, que es la presunción de inocencia hasta que un juicio justo salve a quien pueda merecerlo del linchamiento moral a que una vil, venal y vengativa calumnia pudiera querer someterlo. Bueno, no es mía solamente. La comparto con Platón y Kant, que acusaban la extendida mentalidad cavernaria y oscurantista de la humanidad, perezosa para investigar seriamente la verdad y cobarde ante la consecuencia presuntamente autocrítica que con la verdad completa deberíamos enfrentar. Preferimos prejuzgar, echar fuera las culpas y hacer lo blanco negro para ocultar (y esto se lo tomo a Freud y Nieztsche, profundos psicólogos) nuestras propias miserias y darle rienda suelta a la envidia (el deporte nacional, según Fernando Díaz Plaja en Los siete pecados capitales).

Quiero decir: ¿a qué puede deberse el a todas luces intempestivo y desproporcionado escándalo y ensañamiento popular y mediático con la PRESUNTA pederastia en Granada, hasta el punto de transcribir novelas malas, de guión manido y facilón, como si fueran reportajes informativos (http://www.elmundo.es/cronica/2014/11/30/54798f37e2704e5f1e8b4570.html)? ¿Cómo es que no se aplica esa misma indignación y energía a causas y personas más merecedores de ello, a los verdaderos corruptores (“presuntos”, vaya) de España? Porque la valentía auténtica ni presume ni vocifera. Porque la honestidad propia no se publica indignándose en público contra desconocidos. Eso lo hacen, presuntamente (como presumiría Freud, por ejemplo; y mi abuela, q.e.d.) quienes no se lo creen ni ellos (su propia honestidad y valentía) e intentan compensar extremosamente (lo cual les delata, pues los extremos se tocan y dime de qué careces que te diré quién eres) sus culpas con alardes impostores, haciendo el ridículo por mostrar ignorancia del más mínimo código cívico.

Más claro: que la envidia es muy mala y hay que ocultar la beneficencia sin parangón de las legiones de auténticos benefactores de los humanos más desgraciados, exclusiva de las santas legiones de la Iglesia católica, aunque padezca infiltraciones esporádicas (hermanos de san Juan de Dios, Hermanitas de los pobres, mercedarios, dominicos, franciscanos, capuchinos, salesianos, combonianos, etc., etc., etc.). Vaya que se nos note, a quienes lo ocultamos vilipendiando a los buenos, que no hacemos nada de eso, sino todo lo contrario: prometer mucho, presumir mucho, ofender mucho y, en cuanto a hechos, arruinar y destruir economía y moral y al que se ponga por delante siempre que Podemos. En honor a la verdad, en favor de la justicia, es preciso reconocer que si “la Iglesia” (los infiltrados que se visten de cristianos o de lo que haga falta) ha cometido un puñado de crímenes, son una broma comparados con los crímenes de quienes la censuran sin, para colmo, poder acercarse a ella ni un milímetro en cuanto a beneficencia (o sea, obras buenas, no palabritas hueras que engañan a cualquiera, o sea, a todo el que quiera ser engañado). Pero lo que vende es la ola, que se renueva, de prejuicio anticlerical para dirigir la ira de los damnificados por tanto granuja hacia los más mansos, benéficos e inocentes.

No hay que ser católico para reconocerlo. Simplemente estar mínimamente informado con hechos (no con películas ni con historias de fantasía morbosa), visitar de vez en cuando el sentido común y no dejarse carcomer por la envidia cochina y la represión de las propias culpas. Ser mínimamente lógico y justo, vaya. El valor central de un Estado de Derecho digno de tal nombre. Qué vergüenza.

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