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¿Qué es el populismo?

podemos-carbajo--644x362Cuando la democracia, como sistema de gobierno y marco de referencia de los mejores valores morales y  cívicos, está en  riesgo, debemos acudir a su defensa. España atraviesa una etapa política sumamente quebradiza  y dificultosa.

Una importante crisis social y de valores  -sumada a la económica- ha desencadenado otra crisis no menor en el terreno político. Nuestro país aparece hoy aquejado de varias enfermedades que pueden desencadenar lo que los médicos llaman un fallo multiorgánico. Los valores morales están en tela de juicio, pero se ha abierto otro frente: el separatismo, que lucha por fracturar el Estado, y al que, por el momento, no se le está haciendo frente adecuadamente.

Sin embargo, también ha surgido, aprovechando esta baja de defensas de la sociedad y del Estado, un fenómeno difícil de definir, complejo de explicar y trabajoso de frenar, llamado populismo. Separatismo y populismo son actualmente los dos grandes tumores de nuestra incauta democracia. Merece la pena dedicar el resto de esta tribuna de opinión a tratar de explicar qué sea el populismo y a desentrañar quién lo representa en el ruedo político de esta hora.

Enseña la Real Academia Española que populismo es la “tendencia política que pretende atraerse a las clases populares”. En España está despertando interés desde que un movimiento social activista se ha transformado en partido y, en poco tiempo, ha recibido un considerable respaldo electoral. Como señala Álvarez Junco (“Virtudes y peligros del populismo”, El País, 11.11.14) los populistas basan su discurso en la dicotomía ‘Pueblo’/’Anti-pueblo’. El ‘pueblo’ (la ‘gente’) representa el súmmum de las virtudes. El ‘anti-pueblo’ es la causa de todos los males: la oligarquía, la plutocracia, los extranjeros, el clero, los judíos, la monarquía… Es la ‘casta política’, la que defiende el ‘régimen del 78’, el ‘candado’. Por eso proyectan, si llegan al poder, desencadenar un ‘proceso constituyente’ (un cambio de régimen político). Son, pues, revolucionarios. Se consideran ungidos por el ‘pueblo’ y legitimados por él para, si es preciso, saltarse las Leyes (‘derecho a decidir’).

Aunque el fenómeno del populismo puede encontrarse en Estados de cualquier rincón del Planeta, ha crecido y enraizado especialmente en ciertas Repúblicas hispanoamericanas. Un reputado politólogo ecuatoriano, el profesor Rodrigo Borja, ha hecho un valioso esfuerzo intelectual por descubrir qué es el populismo y cuáles son sus características. Según Borja, “se llama populismo al arrebañamiento de las multitudes en torno a ese ‘hechicero’, listo siempre a ofrecer el paraíso terrenal a la vuelta de la esquina, que es el caudillo populista”. Es consustancial al populismo toda concesión demagógica o populachera que hace un político. Populismo y demagogia resultan así sinónimos. El populismo es emocional, no racional. Los caudillos populistas son hábiles manipuladores, valiéndose de sus conocimientos de la psicología de las masas y de su fuerza comunicativa, fuerza que han aprendido y que practican con soltura inigualable en su frecuente uso de los MCS.

El caldo de cultivo de estos líderes iluminados son los marginados, los necesitados, ‘los de abajo’. Por eso el populismo expresa una patología social. Sólo crece donde hay desesperados (‘indignados’), a los que captan, seducen, y, a la postre, hunden todavía más.

Es de destacar, por añadidura, que el populismo cuando (des)gobierna lo hace carente de ideología, de doctrina. Es huérfano de bagaje intelectual. Tanto la derecha como la izquierda pueden incurrir en el populismo. Toma prestado de escuelas filosóficas conocidas y superadas (por ejemplo, el marxismo) su fraseología y consignas. El populismo no tiene plan de gobierno. No tiene metas macroeconómicas ni sociales. Su objetivo es sólo alcanzar el poder. En la recta final de los gobiernos populistas, el país es conducido a una fuerte crisis institucional, política, económica, social e internacional (otros países son ‘enemigos’ de la Revolución ‘patriótica’). Los capitales e inversores huyen. El país se desertifica. La economía se destruye. Toda la política ha consistido en pura improvisación.

Al fin, las ilusiones frustradas, imposibles de realizar o a un alto coste, se vuelven contra el líder carismático. Mussolini es despedazado. Getulio Vargas se suicida. Perón se fuga. Nasser no ve cumplido su mesianismo, como Chávez. Y Maduro, ¿cómo acabará?

La España constitucional, la que se fundó con la Transición, la única evolución que merece perfeccionamiento y respeto, no puede sucumbir ante el nihilismo populista. Es menester que quienes sabemos lo que nos jugamos, defendamos el valor de la democracia y de la libertad.

Como señala acertadamente Cayetana Álvarez de Toledo, “es menester terminar con el déficit de convicción democrática de las élites españolas. España necesita un […] acuerdo político capaz de preservar […] y mejorar el legado de la Transición frente a los que, en sintonía populista, intentan liquidarlo”.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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