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¿Por qué no un compromiso histórico?

8da698d753c01572a904e868cd3015a0La evolución de la política española está sometiendo a revisión parámetros que hasta aquí se consideraban los grandes pilares de la convivencia nacional desde la Transición. Una dura y larga crisis económica ha venido a motivar y acelerar grandes cambios en la relación de fuerzas políticas y sociales.

El combinado resulta explosivo cuando a la dramática situación de la población sometida a muchas adversidades se ha agregado el perverso y provocador factor de la corrupción.

De una manera casi espontánea y global, los ciudadanos han reaccionado y se han hecho presentes a través de las socorridas redes sociales. La sociedad civil, en la defensa de sus posiciones (muchas de ellas demagógicas, irrealizables y muy negativas para el interés común), se ha articulado en plataformas, colectivos y asociaciones, y ha desbordado el que considera un estrecho marco institucional.

Aquel movimiento de indignados que decíamos que necesitaba un líder y una organización, ya los tiene, pero bajo la peor formulación para la estabilidad institucional y el marco de libertades y derechos: son populistas de extrema izquierda, son un “partido rupturista constituyente”, como dice el profesor López Garrido (“La permanencia de la división izquierda/derecha”, El País, 2.7.15), y quieren sustituir el sistema por el ‘suyo’. Por ahí el bandazo está asegurado.

Por otra parte, en el escenario político doméstico, al naciente -y creciente- populismo de corte comunista y autoritario se suma la existencia de los nacionalismos que podemos llamar excluyentes, independentistas o, por mejor decir, secesionistas puros. Así debemos calificar este fenómeno, bien impropio e injustificable, de que un territorio perteneciente a un Estado democrático y de Derecho plantee la independencia del mismo. Eso no es independentismo. Es secesión. Son dos, pues, los ácidos que, echados sobre el cuerpo del Estado y de su tejido jurídico-constitucional, lo pueden corroer en el tiempo inmediato: el populismo y el secesionismo.

La situación puede presentarse con trazos preocupantes si añadimos, y tenemos en cuenta, la aparición de nuevos actores políticos que ha tenido la consecuencia de debilitar el tradicional bipartidismo. Por los resultados de las recientes elecciones del 24-M, se ha comprobado que, para alcanzar el poder, el Partido Popular sólo ha podido contar con la ayuda condicionada de Ciudadanos. En cambio, el PSOE ha ayudado y recibido ayuda de partidos de extrema izquierda (incluso nacionalistas, como ‘Compromís’) para desalojar a los conservadores y diseñar una nueva relación de fuerzas políticas que pinta de rojo el mapa político español. El PSOE no ha parado mientes en pactar con partidos nacionalistas o de extrema izquierda con tal de ocupar los sillones institucionales.

Este panorama nos permite poder afirmar que en España la palabra ‘política’ y su concepto se escriben, lamentablemente, con minúscula. Se comprueba que los intereses partidistas se imponen sobre los generales. Así se ha confirmado ahora en la primera ocasión que se ha presentado en cuatro décadas de juego democrático. Los líderes de los partidos políticos de la izquierda no han tenido ningún empacho en comerciar con los intereses generales y públicos. “Mi reino por un cargo público, al precio que me exijan las circunstancias y, tal vez, fije mi socio”. Ello habla de la levedad de principios y de la codicia en la hora actual de nuestra política.

Es necesario remontar el vuelo. Es menester barrer el partidismo y, al contrario, pensar en lo común, en la defensa de las libertades y derechos y preservar este orden constitucional, garantista y democrático. Frente a una posible revolución al acecho, contaminando a España de bolivarismo venezolano o de insensatez a lo griego, los dos grandes partidos institucionales, PSOE y PP, más Ciudadanos, debían, llegada la hora, ponerse de acuerdo para hacer frente a partidos revolucionarios, destructores del sistema, o a fuerzas nacionalistas centrífugas, conformando una coalición post-electoral para alcanzar una mayoría parlamentaria que evitara la llegada a la jefatura del Gobierno de fuerzas de ese signo.

Lo que propongo no puede tildarse de utópico o imposible. Hay precedentes. Podemos citar importantes casos. En España hubo Gobiernos de coalición con Alfonso XIII que afrontaron situaciones delicadas en 1918 y 1921. En Italia, en la década de los setenta, el eurocomunista Enrico Berlinguer propuso a la Democracia Cristiana llegar a un Gobierno de coalición para afrontar graves problemas económicos y el terrorismo de izquierda y derecha. Se llamó “el compromiso histórico” (“La Transición de cristal”, Pío Moa, 2010, página 164). Y en Alemania, desde 2005, existe una “Grosse Koalition” entre democristianos (CDU/CSU) y socialdemócratas (SPD) que está sorteando el temporal con cohesión y eficacia.

¿Por qué los españoles vamos a ser diferentes? ¿Por qué no un compromiso histórico para enfrentar los graves problemas que se avecinan?

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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