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Por la libertad, contra la barbarie

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Plaza de la República, París.

Los terribles asesinatos de París motivan estas reflexiones. Lo primero que debo manifestar es mi más firme condena por tan execrables actos.

Los españoles también tuvimos nuestro ‘castigo’ un 11 de marzo de 2004, con el terrible saldo de cerca de 200 personas asesinadas. Para establecer a día de hoy la diferencia con la reacción del pueblo francés y sus representantes reunidos en sesión conjunta de la Asamblea Nacional y el Senado en el palacio de Versalles, oyendo -y aplaudiendo- la alocución del presidente de la República, baste decir que, aquí en España, la gente corrió despavorida, muerta de miedo, a las urnas, a las cuarenta y ocho horas de la matanza, para desbancar al Gobierno del Partido Popular, el Gobierno ‘culpable’. En lugar de afianzar al Gobierno y enviar a los terroristas un inequívoco mensaje de firmeza y unidad del pueblo español con su Gobierno, por el contrario, tanto la oposición como la población prefirió jugarse la carta de situar en La Moncloa a un inexperto e imprudente político, que resultó luego como todos ya sabemos: desmanguilló el Estado de las Autonomías (la conocida historia del ‘Estatut’ “para encajar mejor a Cataluña en España”) y abrió viejas heridas guerracivilistas al implantar y defender una cínica y sectaria memoria histórica.

Ahora los malos han golpeado el corazón de Europa, París. Europa está amenazada por una mezcla de terrorismo y fanatismo religioso. Nos amenazan y matan por lo que somos y representamos.

Los europeos debemos sentirnos orgullosos porque la sociedad occidental, nuestra sociedad, ha logrado un considerable grado de libertad, de desarrollo cultural, científico y económico. Ello es así gracias a que nuestra civilización supo hacer en su tiempo tres grandes evoluciones intelectuales y políticas que han conseguido para el hombre una esfera inalienable de derechos frente a los poderes públicos y consagrados como valores la dignidad de la persona humana y la libertad. Todo ello imprescindible para que la vida merezca la pena vivirse y para que la humanidad progrese.

Esas grandes etapas han sido el Renacimiento, la Ilustración y la Revolución francesa. Ésta última con sus tres grandes principios: libertad, igualdad, fraternidad. Las tres grandes transformaciones de ideas y de la sociedad han motivado que nuestra civilización sea más adelantada y más respetuosa con la persona humana.

Nada de esto ha sucedido en la sociedad arabo- musulmana, que sigue anclada en tiempos medievales, transida de primitivismo, y su gobierno es una mezcla de absolutismo político y fundamentalismo religioso.

Se envidia a Occidente por su grado de libertad, tolerancia y bienestar material de que goza. Eso es lo que los malos no nos perdonan. En lugar de reflexionar, reciclarse y evolucionar, matan, esquilman, destruyen de manera vil, cruel y cobarde.

Occidente es libertad. Por ella se ha derramado mucha sangre. Y seguimos derramándola. La letra de “La Marseillaise” (1792) lo expresa inmejorablemente.

Debemos afirmar que los que nos matan o nos amenazan en nombre del Mal no son mártires: son asesinos. Nos han declarado la guerra. Una guerra irracional, injusta e inútil. Causarán daño y dolor, pero no nos doblegarán, porque nuestra civilización y valores son superiores. Venceremos. Dios no puede ser ese Ser maligno en nombre del que matan a inocentes.

Resulta irritante y doloroso que personas que han venido a Europa a encontrar trabajo, a mejorar su vida, que, incluso, han nacido en el continente europeo, que han acudido a la escuela y se les ha enseñado la cultura occidental con respeto de la suya originaria, que han aprendido nuestra lengua y disfrutado de ayudas públicas, es doloroso, digo, que muerdan la mano bienhechora.

Los europeos no necesitamos cadenas, sino respeto para nuestras libertades. No necesitamos fundamentalismo religioso, sino racionalidad. No necesitamos salvadores, sino garantías para nuestros derechos, duramente conquistados.

El islamismo, en su forma de yihadismo, se equivoca. Los europeos no toleraremos ninguna forma de tiranía ni ningún retroceso en nuestras conquistas político-sociales.

Los españoles, los partidos políticos, y los dirigentes (si de verdad lo son) debemos todos aprender de nuestros amigos y vecinos galos. El Estado francés, sus partidos y líderes saben distinguir perfectamente lo que son los asuntos de la vida administrativa ordinaria (servicios públicos) y las cuestiones serias, de Estado. De estas últimas en el 13-N han dado toda una magnífica lección de Derecho político al mundo y especialmente un ejemplo para españoles, tan aficionados al particularismo, al aldeanismo, a la insolidaridad.

Nuestros valores son más fuertes. Europa tiene la razón y la ley de su parte. Nuestra civilización se asienta en valores excelsos. Europa ama la libertad. Europa vencerá. ¡Vive la France! ¡Vive la liberté!

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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