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“Por imperativo legal” y otros subterfugios

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Los aficionados a la cinematografía saben que cuando se habla del mayor espectáculo del mundo estamos refiriéndonos al siempre digno y entrañable espectáculo del Circo, con sus multicolores y sorprendentes números, arriesgados ejercicios y admirables actuaciones con fieras y animales salvajes.

Pues bien, la constitución de la Mesa del Parlamento andaluz el pasado 16 de abril constituyó todo un espectáculo, pero un espectáculo bochornoso y nada edificante. En primer lugar, hemos asistido a un reparto de sillones según el cual el que se cree más fuerte ha configurado la representación política a su gusto, algo que dista de la racionalidad democrática. El resultado ha sido por ahora (pues se anuncia su impugnación) que un partido político con 33 diputados dispone en la Mesa del Parlamento de Andalucía del mismo número de representantes que otro que sólo ha obtenido 5 escaños: uno. Desigual reparto parece, vive Dios.

Empero, en segundo lugar, de la citada sesión constitutiva del Parlamento andaluz quiero destacar otro hecho que aleja la conducta de algunos neófitos parlamentarios de la ejemplaridad en el terreno de lo público. Más bien al contrario: lo acontecido demuestra que la democracia española ha ido degradándose “ab urbe condita”, desde la época gloriosa de 1977. Me refiero a las mil y una fórmulas con las que algunos electos han tomado, o han creído tomar, posesión de su condición de parlamentario.

Recordemos antes que la única opción que el Ordenamiento jurídico permite es jurar o prometer el desempeño del cargo, y nada más. Sin embargo, determinados electos, en esa especial hora de convertirse ‘de iure’ en representantes del pueblo, de todo el pueblo, se atuvieron antes a los cortos dictados de su particular ideología que al recto mandato de las urnas.

El desconocimiento de la política, la ausencia de una formación y cultura democrática sólida y, en definitiva, el imperio de la cutrez, ha llevado a algunos electos andaluces a condicionar la toma de posesión del escaño verbalizando fórmulas pintorescas.

La situación no es nueva. Lamentablemente lo histriónico en la política española no resulta, por desgracia, algo inédito, sino reeditado. Hay que recordar el primer conflicto que se originó con las huestes de Herri Batasuna y acólitos cuando accedieron al Congreso. Fue la primera vez que alguien dijo acatar la Constitución “por imperativo legal”. Se pidió un dictamen a órganos consultivos para ver la corrección jurídica de tal proceder, y éstos, en línea con el clima -equivocadamente tolerante- de no provocar mayores ‘problemas’, accedieron a tomar por buena y válida la toma de posesión así condicionada. Uno de los pecados de nuestra joven democracia, que es su acomplejada debilidad, llevó a aceptar otras muchas y repetidas excentricidades, como las manifestadas por representantes comunistas o republicanos acérrimos. Sirva de paradigma la figura extravagante de ese Joan Tardá, que ha pasado a la Historia del esperpento político con evasivas con las que considera, este y otros políticos, salvada su legitimidad anticonstitucional. Y no pasa nada.

Si nos atuviéramos a la ortodoxia jurídica, y lo sabemos muy bien los juristas, habría que dar por inválida la toma de posesión bajo esas expresiones oídas en la última sesión constitutiva parlamentaria andaluza.

En efecto, allí oímos cosas como que se aceptaba el cargo parlamentario “hasta que cambiemos la Constitución para que obedezca a la gente y no a los bancos”. ¡Bravo! O que el texto constitucional -por cuya letra y espíritu ha sido elegido un tal Jesús Rodríguez- es, literalmente, “un texto caduco y antidemocrático”. ¡Vaya!

Otro parlamentario, Jesús Romero, elevó el nivel del disparate al pedir una reforma política “que signifique la ruptura con el régimen del 78”. ¿Sabrá este señor qué es un régimen político y a qué llama régimen? Finalmente, los de IU, pocos y modosos, acataron la Constitución con el clásico y recatado “por imperativo legal”. Otra evasiva.

Ante ello, si España fuera un país serio, el presidente de la Cámara no hubiera aceptado estos subterfugios, estos pretextos y vergonzosas escapatorias, estas inaceptables tomas de posesión circenses que se caracterizan por el sí, pero no, y el no, pero sí.

En buena técnica jurídica habría que concluir que los que tomaron posesión de su escaño tras las elecciones del 22 de marzo en Andalucía con esas reservas ideológicas, han provocado la nulidad de su aceptación. Pero todo se da por bueno.

No obstante, permitir que se tome posesión de un cargo de naturaleza política por excelencia, como es el de diputado, subordinándolo a esas ocurrencias, catetas, unas, e irresponsables, otras, es permitirlo todo en desdoro de la democracia.

Y así nos va.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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