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Por el camino de la discordia

“El Frente Popular fue creado para combatir al fascismo, pero por el camino que llevan las cosas en España, el único fascismo va a ser el del Frente Popular” (Ángel Ossorio y Gallardo, 10 junio 1936).

DE00050La Historia nos habla de los terribles días de la primavera y del verano de 1936, un tiempo en el que los  españoles, todos, perdieron el sentido de la orientación y el respeto al otro, y las diferentes ideologías en liza, en posiciones irreductibles, lanzaron a un español contra otro en incivil contienda fratricida.

En estos días, la redonda cifra conmemorativa de los ochenta años del inicio de la Guerra civil ha traído,  en los medios de comunicación social e, incluso, en la historiografía, toda clase de estudios, comentarios y opiniones. Y también el recuerdo de hechos históricos que demuestran el alto grado de degeneración, crueldad y vileza a que puede llegar un pueblo cuando las vísceras y el sectarismo desplazan a la razón y a la democracia.  

En función de todo ello entristece hoy tener conocimiento de cómo jóvenes líderes, nuevas formaciones, o simples gobernantes neófitos, que nacieron después de la muerte del general Franco, en lugar de  adoptar resoluciones apropiadas al bienestar y satisfacción de la entera sociedad se obstinan en gobernar y administrar sólo para sectores o partes de la población, en concreto para sus afines políticos. Lamentable es toparse con decisiones que tienden a excluir, a discriminar, pretendiendo aplicar los fondos del presupuesto, que es público y se nutre de los tributos, sólo a favor de sus conmilitones, negando el pan y la sal a los ‘otros’, a quienes consideran enemigos; no sus adversarios.

Entristece y cansa tanta ‘memoria histórica’. Un concepto que los especialistas reputan falso y producto de una manipulación política, la del ‘zapaterismo’. Como dice el historiador Enrique Moradiellos (“Historia mínima de la Guerra civil española”, Turner, 2016) recordando a Tácito, la Historia sólo se escribe “bona fides, sine ira et studio”. “La Historia, prosigue Moradiellos, como conocimiento que quiere ser riguroso y probatorio, surge de la criba de los testimonios en conflicto y del cotejo de los mismos con la documentación material persistente. Por eso, reducir la Historia a un adjetivo de la memoria sustantivada es algo más que problemático y discutible”. Y que conste que “recordar la Guerra civil y honrar a sus víctimas requiere tanto sentido de la justicia como sentido de la prudencia. […] Por cada “paseado” como García Lorca a manos militares siempre cabría presentar otro “paseado” como Muñoz Seca a manos milicianas” (E. Moradiellos).

El estado actual de la política española no es edificante, ni ha conseguido cristalizar en un modelo de democracia avanzada, madura, normalizada y satisfactoria. Apenas cuarenta años después de que el presidente Adolfo Suárez, cumpliendo el encargo del Rey, iniciara la ciclópea tarea, culminada brillantemente, de devolver al pueblo español la soberanía secuestrada por el franquismo y construir un Estado democrático, la clase política de nuestros días ha olvidado -o, lo que sería peor, ignora- de dónde venimos y a qué desgraciada latitud podemos dirigirnos. En cierto modo, muchos políticos españoles de la hora actual han hecho retroceder a la sociedad en parámetros de calidad democrática, postrándola en un trance lleno de irresponsables y artificiales conflictos y llevándola a este duradero colapso y bloqueo que, por “méritos” propios, ha conducido a que todavía no dispongamos de un Gobierno titular ¡desde el 21 de diciembre de 2015!

Es tal la perversión partidista y la ceguera ideológica de algunos políticos de nuestra hora que llegan al paroxismo de ver en la vigente Constitución de 1978 (CE) un ‘candado’ (no sabemos, como dice el profesor Tamames, si por ignorancia o malevolencia).

La consecuencia de todo ello es que hoy vivimos un clima político nada deseable ni bonancible: purgas políticas (“las malas hierbas” de Echenique); acoso y derribo de los valores constitucionales; un “memorialismo pseudohistórico” que abre heridas, no las cierra; un laicismo beligerante que, con frecuencia, se confunde con el anticlericalismo; marginación y ocultación de nuestros símbolos, bandera e himnos; resurrección de un peligroso y superado discurso que distingue entre españoles ‘buenos’ y ‘malos’; la existencia de una brecha entre una derecha tolerante, que ha asumido las lecciones del pasado, y una izquierda instalada en la intolerancia; un recrudecimiento de las tensiones territoriales secesionistas; una irrefrenable fiebre a borrar acontecimientos, nombres y personajes de nuestra más reciente historia colectiva con la pueril pretensión de que nunca existieron o de que todo lo que hicieron -todo- fue malo y negativo.

Por este camino, ciertamente, vamos mal. Si nuestros políticos desean recobrar la confianza y el crédito de la sociedad, y quieren justificar su papel, deberían regresar al espíritu constructivo y conciliador de la Constitución y, consecuentemente, gobernar para el pueblo.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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