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Podemos no es la solución

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Foto: http://tienda.podemos.info/index.php

El movimiento social -populista y asambleario- llamado Podemos ha sorprendido por sus buenos resultados en las elecciones europeas del pasado 25 de mayo. De la nada, ha pasado a contar con cinco eurodiputados. Y en la sesión de constitución del parlamento europeo, la novata formación ha logrado reunir nada menos que 51 votos para obtener la presidencia de la eurocámara. Por ahora es minoría, pero su discurso y talante van haciendo progresos. No sabemos si será una moda pasajera o el fenómeno arraigará.

El hecho es preocupante en un momento en que el bipartidismo en España está aquejado de una fuerte desafección, la izquierda comunista está desorientada (véase la “abdicación” de Lara en Alberto Garzón para que establezca relaciones con afines) y el socialismo está recomponiendo la casa, sin que sepamos si lo logrará.

Capitanea este nuevo partido político un inteligente y preparado profesor de ciencia política, de frecuentes apariciones en los medios, de verbo fácil y respuesta rápida, que se ha decantado por sustentar ideológicamente a una neo-izquierda extrema, con unos planteamientos valientes a la par que visionarios. Parece que sigue el gran lema del 68: “La imaginación al poder” o “Pidamos lo imposible”.

Las circunstancias sobrevenidas de esta cruel crisis económica, con su corte de desgracias y adversidades que han llovido sobre las clases medias y bajas, han cimentado la proyección y liderazgo de este personaje que, además, se llama como el ángel del obrerismo español de comienzos del siglo XX: Pablo Iglesias.

¿Qué ofrece Pablo Iglesias? Ante todo muestra un discurso ciegamente anticapitalista, con odio no disimulado. Un discurso ya explotado y conocido en la Historia. Y fracasado. Está en los libros y tratados de ciencia política y en los de Historia. El marxismo en su realización comunista y en su versión real, la URSS, es un objeto depositado afortunadamente hace años en el Museo de Arqueología política. Y a qué precio.

Aunque él no se declare así, hay que adscribirlo al marxismo, y más en concreto, a la fase dura del marxismo-leninismo. Eso permite pensar, con el añadido del perfil del personaje, que si Pablo Iglesias triunfara hasta el punto de poder gobernar, impondría (sin dudar al modo estalinista), su programa que es colectivizador, profundamente intervencionista, totalitario. Nada ni nadie podrían pararle, una vez instalado en La Moncloa o donde -sabe Dios- fijara su cuartel general.

Bajo la capa de un providencialismo protector de los desfavorecidos, bajo el pretexto de repartir mejor la riqueza (la plusvalía del capitalismo, dicho sea en la jerga comunista), el gran bien de la Humanidad y el fin de la política que es la libertad y la prosperidad desaparecerían de forma absoluta, trágica e irremediable.

El experimento Podemos, como decimos, ha tenido y tiene precedentes y ejemplos históricos, todos ellos fracasados no sin antes haber causado mucho dolor y sufrimiento, en mayor medida precisamente para aquellos por los que Pablo Iglesias dice luchar y de quienes se declara su adalid insobornable.

Por ello nos conocemos la partitura. Y la música. Primero, promesas. Luego, triunfo electoral. Después, formación del Gobierno. Implantación y ejecución del programa a través de agresivas expropiaciones, incautaciones, arbitrarias y traumáticas medidas, corrupción y nepotismo, surgimiento de una nueva clase dominante, eliminación de la oposición, adulación y culto al líder y ocaso y óbito de los derechos y libertades tan difícilmente logradas en la sociedad occidental.

Que se lo pregunten a la España del bienio social-azañista (1932-1933), a la del Frente Popular (1936), a los pueblos sojuzgados por los ‘soviets’ (1917-1989), a los cubanos del castrismo (1959- ?), a la dictadura China (1949- ?), mitigada por la adopción parcial del sistema económico capitalista, a los venezolanos que disfrutan del ‘paraíso’ bolivariano de Chávez y hoy de su aventajado discípulo Maduro… Corea del Norte es mejor ni citarla. ¿Es este el modelo a seguir?

Podemos y los fenómenos populistas no son la solución. No. La solución es regenerar la ‘res pública’; la solución es declarar la guerra a la corrupción política; la solución es que impere la ley democrática; la independencia del poder judicial; que los gobernantes practiquen la ética y tengan una buena preparación en materia pública; una buena legislación electoral para una buena representación de la ciudadanía, y, sobre todo, que los políticos persigan la satisfacción del interés colectivo, el interés general, y no el individual o partidista.

La fórmula está, pues, inventada. No hay que experimentar nada. Y menos con la libertad.

Es posible luchar por la justicia social sin sacrificar la libertad.

Por eso Podemos no es la solución.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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