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Perplejidad

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Las elecciones autonómicas anticipadas, que convocó la señora Díaz en un arrebato oportunista, por fin se celebraron, y el mundo gira. Tras la tormenta electoral, la calma, aunque ahora los nuevos parlamentarios tendrían que trabajar duramente para solucionar tantos problemas como Andalucía tiene planteados hace siglos. 

En efecto, a pesar de los esfuerzos hechos por múltiples gobiernos en la Historia, Andalucía continúa siendo tierra irredenta, con datos y magnitudes macroeconómicas que, con claridad, la sitúan en los niveles más bajos de renta, productividad y riqueza. Andalucía, a pesar de lo dicen quienes la gobiernan desde hace más de treinta años, es una región rica en potencia pero subdesarrollada en muchos vectores. Por eso sorprende que este pueblo siga otorgando su confianza política a quienes no consiguen su motorización y competitividad económica, una equitativa distribución de la riqueza ni su dinamismo cultural, tecnológico y educativo.

Es verdad que el PSOE resiste. Pero pierde más cien mil votos, queda con los mismos escaños del 2012 y pierde apoyo parlamentario. El resultado electoral conseguido por los socialistas está muy lejos de aquella mayoría absoluta y de la estabilidad que reclamaba doña Susana durante la larga y tediosa campaña.

Por su parte, el PP fracasa en su enésimo combate por el gobierno de Andalucía. IU se hunde, a punto de ser extraparlamentaria. Y las dos fuerzas bisoñas, Podemos y Ciudadanos, entran en la Cámara legislativa con una notable representación, bien que, en el caso del partido antisistema, escasa para la revolución: 15 diputados.

Rosa Díez, la lideresa de UPyD, cosecha una amarga derrota: no consigue escaño. Los pleitos internos de su partido, las tensiones provocadas por el triste caso Sosa Wagner, y la negativa a unirse a Ciudadanos, han intervenido en su desgracia política.

Este el escenario resultante de los comicios andaluces del domingo 22. ¿Qué conclusiones podemos obtener?

La primera conclusión es que todo ha quedado más abierto y complicado. Nada de estabilidad. Se inaugura una legislatura inestable de cinco partidos antagónicos, ninguno de ellos con mayoría suficiente para gobernar sin pactos. Hay dificultad en la investidura. Y está la amenaza futura de que pueda prosperar una moción de censura que se cobre el premio de enviar a la lideresa socialista a los corrales.

Segunda. Si España es diferente, Andalucía es más diferente. Una extensa y tupida red clientelar partidista hace muy difícil superar el gobierno socialista. La hegemonía desempeñada por el partido socialista, desde prácticamente el día de la fundación de la autonomía andaluza, ha proporcionado que esa organización, de alguna manera, vincule y sujete a buena parte de la población y la adscriba a su zona de influencia política. El voto así está asegurado.

Tercera: se descubre que la corrupción no erosiona al gobierno socialista, por más grande y escandalosa que ésta sea. Es posible que no sea una característica exclusiva de Andalucía, pues en otras Comunidades autónomas tampoco se ha penalizado la deshonestidad. Debería un psicólogo “político” o social descubrirnos la clave de tan perverso y singular comportamiento.

Cuarta. Se puede extraer otra conclusión de los recientes comicios andaluces, que también sorprende: la recuperación económica, los éxitos del gobierno Rajoy en ese terreno y el aumento de consideración en Europa, no hacen ganar adeptos. ¿Dónde han estado las carencias de los ‘populares’ que no han atraído voto? El PP habría necesitado hacer más política: ha carecido de sensibilidad social para acudir presto en ayuda de quien pierde su casa por la ejecución de una hipoteca, se queda sin trabajo por la crisis o tiene que pagar altos impuestos. Economía, sí, pero más política. Ello se ve con toda claridad en el caso del conflicto con el independentismo catalán: el Gobierno Rajoy ha estado ausente, excesivamente ausente. Ha dejado mucho terreno político libre al secesionismo, y de ahí, quizá, el éxito de Ciudadanos en Cataluña y en toda España.

En quinto lugar, no se ha cumplido la premonición-arenga de Podemos sobre la destrucción del bipartidismo: se debilita, pero no desaparece. 80 escaños del Parlamento andaluz sobre 109, son muchos escaños.

En sexto lugar, se confirma que el modelo político andaluz encaja plenamente en lo que la Ciencia política llama “régimen político”; es decir, un partido hegemónico que se perpetúa en el poder, lo haga bien o mal, y domestica a una población a la que le reparte subvenciones por doquier.

Por último, el resultado del 22-M nos enseña que el voto socialista se ha convertido en un voto conservador. El andaluz no quiere cambio; no quiere actores nuevos ni políticas nuevas que sustituyan a las fracasadas.

Andalucía seguirá con sus ERE’s, con su mastodóntico desempleo del 35%, con su pobreza estructural y su inveterado atraso.

¿Hay quien me lo explique?

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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