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¿Perderemos otra oportunidad histórica?

Detalle del frontispicio del Congreso de los Diputados.

Detalle del frontispicio del Congreso de los Diputados.

La gesta de los Reyes Católicos de ganar Granada para las Coronas de Castilla y Aragón en 1492 fue una gran oportunidad histórica. En efecto, “aquí se fundó el primer Estado moderno, es decir la manera racional de organizar la convivencia” (Prof. Jiménez Sánchez). Esta oportunidad histórica fue muy positiva para configurar nuestro Estado. Culminó el proceso de unificación territorial de los diferentes reinos de la Península para llegar a una sola corona, es decir, a una organización política unificada, bajo el nombre de España.

En los siglos siguientes de nuestra Historia política, España ha vivido etapas en las que, por el contrario, ha padecido una profunda decadencia que la ha aislado del mundo civilizado. No ha sabido aprovechar épocas de paz y bonanza y ha perdido muchos trenes que la han dejado postrada, la han hecho perder influencia mundial, la han situado en cotas de atraso y pobreza. Y las relaciones entre los mismos españoles, en una sociedad de incultura, individualismo e intolerancia, han llegado a episodios de grave deterioro. Sí: los españoles hemos perdido muchas oportunidades históricas, muchas ocasiones de lograr una convivencia duradera, sólida, madura y fructífera.

Frente a la dimensión europea y universal que suponía Carlos I de España y V de Alemania, los particularismos tempranamente brotaron en abierta guerra contra el poder central. Ocurrió con las ‘Comunidades’ de Castilla (1520) y las ‘Germanías’ de Valencia y Mallorca (1521-23). Lo que podía haber sido una coyuntura para pactar el reconocimiento de derechos de la población acabó por reforzar la autoridad real.

Otra oportunidad histórica fue la incorporación de Portugal a la corona española. Sólo duró sesenta años (1580-1640), perdiéndose bajo el reinado de Felipe IV por la cortedad de la política hispánica y, tal vez, por no haber trasladado la Corte a Lisboa, como se le aconsejó al monarca. La pérdida de Portugal es demostrativa del mal crónico que aqueja a la débil y desorientada política española: falta de previsión y lenidad.

Con motivo del ocaso de la dinastía austríaca con el tarado Carlos II (1700), sobrevino la Guerra de Sucesión que enfrentó a dos contendientes extranjeros a la Corona de España: el archiduque Carlos y Felipe d’Anjou. La disputa armada para obtener la corona de España desembocó en la instauración de la dinastía de los Borbones, que marca el inicio de una época vitalista, moderna y con ideas reformistas al acceder al poder los llamados ilustrados. Pero el Tratado de Utrecht (1713) supuso la pérdida de todas las posesiones europeas acumuladas durante siglos y la confirmación de Gran Bretaña como potencia indiscutida. También se perdió Gibraltar. España, con Utrecht, acentúa su decadencia y, desde entonces, no ha levantado cabeza como potencia.

Los reinados de Carlos IV (1788-1808) y su hijo Fernando VII (1814-1833) agrandaron la decadencia de España, haciéndola depender de la agresiva política de Napoleón. Por otra parte, la influencia de la Revolución francesa no fue todo lo decisiva para conseguir una modernización de España y un cambio ideológico, que llegó tardíamente.

Cuando España asombra a Europa y América con la Constitución de Cádiz de 1812, tampoco supo sacarle partido. La reacción absolutista de Fernando VII agosta un tiempo de ‘aggiornamento’, de institucionalización del control de los poderes públicos, de embrión de la democracia parlamentaria y de avance y progreso. Todo ello se perdió con la ignominiosa reacción contra la Constitución liberal gaditana. Aún más: la pugna entre liberales y absolutistas marcó con sangre el siglo XIX, infértil para el progreso de la sociedad española.

Prueba paradigmática de la dificultad de gobernar al pueblo español está en el magnicidio del innovador general Prim y el efímero reinado del voluntarioso Amadeo de Saboia (1870-1873), quien “abandonó España por el enfrentamiento entre los partidos políticos, más interesados en defender sus intereses que en el bienestar común” (Isabel Rivero, “Síntesis de Historia de España”, 2004, pág. 192).

Finalmente, la 2ª República (1931-1936) fue también otra oportunidad perdida para lograr un país moderno, estable, avanzado, con instituciones políticas arraigadas, con democracia consolidada y para entronizar la cultura europea. Todo se perdió con una vergonzosa y cruel guerra incivil.

Ahora, en nuestros días, recuperada la democracia, de nuevo arriesgamos que la laboriosa, empero fecunda, obra de la Transición descarrile. El populismo de izquierda y los diabólicos resultados electorales del 20-D conforman un escenario de intereses partidistas altamente preocupante, en un tiempo en que el separatismo catalán, bien organizado y con más medios que en el pasado, anuncia la ruptura con ese legado de siglos que se llama España.

En esta hora reclamamos sensatez a los líderes políticos para no malbaratar otra oportunidad histórica: la Transición. El riesgo es palpable.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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