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¿Mochilas o carteras?

EFE/J.J.Guillén

EFE/J.J.Guillén

Hace pocos días, el caudillo podemista Pablo Manuel Iglesias, al acudir al Congreso de los Diputados a recoger su flamante (y, al parecer, no bien ponderada) acta, hizo esta parca y enigmática declaración: “Dentro de cuatro años vamos a dar mochilas en lugar de carteras”. Y fuese.

De este maquiavélico dirigente debemos tener muy presente que no da puntada sin hilo. Yo me voy a atrever a hacer la exégesis de frase tan poco inocua. El paciente lector conocerá -al final de la lectura de esta tribuna- el verdadero fin político que encierra tal afirmación en el pensamiento del politólogo madrileño.

Por de pronto acudamos a desentrañar qué se entiende lingüísticamente por mochila y qué por cartera, pues no en vano en la intencionalidad del doctor Iglesias Turrión está diferenciar ambos utensilios. ‘Mochila’ es una “bolsa de lona u otro material que se lleva a la espalda, sujeta a los hombros generalmente por correas, por ejemplo para transportar la comida en las excursiones”. ‘Cartera’ es un “utensilio de piel u otro material de tamaño adecuado que se emplea para llevar documentos, billetes de banco, tarjetas de visita, libros, etc.”. En otro significado, “cartera” hace referencia al cargo y funciones de un ministro, o expresa un proyecto por hacer (“Diccionario de uso del español”, María Moliner, Gredos, 2008). Como deducirá el inteligente lector, no es lo mismo que el utensilio sirva para portar un bocadillo de tortilla de patatas que el complemento permita y esté principalmente destinado a llevar documentos, o, incluso, se identifique con un cargo público importante (y, al parecer, tan ansiado) como el de ministro.

¿Qué significa, en consecuencia, frase tan aquilatada de Iglesias? Aunque parezca banal, hoy la mochila representa, en el pensamiento político del citado líder, un modo de ser y pensar, la expresión de un comportamiento social muy diferenciado frente a la pretenciosa cartera de antaño, más propia de una clase social dominadora, explotadora, poseedora y, por tanto, a exterminar políticamente hablando. La cartera representa para Iglesias lo que la chistera y el frac ha simbolizado para los humoristas gráficos: la plutocracia, los banqueros, los capitalistas. Un hombre como él, marxista en lo económico y totalitario en lo político, si reparte algo desde el poder, si quiere distribuir igualdad entre sus conciudadanos no puede ofrecer otra cosa que cambiar las carteras (poder económico, prestigio social, consideración personal, púrpura y brillo) por mochilas (igualitarismo, empobrecimiento, liviandad social, la náusea).

Por tanto, el caudillo podemista se ha quitado el disfraz de moderado, de socialdemócrata, de político renovador y progresista, de atractivo líder que renueva el viciado oxígeno de nuestra atribulada democracia y quiere para su pueblo lo que ha dicho: mochilas, no carteras; igualar a la baja y no fomentar ni incentivar la iniciativa personal, no estimular y premiar el esfuerzo de cada uno, sino imponer el conocido y triste igualitarismo de la sociedad soviética, modelo afortunadamente fracasado hace años y que creíamos bien sepultado.

Una cosa buena tiene Pablo Manuel. Nos está avisando de cuáles son para él sus metas político-sociales, qué quiere para todos nosotros si llega a presidir un Gobierno. A propósito de esto último diré que tal probabilidad es inquietantemente cercana, a juzgar las cartas que se están barajando y las componendas que se están adoptando tras una obscena manipulación del sistema democrático y de los últimos resultados electorales. Ello me recuerda lo que me dijeron el verano pasado dos amigas venezolanas que conocí exiliadas en España del régimen chavista, cuando me advertían del alarmante crecimiento de ‘Podemos’ entre nosotros: “En Venezuela decíamos que no éramos Cuba, y fíjate cómo estamos ahora”.

Frente a la tesis podemista de provocar para el pueblo dolor, ruina, miseria, pobreza, escasez y padecimientos múltiples -que es a donde conducen las políticas de extrema izquierda, con su connatural autoritarismo y reducción o pérdida de libertades-, debemos oponer los principios y valores de la Constitución de la concordia de 1978, que fundó un modelo de Estado basado en el principio de legalidad, en la separación de poderes, en derechos y libertades garantizados judicialmente, en el control jurisdiccional de los poderes públicos, en una amplia descentralización político-territorial, y, lo que es muy importante (y lo primero que abatirían de tomar “el cielo”), en el modelo económico de libre mercado, con nuestra importante posición en la UE y la moneda común, semilla de una futura federación europea.

Perder todo ello va en la mochila que nos quiere regalar Pablo Manuel. En cambio yo prefiero la que Napoleón prometió a sus soldados antes de entrar en batalla: “Cada uno de vosotros lleva en su mochila el bastón de mariscal de Francia”. Hay diferencia.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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