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Mirando hacia atrás… con ira

La Guerra civil española es definitivamente historia, parte de la memoria de los españoles y de su experiencia colectiva. Pero no tiene ya -ni debe tenerla- presencia viva en la realidad de un país cuya conciencia moral última se basa en los principios de la libertad y la tolerancia” (Declaración Gobierno Felipe González, 18.7.1986).

Vista del Valle de los Caídos, REUTERS

Vista del Valle de los Caídos, REUTERS

La deriva o tendencia que está tomando la política española de los últimos años no augura nada bueno. No  hay más que contemplar una de esas sesiones parlamentarias de la carrera de San Jerónimo para llegar a esa indeseable conclusión. Se diría que los españoles de hoy nos hemos ido separando de las pautas y reglas que conforman una sociedad democrática y políticamente virtuosa: honestidad, patriotismo, defensa del interés general, concordia, sensatez…

Justamente estas virtudes estuvieron presentes en la fundación del Estado democrático de la Transición a fines de los años 70 del pasado siglo. El fruto fue muy positivo. Todas las fuerzas políticas y sociales del momento, que coincidieran en querer alcanzar la paz, la libertad y la prosperidad de los españoles, fueron llamadas a la construcción de un nuevo sistema político de libertades, y todas acudieron con patente generosidad, limitándose recíprocamente en sus postulados ideológicos por lograr la meta común: alumbrar una España posible y para todos. Esa fue la España de la Transición y la Constitución de 27 de diciembre de 1978, hoy denostada injustamente por algún errado partido emergente, claramente desviado.

La Transición fue un gigantesco y común esfuerzo colectivo para cerrar un triste y duro capítulo de nuestra  historia patria. La Transición fue una maravillosa aventura que terminó bien y favorablemente para los españoles. Una construcción política asentada sobre cimientos estables que ha permitido en cuatro décadas cambiar positivamente la faz de aquella España negra y atrasada y convertirla en un país pujante, vivo, avanzado, europeo y admirado. Los españoles de aquella tesitura dimos un gran ejemplo de entendimiento y cordura. Y no fue fácil: veníamos de una República caótica, una terrible Guerra civil y cuarenta años de dictadura militar.

Empero se halló el camino. Concordia, afán de encontrar soluciones, respeto, diálogo, generosidad, defensa de las libertades e instauración de un sistema democrático donde el pueblo expresara su voluntad y ésta fuera quien mandara.

Hoy, como he dicho al principio de estas líneas, se están dando pasos en la dirección contraria, que a mí me parece grave. Con el Gobierno de Rodríguez Zapatero (2004-2011) se adoptan unas decisiones revolucionarias, altamente nocivas para la concordia civil. Destaquemos dos: las maniobras políticas para aprobar un nuevo e innecesario Estatuto para Cataluña (2006), con la sorprendente exclusión de un partido de gobierno estatal, el Partido Popular, y la redacción y publicación de la Ley 52/2007, de Memoria Histórica, Ley que, teniendo algunos aspectos salvables, deviene en su aplicación, como hemos subrayado muchas veces, una herramienta en manos del rencor, el revanchismo, la manipulación histórica y, sobre todo, una norma que está resucitando el guerracivilismo, y abriendo dolorosas heridas que eran de todo punto innecesario reabrirlas.

Ante el relato político de hoy, en 2017, podemos afirmar que los españoles no hemos digerido ¡todavía! el enfrentamiento civil, aquel que nuestros abuelos sufrieron en los años 30 del pasado siglo y que les llevó a matarse mutuamente. Resulta muy triste y descorazonador comprobarlo. Sí. Por los hechos y los discursos de muchos representantes políticos, pareciere que la Guerra no ha terminado y que el general Franco está vivo. Es un problema de (de)formación política, de psicopatología social. Pero está todavía muy latente en el alma política española.

La mayor prueba de lo que digo radica en esa proposición de Ley presentada por el PSOE (con el apoyo esperado de Podemos y el sorprendente y equivocado de Ciudadanos) de exhumar los restos mortales del dictador y remover los del asesinado por el Frente Popular, José Antonio. No tenemos remedio. Ni siquiera a los 81 años del inicio de la fratricida contienda. Ni siquiera a los 42 de la muerte del “invicto Caudillo”, ni a los 40 de vida democrática. No vamos a parar de tirarnos huesos a la cara los unos a los otros. Así no se construye una sociedad sana. Así no se configura una convivencia en armonía. Así lo que se consigue es un enfrentamiento civil larvado y soterrado.

Lejos de esta nefasta deriva está el espíritu de la Transición. El que pusieron en práctica los franquistas reformistas, los centristas, los socialistas y los eurocomunistas, con cuyo concurso -de todos- se recuperó la libertad, la democracia y la paz. Espíritu de la Transición que puede verse en la acertada y ecuánime Declaración del 18 de julio de 1986 que hizo el Gobierno de Felipe González con ocasión del 50º aniversario del comienzo de la Guerra civil: “Este Gobierno recuerda asimismo con respeto a quienes, desde posiciones distintas a las de la España democrática, lucharon por una sociedad diferente a la que también muchos sacrificaron su propia existencia”.

Años antes, un conspicuo protagonista de aquel enfrentamiento civil, Manuel Azaña, entre contrito y abrumado, clamó: “Paz, piedad, perdón”.

¿Es tan difícil ponerlo en práctica?

Firman también esta tribuna Juan A. Maldonado Castillo, José J. Jiménez Sánchez, Alejandro Muñoz González, Ramón Montahud, José I. Andrés Cardenete y José Ramos Salguero. IDEAL de Granada, 25 de mayo de 2017.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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