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María Antonieta y la Vicepresidenta

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María Antonieta por Vigée Le Brun

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Soraya Saenz de Santamaría/www.mujerhoy.com

A la vicepresidenta se le está poniendo cara de mariantonieta, lo que en términos políticos indica que teme por su expulsión de palacio, La Moncloa, debido a la probable presencia del pueblo de Cataluña en la calle. A María Antonieta la sacaron de Versalles, otro palacio, las turbas parisinas, entre las que jugaron un papel decisivo las pescaderas de Les Halles. En Barcelona no hay un solo mercado, hay muchos, por cierto muy buenos, y me figuro que también muchas pescaderas. Por mucho que María Antonieta mirara para atrás, hacia el orden establecido, hacia el poder absoluto de su marido, Luis XVI, poco pudo hacer por escapar a los deseos de la turbamulta, llevarla a París y hacer que rindiera cuentas ante el nuevo soberano, el pueblo de Francia. Frente a la muchedumbre en la calle poco se puede hacer.

María Antonieta apenas pudo mostrar a las pescaderas las consecuencias de lo que se traían entre manos, quizá porque su conocimiento del antiguo régimen era exiguo, por mucha fe que le tuviera, ni mucho menos sabía sobre su superioridad frente al nuevo orden que los revolucionarios proponían. La vicepresidenta no debería caer en los errores de María Antonieta y antes de que el pueblo catalán se instale en la calle, al modo en que lo están haciendo en Hong Kong, debería ser capaz de explicar a ese pueblo por qué, cuáles son las razones que avalarían la defensa del antiguo orden ante el nuevo que se está proponiendo. No creo que sea bastante oponer meramente el orden constitucional ante la exigencia de un nuevo orden, que se califica como superior, por más democrático, por más cercano al pueblo, en tanto que en ese orden el pueblo tendrá la voz. No parece suficiente creer que el antiguo orden rezumará un poder mágico, propio de un detente, frente al nuevo orden.

La vicepresidenta debería exponer cuáles son las razones, que las hay y buenas que son además, por las que en el caso que nos ocupa, que en esto tiene poco que ver con el que padeció María Antonieta o en estos momentos acaece en China, puede sostenerse que el antiguo orden, el de una democracia constitucional respetuosa con los derechos y libertades individuales, es superior al que se presenta como nuevo, pues éste es en realidad expresión de lo antiguo, lo retrógrado e irracional. Un orden que quiere asentarse sobre el sentimiento impide que pueda generarse un terreno común, aquel en el que la razón puede fructificar. En el campo del sentimiento uno queda encerrado en sí mismo, con los afines, lo que imposibilita el intercambio con los demás. Por eso es retrógrado, por eso retorna al pasado y no añade nada bueno a lo existente. La vicepresidenta debería manifestar que las razones en las que se asienta el orden constitucional, el antiguo orden, son mejores y más razonables que lo que propone el nuevo orden.

En verdad no es fácil, hay palabras que en sí mismas conllevan una carga positiva que es difícil desmontar a primera vista. Quienes reclaman lo nuevo, quienes reclaman la simpleza de la democracia, el voto, se sitúan en principio por encima de quienes defienden el pasado y cuestionan la identificación majadera entre democracia y voto. Por eso es insuficiente la apelación a la constitución y la ley y se requiere necesariamente que se expliquen los fundamentos en los que se sustenta el orden constitucional democrático. Para empezar, sería conveniente recordar que a veces el pensamiento desvaría, que su sueño produce monstruos, por lo que el camino de la historia aun siendo progresivo, no es lineal, cabe la vuelta atrás y de eso hemos sufrido sus consecuencias en el siglo pasado, el más adelantado en la historia de la humanidad y, al mismo tiempo, el siglo en el que más rápido se ha vuelto de nuevo a la caverna, a lo peor de nosotros mismos. Por eso hay que reivindicar, una vez más, la razón pensante frente a la propia obra del pensamiento, cuando ésta se encuentra inmersa en el error.

En definitiva, la vicepresidenta ya nos ha instruido, no sé si sobre el primer tema de cualquier curso de derecho constitucional o el de las oposiciones a abogado del estado, aunque ahora debería explicarnos la última parte de algún buen manual de filosofía del derecho y mostrar las razones por las que sigue mereciendo la pena apoyar el orden constitucional vigente, el de un Estado democrático de derecho.

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