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Alea iacta est

URNA-ELECTORAL-MODELO-OFICIAL

 A veces los pueblos en su Historia atraviesan por  momentos difíciles que cursan bajo la forma de crisis y se presentan a modo de encrucijada.

Con alguna frecuencia, en la vida de los pueblos la rutina -el plebiscito diario de Renan- deja paso a etapas cruciales, a coyunturas sensibles y trascendentales, no exentas de sobresaltos. Hoy parece que en España nos encontramos ante una de esas vivencias en que es más necesario que nunca acertar en la respuesta política a los numerosos retos profundos que el país y su sociedad tiene planteados con premura.

Este momento que vivimos, un año de apretadas y reñidas citas electorales envueltas en un clima de crisis, se presenta tan importante y decisivo como aquel tiempo de la desaparición del franquismo y cuando se construyó un modelo de Estado caracterizado por la plenitud de las libertades y la amplia descentralización político-territorial  establecida. 

Cuatro décadas después de la Transición diversos factores, entre ellos la fatiga de materiales con los que se construyó el Estado autonómico, han venido a desencadenar una indiscutible crisis política: escasa representatividad de las instituciones democráticas; papel omnipresente de los partidos políticos  (tanto, que se habla de partitocracia); cuestionamiento del principio de separación de poderes (por la intromisión del Gobierno y el Parlamento en el nombramiento de los integrantes del órgano de gobierno de los jueces y del Tribunal Constitucional); la fuerte pujanza del secesionismo territorial; la corrupción política, a gran escala; el alto coste del funcionamiento y mantenimiento de las Autonomías territoriales y sus entidades institucionales; la obsolescencia de la Administración de justicia, etc. Todo ello está necesitando de urgente y reflexivo estudio y acción política para hacer frente a su adecuada resolución.

 En vista de ese vademecum de problemas, y otros más que pueden surgir como si se tratara de la caída de las fichas del dominó, han surgido en la sociedad civil  movimientos, plataformas, colectivos y nuevos partidos políticos. Todos enarbolan la bandera de la regeneración, todos acuden pertrechados a voluntad de un elenco de medidas de cuya efectividad y virtud curativa todas aquellas fuerzas sociales hacen gala. Como el título de la célebre conferencia de Ortega y Gasset, vieja y nueva política. Hay partidos que encarnan la primera y otros bisoños que dicen encarnar la segunda.

 Sin embargo, nuestro sistema político -basado   fundamentalmente en la consagración de la libertad, en el mercado de libre competencia y en el determinante papel de los partidos políticos- está amenazado. En esta hora de cambio nos jugamos, una vez más, aquellas cosas importantes que alcanzamos en 1978: las libertades fundamentales, la cohesión del Estado, el control judicial del poder político, la prosperidad económica, las prestaciones del Estado de Bienestar y la crítica política.

 ¿De dónde procede la amenaza o el temor a empeorar en cada una de esas categorías y materias? La respuesta es doble. Primero, la amenaza proviene de la desconfianza y desafección ciudadana hacia los representantes políticos, peligroso caldo de cultivo de salvapatrias. Y, segundo, por  la aparición de nuevos partidos políticos, de reciente implantación estatal, a los que los resultados electorales del 24-M les reconocen una decisiva presencia en el tablero político, con discutibles programas en constante rectificación y con contradictorias y hasta disparatadas propuestas para sanar al enfermo. A esas formaciones les cubre un extenso manto de inexperiencia. Una de ellas es, además, antisistema, ultraizquierdista, de marcada tendencia totalitaria, revanchista, de vieja ideología comunista, hoy disimulada por razones de pura táctica electoral para no ahuyentar al votante.

 Este año el escenario político está experimentando una profunda transformación para los españoles. Del bipartidismo al pluripartidismo. Del equilibrio a las tensiones. Del fácil gobierno a la dificultad en formarlo. Del turnismo en la gobernación a la necesaria consecución de pactos interpartidarios de difícil cumplimiento y, posiblemente, de corta duración. En definitiva, inestabilidad a la vista.

 En política es malo el clima inestable y el desasosiego. También es malo el cariz justiciero y rencoroso que puedan adoptar algunos gobernantes. Los españoles, en efecto, nos la jugamos en este año de elecciones de todo tipo. Incluso podemos llegar a duplicar las andaluzas.

  Se dice que en democracia el ciudadano es mayor de edad, toma sus decisiones y las ejecuta libre y autónomamente. A nadie se le debe aconsejar nada.

  No obstante, es prudente y legítimo reflexionar ante el peligro y la amenaza que representan fuerzas disolventes del sistema sin más.  

  Debemos aprender del pasado y, en este sentido, tenerlo presente, a la vista, para evitar fracasos.

  Se debe aspirar a la regeneración de la vida pública, pero elijamos bien quién debe llevarla a cabo.       

 

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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