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Lejos de la concordia

“La concordia existe entre los hombres buenos, quienes
quieren lo que es justo y conveniente” (Aristóteles, Ética a Nicómaco).

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El consenso que hizo posible la Constitución española, que hoy sirve de protección de nuestros derechos, fue una forma de concordia (Biedma López). Hoy, después de 40 años de sistema democrático, resulta sorprendente y hasta doloroso comprobar que los españoles y, sobre todo, sus representantes políticos, han perdido la virtud más preciada en política y, especialmente, en democracia: la concordia.

De antiguo viene el alto aprecio que filósofos y pensadores clásicos tenían por la concordia como base y cimiento de una vida política sana. Cicerón llega a afirmar en “La República” que “sin la Concordia la colectividad ni es propiamente sociedad ni se puede articular en Estado”. Aristóteles considera que tratar de la amistad civil o concordia conlleva hablar de la sociabilidad del hombre, que se desarrolla y cobra su significado en la vida comunitaria. El estagirita usa la voz concordia en el sentido de paz o amistad civil (Cadavid Guerrero).

Entre nosotros no podemos dejar de citar al maestro y académico, el profesor Cerezo Galán, quien tiene escrito un valioso trabajo titulado “La amistad civil” (2009) dedicado a desentrañar el significado de la expresión y a facilitar un notable estudio filosófico de su alcance en la sociedad y en la vida política. Atención particular hay que conceder a la cita que hace de Jovellanos, para quien la amistad civil (concordia) supone: a) continua y constante tendencia a la felicidad común; b) respeto a la Constitución y obediencia a las Leyes; y c) limitación del interés particular en aras a la convivencia.

El amable lector convendrá conmigo en que esos presupuestos hoy están ausentes de la vida política española. Así lo corrobora un acreditado constitucionalista, el profesor Óscar Alzaga, que rotula una de sus recientes aportaciones doctrinales con el significativo título “Del consenso constituyente [que engendró la Ley política de 1978] al conflicto permanente” [la actualidad] (Trotta, 2011). Es especialmente valiente la afirmación del último autor cuando dice que “Como jurista ni creo que se pueda construir un Estado de Derecho desde la subordinación del interés general al electoral de cada partido en liza, ni me parece aceptable el olvido de la ética de los medios […]. Y todo ello sin que se tiendan puentes que faciliten la comunicación que precede al entendimiento” (pág. 100). Premonitorio.

Pero volvamos al actual panorama político español. Recordemos que va para tres meses que nuestros representantes en las Cortes no se ponen de acuerdo no sólo para formar Gobierno sino para nada. Perdón, en una cosa sí se han puesto de acuerdo: en dirigirse insultos y descalificaciones, en pretender ahormar coaliciones disparatadas y contra natura, y en excluir a mayorías minoritarias. A estas alturas están enfrascados en ningunear al adversario y en tratarlo como enemigo. Un fantasma de incapacidad y medianía recorre la escena política y parlamentaria española. El baile de nuestros políticos, incluidos también, por supuesto, los que iban a terminar con la ¿casta?, diciendo y desdiciéndose, deja atónito al ciudadano más templado y entristece por la irresponsabilidad que tales conductas manifiestan.

Resulta indiscutible el hartazgo que experimenta todo aquel que se interesa por la política doméstica. Lo que ve. Lo que oye. Nada de interés. Nada de valor. Soportando una clase política roma, mate, falta de ideas, y cuando las tiene, es para abandonar este país.

Tampoco faltan los ‘aprovechategui’, los que, a río revuelto, ganancia de sus posiciones. En momentos de debilidad del Estado resurgen con brío los separatismos irredentos e insaciables, con sus quimeras, amenazas y humillaciones a los demás españoles. Hemos asistido a la vergonzosa petición de ayuda económica a la Administración del Estado con una mano y con la otra se aprieta un poco más el botón de la “desconexión con España”.

Y, por último, genuina muestra de la más clamorosa falta de concordia es el envite que tozudamente hace un movimiento populista. Como encantadores de serpientes, prometen el cielo en la tierra. Un paraíso en el que todos vamos a nadar en la abundancia y nadie tendrá que pagarla.

La combinación más explosiva es la que hoy está fabricándose en España para que no levante cabeza en décadas: sin Gobierno (moderado, estable, creíble y duradero); con proyectos secesionistas a punto de cuajar y con populistas ofreciéndose como los salvadores de la sufrida sociedad española, esquilmada y maltratada por la injusta crisis que no nos abandona.

Mientras, la Unión Europea está ocupada y preocupada en otras cosas: en el euro; que Turquía se quede con los refugiados y que el Reino Unido no se vaya huyendo de la quema.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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