•  
  •  

La sonrisa de Mas

No hay libertad para el ultraje. La gran pitada contra el himno nacional y el Jefe del Estado sucedida en el estadio del Camp Nou no puede ampararse en un supuesto derecho o libertad de expresión. Significaría un gran contrasentido. La ley no puede amparar, bajo el manto del ejercicio de una libertad o un derecho, un comportamiento que, digámoslo claramente, es contrario a los más elementales principios y reglas del ordenamiento jurídico y hasta puede encajar plenamente en las conductas tipificadas como delito por el Código penal, a pesar de que alguna sentencia no lo haya visto así. De ella, legítimamente se puede disentir.

Sin embargo, el asunto es más de naturaleza política que jurídica. Diríamos que el tratamiento político del tema es un ‘prius’. Nadie que use de la racionalidad puede ir en contra de los símbolos que le personifican, identifican y representan. Ese es el caso del himno nacional y de la figura del jefe del Estado que, por ministerio de la Constitución, personifica a la nación y representa al Estado español, a todos. Por tanto los que organizaron la vergüenza y pitaron en el estadio a los símbolos citados demostraron un comportamiento antidemocrático, indigno e impropio de ciudadanos de un país libre y democrático, donde rija el imperio de la ley. Es, en consecuencia, y esto es lo relevante, un comportamiento irracional que, por el hecho de serlo, no es amparable ante ninguna norma ni por ninguna legitimidad.

Hace tiempo que los españoles que cumplimos con las leyes y nos consideramos miembros de un Estado de Derecho sufrimos los caprichos, abusos, deslealtades y ultrajes del nacionalismo excluyente, el secesionismo. Sin temor a la exageración podemos afirmar que el actual modelo autonómico de Estado, diseñado durante la Transición, lo fue para contentar y saciar a los nacionalismos romos que padecemos. Ningún miramiento ni reconocimiento se ha conseguido de ellos. Al contrario. Cada día la cuerda la tensan más. No les importa a los secesionistas poner en peligro la convivencia, romper un marco democrático ni provocar el fin de las libertades. El nacionalismo es ciego y voraz.

Reuters/elconfidencial.com

Reuters/elconfidencial.com

Ahora, con motivo de la foto de la cara de Mas oyendo la pitada, sabemos que el secesionismo es, además de injusto, irracional y maleducado, burlón.

El caso es que los españoles tenemos planteado crudamente un grave problema político. Primero, el problema de que unos españoles han adoptado la incivil moda de pitar al himno oficial y al Jefe del Estado a modo de injustificado rechazo. Y, segundo, que tal conducta reclama el estudio de qué hacer para solucionar tan inaceptable comportamiento cometido en el marco de un Estado democrático y de Derecho. Es grave que ciudadanos que viven en un Estado con esos calificativos lleven a cabo actuaciones que suponen afrenta o ultraje a los más excelsos símbolos comunes, representativos de todos.

En estas circunstancias, los españoles que ejercemos de tal y asumimos nuestro ‘status’ de ciudadanos al amparo de la Constitución, hemos de combatir la sinrazón secesionista y los comportamientos antiespañoles con la reflexión, el argumento, la ley y el diálogo, pero también con la firmeza en la defensa de los principios constitucionales. El problema de los nacionalismos es un problema de cultura, de formación, de preparación. O sea, que, como tantas veces en nuestra Historia y en la bibliografía patria, el problema ha venido siendo denunciado y tratado por pensadores, filósofos e intelectuales: es falta de escuela, y en la escuela el problema ha de encontrar la mejor solución. Hay que hacer pedagogía, didáctica de la política. Hay que recuperar la enseñanza que se imparte en las escuelas del Estado y enseñar a los españolitos la verdadera Historia común, no la inventada por las febriles mentes independentistas. La terapia preventiva de la formación intelectual y de la cultura es mejor que la jurídico-represiva de imponer sanciones que, a la postre, provocan victimismo.

Resulta incomprensible que, tras cuatro décadas de tolerancia, libertad y democracia, hayan cobrado fuerza ideologías disolventes y enemigas de lo común y pongan en cuestión un marco de convivencia que con el texto constitucional resulta ser casi inmejorable para alcanzar una vida social digna y próspera.

Parece una pesadilla que los españoles de la segunda década del siglo XXI estemos enzarzados en esta estéril cuestión de las identidades, de la lengua como factor de discriminación y fractura, de inventarnos pasados falsos, y que sea considerado progresista atacar la cohesión territorial de nuestro Estado para engendrar ‘Estaditos’ de la señorita Pepis.

Por todo ello la mueca sonriente de Mas habla por sí sola. Es un magnífico documento gráfico que inmortaliza la suprema deslealtad sediciosa.

 

¡Comparte el artículo en redes sociales! Tweet about this on TwitterShare on Google+Email this to someoneShare on FacebookShare on LinkedIn

Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*

X