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La nación excluyente

En una anterior entrega, La Nación Incluyente, defendí que en el siglo XIX aparece un nacionalismo positivo, liberal. Era el nacionalismo que opone la idea de Nación (como el conjunto de los ciudadanos) al Rey, como preludio a la conversión de éste en magistrado principal de un Estado democrático, dejando de ser el dueño del Estado que era en la monarquía absoluta. También, el nacionalismo incluyente del Risorgimento italiano, como ejemplifica emotivamente la historia del niño emigrante calabrés en el Cuore, de Edmondo de Amicis.

Pero no hay que olvidar que también es del XIX el nacionalismo negativo, el excluyente. En realidad, este nacionalismo es, en el fondo, anti-nacionalista, de acuerdo con Hannah Arendt. Es el nacionalismo ario o el proletarista (Stalin), que usan la nación para el establecimiento de imperios de pretensión universal. En la historia de España tenemos notables ejemplos de este nacionalismo excluyente, que es también, como el del Risorgimento, de inspiración romántica. El romanticismo lo contiene todo, lo mejor y lo peor:

“Vuestra raza, singular por sus bellas cualidades, pero más singular aún por no tener ningún punto de contacto o fraternidad ni con la raza española, ni con la francesa, que son sus vecinas, ni con raza alguna del mundo, era la que constituía a vuestra Patria Bizkaya; y vosotros, sin pizca de dignidad y sin respeto a vuestros padres, habéis mezclado vuestra sangre con la española o maketa, os habéis hermanado y confundido con la raza más vil y despreciable de Europa, y estáis procurando que esta raza envilecida sustituya a la vuestra en el territorio de vuestra Patria.”

“El roce de nuestro pueblo con el español causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de inteligencia, debilidad y corrupción de corazón, apartamiento total, en una palabra, del fin de toda humana sociedad. Y muerto y descompuesto así el carácter moral de nuestro pueblo, ¿qué le importa ya de sus caracteres físicos y políticos?”

“Les aterra oír que a los maketos se les debe despachar de los pueblos a pedradas. ¡Ah, la gente amiga de la paz! Es la más digna del odio de los patriotas.”

“La mujer, pues, es vana, es superficial, es egoísta, tiene en sumo grado todas las debilidades propias de la naturaleza humana: por eso fue ella la que primeramente cayó. Pero por eso precisamente de ser inferior en cabeza y en corazón…”

“Mas, ¿será posible que un español entre en mi familia?, ¿será posible que mi única hermana venga a ser mujer de un maketo?… Si tal acontece, ¡juro por la sangre de mi raza que he de largarme al fin del mundo, para no ver más a quienes así y por un plato de lentejas, menosprecian a su raza y venden a su patria!”
(Sabino Arana, fundador del Partido Nacionalista Vasco. Citas de obras diversas, tomadas de https://es.wikiquote.org/wiki/Sabino_Arana).

Verdaderamente, hay que esforzarse para saltar por encima de este nacionalismo de navaja cabritera para ir a abrazar el liberal (“Antiliberal y antiespañol es lo que todo vizcaíno debe ser”), así que podríamos intentar recuperar otro término en vez del de Nación; propongo “Patria”.

Recuerdo que, hace más años de lo que me gustaría, estuvo en Granada, invitado a dar una conferencia por mi Departamento, el destacado filósofo jurídico y político italiano Norberto Bobbio. Tomando café con él en su hotel, nos dijo (estaba también presente José Joaquín Jiménez y alguien más) que un periodista local le había pedido una entrevista. Era del “Patria”, en la época en que ya no era del Movimiento. El profesor Bobbio no accedió a la entrevista porque, por el título, le pareció que debía ser un periódico fascista. No sabía Bobbio que ya no existían fascistas en España, que no había ni siquiera gentes del Movimiento, la versión aguachirre de la Falange primera. Se habían todos disuelto en el aire o transmutado en comunistas, invirtiendo el camino recorrido mucho antes por Mussolini, el inventor de la marca “Fascio”.

Como ocurría con “Nación”, creo, sin embargo, que cabe un patriotismo liberal.

-¡Vaya! No está usted hoy muy original, Escamilla. Ya existía, y hasta la náusea, el patriotismo constitucional. Por no hablar del profundo patriotismo característico de los liberales españoles, desde María Zambrano u Ortega a Juan Valera o Blanco White.

-Sí… No es lo mismo el patriotismo liberal que propongo. Aunque tampoco es tan grande la diferencia, bien mirado, con el patriotismo constitucional. Bueno, pues aún a riesgo de quedar como habermasiano, o aznarista, o savateriano, la patria. Lo de ser timbrado como savateriano no me importaría nada, muy al contrario; aunque, desde luego, no soy un volteriano. Lo dicho: la patria liberal.

La patria es de donde uno es; España, en mi caso. La primera vez que, muy niño, viajé fuera de Andalucía, me sorprendió mucho que los niños madrileños dijeran que yo era andaluz. Como en la broma habitual, casi miré hacia atrás para ver a quién se dirigían. Español, digo. También inglés, por afición y formación. Ligeramente escocés. Bastante francés (estudié con los Maristas de entonces). Italiano. Yanqui, por convicción. Chino, por devoción. Más patriota no se puede ser. Siete patrias.

María Zambrano en Roma

María Zambrano en Roma

Ninguna me hace sufrir tanto como mi nativa España. Es mi patria fundamental. La patria como solar paterno. La patria que nos alimenta y que alimenta a nuestra familia. Donde está el fuego del altar íntimo a los ancestros. La que da la educación básica que nos permite acceder al resto de la cultura. La patria de la lengua en la que pensamos y la que ahorma el pensar. ¿No nos va a doler España? ¿No nos van a doler los españoles?

¿Por qué los españoles somos tan poco patrióticos?

Tocqueville pensaba que los americanos (estadounidenses) son tan patriotas porque piensan que cuanto mejor le vaya a su país, mejor les irá a ellos mismos. Naturalmente, podríamos añadir, parten de la base de que ellos son el país, todo el país, y que nada hay en el país que no sea ellos.

Así cualquiera es patriota. Lo que tiene mérito es serlo aquí, donde la patria siempre ha sido de otros. Donde, ahora que es nuestra, sigue impulsándonos la inercia de creernos in partibus infidelium.

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