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La democracia ante su enemigo

El título del presente artículo pertenece a Jean-François Revel (Cómo terminan las democracias, Planeta, 1983) que acertó a ver en los regímenes totalitarios comunistas un gran peligro para las democracias occidentales. Tras la caída del Muro de Berlín (1989), este peligro externo parece conjurado. Sin embargo, la democracia, como sistema de gobierno, sigue arrostrando un riesgo interno que lleva consigo en su seno: los adversarios liberticidas que viven en ella. Como dice de manera muy ilustrativa Revel, es el enemigo interior. «El enemigo interior de la democracia juega con ventaja, porque explota el derecho al desacuerdo inherente a la democracia misma. [En efecto,] quienes quieren destruir la democracia parecen luchar por reivindicaciones legítimas, mientras que quienes quieren defenderla son presentados como los artífices de una represión reaccionaria» (Pág. 12, ídem).

Estas reflexiones surgen tras la lectura del artículo de Pablo Iglesias La democracia frente al miedo (EL MUNDO, 30.12.14) consagrado a animar a su correligionario y amigo Alexis Tsipras, líder del partido heleno Syriza, en la lucha electoral que se dilucidará el próximo 25 de enero en Grecia. En el texto, Iglesias da a entender, sin rubor, que el verdadero demócrata es quien piense como ellos y que el enemigo a batir son las actuales élites europeas y los que él llama «poderes financieros». Su anticapitalismo queda reflejado sin disfraz. Anima, además, a lanzar el Estado (el que Iglesias quiere fundar) contra los partidos políticos convencionales y lo que representan.

Otro argumento que maneja el secretario general de Podemos es que quienes se oponen al triunfo de Syriza (o de Podemos, tenemos que entender) tienen miedo a que triunfe la democracia. A su juicio, no son buenos demócratas, como se deduce del alarde que aquél hace cual repartidor en exclusiva de patentes de legitimidades. Pero no es así. Iglesias tiene que saber que los que disentimos y recelamos de su modelo de Estado nos gusta la democracia representativa, y no la populista y asamblearia. Nos gusta el Estado social y democrático de Derecho, modelo avanzado y progresista consagrado en la Constitución de 1978, marco que el actual estado de la ciencia política no ha acertado a alumbrar otro que lo mejore en punto a derechos y libertades.

Nos gusta el pluralismo político, no la oligarquía ideológica dominadora. Somos partidarios de que el sistema político de gobierno sea construido y aprobado por el acuerdo de todos, por el consenso general, y no cocinado unilateral y artificialmente con causa en la indignación y penalidades populares aprovechadas oportunistamente por profesores e intelectuales que lo den a tragar como en 1931 («República de profesores», ¿recuerdan?). Tampoco nos gustan los asaltos al poder, la «conquista del Estado», que en esto se igualan los extremos de izquierda y de derecha (Ramiro Ledesma Ramos). No nos gustan los ferreteros de la política, los que califican, falaz e irresponsablemente, de cerrojo y candado a la Transición española y a su producto normativo, la Constitución Española.

Nos gusta, en cambio, el pluralismo político, la libertad, la confianza, la limpieza de la vida pública, la justicia social, la igualdad. No nos engañemos. Iglesias y sus secuaces alientan y patrocinan un cambio revolucionario, pues son «teorías revolucionarias aquellas que se oponen al statu quo y aspiran a cambiar los métodos e instituciones políticas que existen al presente» (R. O. Gettell).

La libertad y la democracia están asentadas en España gracias a la Constitución de 1978, norma susceptible de enmiendas y mejoras, pero que constituye un marco válido para el desarrollo de la sociedad y de los derechos humanos. Es defendible la evolución política, pero no la revolución. España ha alcanzado su actual grado de prosperidad mediante un cambio pacífico, una transición. Lo que defiende Iglesias bajo el eufemismo de un proceso constituyente es una revolución. ¿Por qué es ésta indispensable? ¿En qué se justifica? ¿Se destruye la armonía social?

Podemos puede ser el caballo de Troya del Estado social y democrático de Derecho. No tememos, pues, a la democracia. Sí a los iluminados; sí a los redentores.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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