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La crisis que está por llegar

El País-Live!/ Pedro Armestre (EFE)

El País-Live!/ Pedro Armestre (EFE)

Cuando hablo de crisis no me refiero a la crisis económica, esa que nos acompaña sin estar resuelta desde que apareció en 2008. Como dice una expresión popular, la situación puede empeorar aún más. No trato aquí, pues, de la crisis económica, con su singular corte de desgracias. Me refiero a otra crisis que considero peor, dado que los problemas económicos, aun siendo graves, cuando la sociedad está unida y pertenece a un compacto grupo político-social, pueden superarse sin demasiado quebranto.

Cuando las constantes de la política de un país se alteran, un oscuro pronóstico y un difícil tratamiento aparecen. Alterado y descompensado el factor político, entramos en lo que se llama una crisis política.

En mi opinión, es más delicada y grave una crisis política que una económica. Más tratándose de un Estado como España, de tan compleja construcción histórica y de tanta dificultad en la búsqueda de proyectos comunes que ilusionen colectivamente. Pero, ¿qué peor crisis puede venir en la política española? La crisis que me atrevo a pronosticar -y me gustaría equivocarme- es una crisis política.

Una serie de circunstancias y comportamientos desencadenados en la vida social de nuestros días (corrupción, escándalos, contravenciones, desconfianza, desafección, búsqueda de alternativas, inmoralidad, rechazo de las soluciones contempladas en el ordenamiento jurídico…), agravados desde los comicios de 2011, han provocado que surjan movimientos y plataformas sociales, abiertamente populistas, cuyas consignas declaran como enemigo a batir el ‘statu quo’ vigente desde la fundación del Estado de la Transición. Incluso ésta última es puesta en cuestión por estas plataformas populistas como la causa de todos los males sociales.

Como supuesta solución y ‘catarsis’, como depuración y limpieza, se ofrece con carácter ineludible lo que sus líderes llaman el cambio. Cambio que adopta caracteres de verdadera revolución política.

Si no se remedia, estamos, pues, a las puertas de un cambio político de alcance, una de cuyas notas más sobresalientes será, como lo anuncian los expertos en sociología electoral, la pérdida de peso político de los dos grandes partidos, aquellos sobre cuyas espaldas hasta hoy ha gravitado la tarea de gobernar el Estado en democracia. El Partido Popular y el Partido Socialista Obrero Español, experimentarían pérdida de apoyo. Y, por el contrario, se robustecerían nuevas fórmulas emergentes, heterodoxas en su conducta y programa, muy efectistas en el mensaje que lanzan, de calado fácil y profundo en el cuerpo social. Fórmulas que ofrecen soluciones rápidas, sencillas, atractivas, sí, pero… falsas. Es el llamado populismo, enemigo real de la libertad y del bienestar, que tiene su representación más genuina en el fenómeno surgido llamado ‘Podemos’, y otras plataformas sociales difusas. Todas ellas, sacándole buen partido a las redes sociales, alcanzan notable expansión y, sorprendentemente, logran credibilidad. La crisis económica que arrastramos y la lentitud de reflejos de las recetas convencionales, las han apadrinado.

El pronóstico se afianza. En intención de voto bajan los partidos ‘clásicos’, y al alza se encuentran, en efecto, estas otras formaciones.

El panorama político español para el año 2015, año de comicios, puede ser, en consecuencia, el siguiente: declive del respaldo electoral de los dos partidos mayoritarios y ascenso de movimientos y plataformas transidos de una fuerte dosis de populismo, de virulencia antisistema. Habrá dificultad para formar Gobierno. Para ello se necesitará la suma de varios partidos políticos minoritarios, con programas e ideologías diferentes, incluso antagónicos. El resultado es concluyente: inestabilidad política a la vista.

Con esa inestabilidad gubernamental, provocada por el maridaje de partidos políticos de imposible permanencia, ¿cómo se puede hacer frente a los tremendos retos y tareas que el Estado tiene por delante? ¿Cómo se pueden resolver asuntos y llegar a acuerdos en materia económica, gasto social, financiación autonómica, educación, gasto militar, compromisos internacionales, y, sobre todo, defensa del ordenamiento constitucional y de la integridad territorial del Estado, cuestión ésta última abiertamente planteada?

¿Imaginan ustedes a ‘Podemos’ y las demás formaciones ultra izquierdistas, anarquistas y ‘antisistema’, adoptando acuerdos y resoluciones gubernamentales sentadas en la mesa del Consejo de Ministros en La Moncloa, representando a sus colectivos de origen?

Si los dos grandes partidos pierden la mayoría que les garantiza el gobierno del Estado en solitario, cualquier hipótesis de inestabilidad, desequilibrio, vértigo, despropósito, insensatez y descomposición institucional será real. Por ello se justifica el título de esta tribuna de opinión. Y no es pesimismo, es realismo.

Tras la cruel crisis de la economía, aún no resuelta, aún no superada, la vida de los españoles puede empeorar con una crisis política sobreañadida cuya seña de identidad es la inestabilidad, y, por consiguiente, la deconstrucción del Estado.

A los que no tienen nada que perder, no les importaría.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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