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Himnos apócrifos. Francia (I)

Enfin seuls... El poilu y la modista

Enfin seuls… El poilu y la modista

Nos da frecuentemente por lamentarnos por nuestro turbulento pasado; principalmente por nuestros siglos XIX y XX, achacando a la sucesión de revoluciones grandes o pequeñas, gloriosas o vulgares, de golpes militares o palaciegos, de guerras civiles o coloniales; achacando a la sucesión de vaivenes político- militares-religiosos que se dirían interminables la ruina patria, como si hubiéramos tenido alguna vez un acomodo desahogado. Pero en realidad, el resto de la Europa continental (salva sea la insularidad británica) no ha disfrutado de una más plácida existencia. No somos tan raritos. Tornen los ojos vuesas señorías a la Francia si no.

En poco más de siglo y medio, tres monarquías, dos imperios, cinco repúblicas, un régimen filo-fascista y varios experimentos proletaristas, amén de sus enormes aventuras coloniales, con sus desventurados finales, del uno al otro confín. Del Haití pasando por la Argelia o el vecino Marruecos (en U.T.E. con España), hasta la Indochina o Tahití, ningún continente les fue ajeno a la hora de buscarse líos aventureros. Podemos trazar una historia de esas desventuras al hilo de algunas canciones, con un trasfondo forzosamente belicoso, que reflejan los sueños o desesperanzas galos y que podrían pasar por ser una especie de himnos apócrifos del Hexágono.

Debemos comenzar por el himno de la revolución, de la Revolución. Llegó a ser el oficial “La Marsellesa”, claro. Pero el segundo himno, junto al “Ça ira” es sin duda “La Carmañola”. Oí hablar de este himno en la “Historia de Dos Ciudades”, la novela de Dickens de la que constituye una escalofriante banda sonora. Las dos ciudades son el París de la Revolución y el Londres de los “emigrés”, los refugiados en la placidez aparente de un Londres que recubre el torbellino de los inicios de otra revolución, pero ésta pacífica, la Revolución industrial. La protagonista de París es la masa revolucionaria, una marabunta escrachadora e interahamwe la llamé una vez, liderada por una de las encarnaciones del mal, Thérèse Defarge. Me atrevo, por una vez, a traducir con rima y metro, aunque sólo una estrofa.

Antoinette avait résolu

De nous faire tomber sur le cul;

Mais le coup a manqué

Elle a le nez cassé.

(Antonieta resuelto tuvo

Hacernos caer de culo;

Pero el golpe marró,

La nariz se le rompió).

A Antoinette, Marie Antoinette, naturalmente la nariz no se le rompió de un modo casual, sino de una manera que la masa, en su zafio regodeo, interpreta como grotesca.

Ahora la Canción está institucionalizada, forma parte de la identidad republicana.

La batalla de Waterloo cierra los sueños imperiales de Francia en el Continente y los abre en el resto del mundo, para construir lo que será el imperio más grande de la época, tras el británico. El imperio interior, la construcción de ámbitos nuevos para el saber y el estar humanos también conocerá una gran expansión con el desarrollo técnico y científico del XIX. Toda esa entusiasmada y también turbulenta prosperidad sufrió una terrible sacudida con la Primera Guerra Mundial. La seña de esa guerra fue, inevitablemente, un himno guerrero, “Quand Madelon”. Hay una versión con una letra decorosamente heroica, “La Madelon de la Victoire”, para ser interpretada en ocasiones oficiales, pero la que se impuso fue la versión original, que es una canción cuartelera, tabernaria. El himno tiene ese aire goliárdico tan propio de unos franceses que gustan de cantar al vino y al amor. El de la Madelon es un amor vicario, que sustituye a otro, verdadero y lejano: “Ce n’est que Madelon, mais pour nous c’est l’amour”. Pobre Madelon, pobre mujer francesa. O pobres franceses todos. Pobres todos nosotros.

Cantado en el momento de la victoria, recuerda la Belle Époque, pero ya la dará por finalizada para inaugurar otra época dorada de lo francés, los Felices Años Veinte y el París de los americanos. Las enfangadas trincheras del Somme y el miedo al gas mostaza quedan atrás. Los “poilus” quedan atrás. Mujeres-límite, desde Marlene Dietrich a Raquel Meller o, muchos años después, Sarita Montiel harán popular el himno por toda Europa.

 

 

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