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Felipe González

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El que fue presidente del Gobierno durante un importante y largo período (1982-1996), con sus luces y sombras, es uno de los políticos españoles contemporáneos más importantes cuya trayectoria arranca del tardo franquismo y se consagra en la Transición.

En efecto, aquel joven abogado laboralista (Sevilla, 1942), “Isidoro” (alias que utilizó para obstaculizar la persecución de la policía franquista), saltó a la palestra de la política nacional cuando en octubre de 1974, en el XIII Congreso de los socialistas españoles desarrollado en Suresnes, discutió e inesperadamente ganó la Secretaría general del PSOE al histórico Rodolfo Llopis. Los socialistas del interior ganaban así a los del exilio. Con este nuevo equipo liderado por el célebre ‘clan de la tortilla’ (en alusión a una foto de una merienda campestre del grupo renovador) y con el sonado abandono del marxismo propuesto por el propio Felipe (“¡Hay que ser socialistas antes que marxistas!”, XXVIII Congreso, 1979), el partido experimentó casi una refundación camino de ser alternativa de gobierno como sucedió, de manera contundente, en las elecciones generales de octubre de 1982.

Resulta polémico, y demasiado pronto, juzgar el papel de Felipe González al frente del Gobierno de España durante la larga etapa señalada. Los sucesivos gobiernos que presidió González hasta ser desbancado por un joven conservador, José María Aznar (1996-2004), se caracterizaron para España y la sociedad española por suponer la puesta de largo en Europa con el ingreso en la C.E.E. (12.6.1985), el reconocimiento de los principales líderes y gobiernos europeos y mundiales, una modernización indiscutible de la vida y de la economía españolas, una apertura ideológica y facilitar una amplia acogida en los foros más importantes y neurálgicos.

Al final, una extensa serie de vidriosos acontecimientos como el caso de los ‘GAL’; la corrupción, que estalló en las más altas esferas gubernamentales, algunas muy próximas a Felipe (recuérdese el caso ‘Juan Guerra’, hermano del vicepresidente del Gobierno); los casos ‘Lasa y Zabala’, ‘Fondos Reservados’, Roldán, ‘Filesa’, ‘Flick’, o el caso ‘Paesa’, etc., más la tremenda crisis económica que se sufrió en el último Gobierno felipista y el hartazgo de la población, condujo a la derrota política socialista y al triunfo de los ‘populares’ capitaneados por el presidente Aznar (3.3.1996).

Sin embargo, si hoy traigo a esta página la figura del ex presidente es porque, consumido un largo paréntesis de silencio y de estar en segunda fila desde que finalizó su mandato, Felipe González ha recuperado en estas horas un merecido protagonismo con un gesto de gran relieve que le honra. Un gesto de gran coraje político con el riesgo de su integridad física. Una llamada de atención mundial que ha concitado su viaje a la Venezuela bolivarista en defensa de los derechos humanos, en particular de los miembros de la oposición del régimen de Maduro que, para vergüenza de éste y escándalo de todos, permanecen encarcelados sin garantías y con sus derechos pisoteados. Bien se merece Felipe González este comentario a pesar de existir voces maledicentes que critican al mandatario español de ingerencia en asuntos internos de un país extranjero o de viaje de negocios.

Con este viaje, acompañado del carisma de que goza, Felipe González ha conseguido denunciar ante la conciencia mundial el atropello que sufren los derechos humanos en la Venezuela bolivariana de Maduro. Su valentía de presentarse en Caracas a pecho descubierto ha puesto el foco sobre un régimen pseudodemocrático, totalitario y muy lesivo para la ciudadanía venezolana. González ha girado un viaje llevando únicamente en su maleta su credencial de jurista y su pretensión de defender en Derecho a los encarcelados por Maduro. Ha conseguido poner en evidencia la existencia de un régimen político populista y antidemocrático, depredador de las más elementales reglas democráticas, como es el respeto y reconocimiento de una oposición, y de sus correspondientes derechos civiles y políticos, el primero, la libertad.

Sabíamos que Felipe González tiene madera de estadista. Lo ha vuelto a demostrar con esta arriesgada y audaz visita. Todos los demócratas del mundo y los que amamos el Derecho tenemos que estarle reconocidos y debemos valorar su bizarra decisión.

En esta hora de fragilidad y de ausencia de valores reconforta admirar conductas como la del ex presidente español. Nos enseñan comportamientos que honran al ser humano, que lo acercan al mundo de los valores y principios más excelsos como es defender en Derecho a personas perseguidas por un poder político sin control y privadas de su más elemental ‘status’ derivado de la dignidad humana y del vínculo de ciudadanía.

Acciones así nos ayudan a reconciliarnos con nuestro tiempo y con la sociedad que nos ha correspondido vivir.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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