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España, desventurada patria

Pi_y_margall

Pi y Margall por José Sánchez Pescador

Ahora, cuando arrecian las dificultades de la convivencia nacional fruto de tensiones, enfrentamientos,  discordias y fantasmas del pasado que creíamos para siempre enterrados, debemos acudir a la historia y a la literatura, madres de la vida, para intentar descifrar el enigma de qué es España y en qué punto de nuestro camino colectivo nos encontramos.

El título de esta tribuna de opinión lo he tomado prestado de Francisco Pi y Margall, político, filósofo, jurista y escritor español, nacido en Barcelona (1824) y fallecido en Madrid (1901). Fue segundo presidente de la Primera República (1873).

En su corto mandato se cercioró de lo que era gobernar a los españoles: tuvo que enfrentarse a la tercera Guerra Carlista y a la revolución cantonal. De ideología republicano-federalista, sus reflexiones sobre el ser y la organización política de España las vertió en una extensa y detallada obra -fechada en Madrid el 14 de noviembre de 1876- en el inicio de la Restauración, que tituló con el sugestivo nombre de “Las Nacionalidades” (cito por ‘Compañía General de Artes Gráficas’, Madrid, 1929).  

Hoy, que tanto se habla de la organización territorial del Estado; que mucho se porfía por lograr acomodos y   encajes de sus pueblos, y que numerosas ocurrencias organizativas para nuestra España se ofrecen por cualquier indocumentado con asiento en la Carrera de San Jerónimo, podemos afirmar que las tesis que sostiene Francisco Pi y Margall se adelantaron a nuestro tiempo y han recobrado actualidad.

En nuestros días oímos decir que la Constitución (CE) hay que reformarla. Algunos quieren cambiarla (a peor), y otros proponen la solución federal como la más conveniente para los intereses generales y la cohesión del Estado. La verdad es que el modelo federal poco aporta al Estado de las Autonomías. Y quedan los rupturistas, los que, con móviles inconfesables, falaces e insolidarios, quieren destruir la actual configuración política.       

Vistas las cosas en perspectiva, podemos decir que Pi y Margall fue precursor de las actuales propuestas que desean lograr la definitiva articulación de España, si es que la conseguimos, pues, por lo que se ve, llevamos 500 años dando palos de ciego. Muchos creímos en su día que la Constitución  de 1978 era la solución duradera. Todavía creemos que es útil y un buen texto.

De las tesis que defiende Pi y Margall, con objeto de hallar la conformación definitiva para España, destacaremos algunas, como las siguientes. Muestra su admiración por el modelo federativo de Washington, modelo que, dice, no priva a los pueblos que lo constituyen de su propia lengua o leyes y les otorga Gobierno propio.

En el libro encontramos tres afirmaciones de calado que los gobernantes actuales deberían tener bien presentes. En primer lugar afirma con rotundidad que “derribar y no levantar vallas debe ser el fin de la política” (pág. 83), principio que deberían aplicarse nuestros líderes separatistas y nacionalistas. En segundo lugar, en sus páginas se puede hallar la defensa de un poder europeo, un poder internacional que, con determinadas competencias, respeta la autonomía (autogobierno) de las naciones (Estados) (pág. 84). Y, tercero, muestra clarividencia cuando considera que “El mundo camina a la unidad” (pág. 86).

Más adelante Pi y Margall, apoyándose en Montesquieu, defiende la bondad de la fórmula de la federación para España (págs. 92, 93), pues considera que con ella se soluciona uno de los más graves problemas políticos de nuestro Estado: “la unidad en la variedad” (pág. 95), y añade: “Porque quiero la unidad, soy partidario acérrimo de la federación” (pág. 98). Y a continuación, ofrece una sentencia concluyente: “Sólo la federación puede resolver el problema político [de la unidad de España]” (pág. 114). Para completar su doctrina se atreve con una definición de federación: “Sistema por el cual los diversos grupos humanos, sin perder su autonomía en lo que les es peculiar y propio, se asocian y subordinan al conjunto de los de su especie para todos los fines que les son comunes” (pág. 115). En definitiva, para el político catalán la federación establece la unidad sin destruir la variedad, pues la federación es, en esencia, pacto.

Con toda lucidez, además de reseñar en su obra el reparto de competencias entre los Estados federados y la Federación, el autor anticipa el mecanismo de defensa del Estado que el posterior constitucionalismo ha asumido (artículo 155 CE), cuando señala: “El poder federal tiene el derecho a combatir por su propia autoridad las rebeliones de los Estados contra la Constitución o las leyes federales” (pág. 137).

Como comprobamos, hoy como ayer seguimos tratando de  encontrar el principio eficaz que enlace los vínculos sociales y políticos de este conglomerado de pueblos que responden a la palabra España, “desventurada patria”.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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