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El discurso del Rey

Foto de familia de los Reyes con los diputados y senadores de la I Legislatura. Foto: RTVE.

Cualquier acontecimiento u ocasión es aprovechado por algunos para echar las redes a ver qué pescan. Una de esas oportunidades la ha supuesto el discurso que Felipe VI ha  dirigido a los parlamentarios -de entonces y de ahora- en la solemne sesión de las Cortes convocadas para conmemorar los 40 años de las elecciones de 15 de junio de 1977. Cortes trascendentales, porque de ellas surgió el texto de la vigente Constitución de 1978, de tan amplio respaldo recibido.

Ha sido una conmemoración polémica, cómo no, que ha suscitado abundantes reacciones y críticas. Algunas de estas se han centrado en censurar -con justicia- el erróneo protocolo seguido, que ha optado por la ausencia del rey Juan Carlos, reconocido “motor de la Transición”, junto a Adolfo Suárez y Torcuato Fernández-Miranda.

Sin embargo entiendo que debemos quedarnos con lo sustancial: el contenido del discurso del Rey Felipe VI. Dejemos por ahora la cuestión de que su Augusto padre no estuviera presente en los fastos conmemorativos, algo difícilmente comprensible dado el singular protagonismo que el entonces Monarca tuviera en el impulso y éxito del tránsito pacífico de una dictadura a una Monarquía parlamentaria.

El citado discurso ha provocado reacciones airadas y virulentas en dos sectores políticos bien definidos, lo que resulta sintomático. Primeramente, en los nacionalistas periféricos. Pues bien. Que el discurso siente mal a los separatistas catalanes, y no satisfaga a los nacionalistas vascos, es esperable. Los primeros están en un continuo proceso de transgresión del Ordenamiento jurídico. Es lógico en consecuencia que se sientan descubiertos y retratados cuando un Monarca constitucional les recuerda que la democracia consiste en el imperio de la Ley, en respetar procedimientos y competencias, y que “la libertad sigue siempre la misma suerte que las leyes: reina y perece con ellas”.

En segundo lugar, el discurso regio tampoco ha complacido a los populistas de Iglesias Turrión que, como buenos ‘antisistema’, no dejan pasar oportunidad alguna para, en su interesada batalla partidista, desprestigiar a la Monarquía y a la Constitución del consenso de 1978. Ya me gustaría conocer el texto de la Carta política que impusieran Iglesias y los suyos, si pudieran. A ver si mejoraran los niveles de libertad y garantías jurídico-políticas de la actual.

Sin embargo resulta más difícil de comprender la rebuscada y falaz reacción, el sutil ataque del caudillo podemita al sistema constitucional vigente, vertido a las pocas horas en una apacible clase veraniega, cuando todavía resonaban las palabras del Rey en el hemiciclo de la Carrera de San Jerónimo.

Con su habitual tono profesoral (“¡ese tonito!”, Oramas dixit), el politólogo de Somosaguas ha puesto patas arriba la forma política del Estado, dirigiendo una acerba y maliciosa crítica al papel del joven Monarca, cuya magistratura ha cuestionado abiertamente: “La monarquía no es símbolo de unidad”; añadiendo que “Felipe VI no cumple ninguna función histórica”, por lo que concluye preguntándose -nada menos- que “El Rey, ¿para qué?”. Asimismo lanza un dardo envenenado al ensalzar la figura de Juan Carlos I con la nada disimulada y perversa intención de abrir una brecha entre padre e hijo.

Iglesias Turrión se equivoca. El discurso del Rey en el 40º aniversario de las elecciones generales de 1977 fue un gran discurso, una ardiente defensa de las libertades, una apasionada y ortodoxa lección sobre el Estado de Derecho y una certera exposición de los fundamentos y principios de toda democracia. Juicio bien lejano al que el caudillo podemita hace del parlamento regio.

Felipe VI, en su disertación, llegó mucho más lejos. Creo que es la primera vez que un Monarca español hace un repaso de la historia contemporánea de España para invitarnos a aprender de los errores del pasado. Acierta el Rey cuando sostiene que desde 1812 a 1978 nuestra historia es “convulsa e incierta”; que los españoles no nos hemos entendido; que esa falta de entendimiento nos condujo irremisiblemente a una trágica guerra civil y a una dictadura sin paliativos, y que la Transición fue la mejor fórmula para instaurar el Estado de Derecho, la democracia y las libertades, bienes que hoy perduran, calificando acertadamente el Rey el fruto de la Transición como “una obra de todos y para todos”. Alertó también Felipe VI sobre la tentación de seguir caminos que conduzcan a la ruptura de la convivencia, a la división de los españoles y al quebrantamiento del espíritu fraternal que debe unirnos.

Por fortuna para Iglesias, él no ha padecido una dictadura. Ni se lo deseo. Si hubiera vivido esa triste e indigna experiencia, pensaría de modo diferente. No dirigiría esa crítica -errada e injusta- al discurso del Rey. Pero la misma libertad política de que gozamos, se lo permite.

Es lo contrario, Pablo: no nos merecemos este Rey.

 

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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