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El cangrejo

      “La España democrática debe, desde ahora, mirar hacia delante, olvidar las responsabilidades y los hechos de la Guerra civil, hacer      abstracción de los 40 años de Dictadura […]. Un pueblo ni puede ni debe carecer de memoria histórica: pero ésta debe servir para alimentar proyectos pacíficos de convivencia hacia el futuro y no para nutrir rencores hacia el pasado” (El País, 15 octubre 1977, con ocasión de la aprobación de la amnistía política).

Sabido es que ciertos animales y especies simbolizan ideas en el mundo de la cultura y las letras. Así, el búho representa la inteligencia, la razón. La serpiente, la traición, la crueldad. La tortuga, la longevidad. La rana, la fertilidad. El león, la fuerza, el poder. El perro, la fidelidad… y el cangrejo, el retroceso, la decadencia, la debilitación.

Hoy, por desgracia, concurren una serie de signos en los actores políticos españoles que podrían quedar simbolizados por lo que representa este crustáceo. Actualmente parece que algunos líderes están más interesados e instalados en el pasado que en el futuro. Y algún grado de ceguera padecen, pues dan a entender que caminan hacia atrás en la Historia o no han tomado consciencia de que su proyecto, por así llamarlo, fuerza a retroceder a sus conciudadanos, poniéndoles en el riesgo de empeorar en sus ya mermadas capacidades.

En ese trance está el socialista Sánchez, ebrio de izquierdismo, henchido de dirigismo, y decidido a dar lecciones a propios y extraños. Así pues, el momento que vivimos los españoles, inquietante momento, bien puede representarse con el cangrejo: dejado en una determinada posición, se empeña en retroceder.

La estrategia, el ideario y los objetivos de Sánchez se han radicalizado (nunca fueron comedidos). Ahora nos quiere convencer que España es, como por ensalmo,  plurinacional. Él debería explicarnos, desde el punto de vista político, qué significa este término y sus supuestas propiedades curativas para la unidad de España (triste, que estemos todavía con este asunto). Por añadidura, aspira a quedarse con el votante de Podemos. Tal vez la explicación sea que Sánchez es un auténtico podemita, y él lo desconoce.

Creo que de esta posición ideológica sólo salen contentos los nacionalistas y el propio caudillo de Podemos, Iglesias Turrión, en cuyos brazos de ambos Sánchez se ha echado. Tampoco podemos olvidar a sus socios federados del Partit dels Socialistes de Catalunya (PSC), con Iceta a la cabeza, que ya duerme más tranquilo desde el regreso del expeditivo Secretario del PSOE. La tesis de la plurinacionalidad sirve, en parte, para tapar las vergüenzas políticas del desnortado PSC, que ha sustituido las tradicionales reivindicaciones del socialismo por las tesis nacionalistas (derecho a decidir, referéndum…).  

Defender la plurinacionalidad del Estado, si la oferta es seria, es, a mi juicio, un grave error. Y difícil de explicar. Afirmar que España es una nación de naciones, un Estado plurinacional, es regresar al confederal mapa político medieval, el de los diferentes Reinos medievales, que, denodadamente y con la inestimable ayuda de los matrimonios de conveniencia de los Monarcas, avanzaron en la cohesión política de España para conformar el Estado que hoy tenemos, con un único soberano, el pueblo español, como acertadamente proclama el artículo 1.2 de la vigente Constitución.

No se entiende, pues, que una Nación esté formada simultáneamente por otras naciones, como la antigua Yugoslavia o la URSS, y, sin embargo, la soberanía corresponda a un único pueblo. Se sabe que, cuando se reconoce y proclama que determinada colectividad alcanza la categoría política de nación, el siguiente paso es tratar de conseguir un Estado propio. La lógica tendencia lleva a los pueblos a esa meta: a querer convertirse en un nuevo Estado. Por tanto la tozuda -y poco fundada- insistencia en que España es un Estado plurinacional necesitaría de explicación; precisaría conocerse su alcance y efectos políticos, y, sobre todo, que Sánchez nos demostrara que una España plurinacional es la suprema garantía para su cohesión, permanencia y fortaleza, y que los nacionalistas lo aceptan.

Yo entiendo, por el contrario, que, con todos sus defectos e insuficiencias, el Estado de las Autonomías territoriales es una fórmula, un modelo de descentralización y autogobierno dentro de los límites de un Estado, mucho más racional y menos arriesgado que reconocer naciones dentro de una nación. El Estado autonómico, tenido por modelo en el Derecho público comparado, no es ni tan negativo ni tan estéril como sostienen muchos de sus detractores y críticos.

Con la plurinacionalidad, que defienden Sánchez, Iglesias e Iceta, el futuro de España es una incógnita. Es más: me atrevería a decir que, tendencialmente, estaríamos en la antesala de su fragmentación. La plurinacionalidad lleva consigo el mal de lo centrífugo (¡Qué envidia y qué diferencia con Francia: un territorio, una bandera, un himno, y éste con letra!).  

Volvemos al tiempo, de ahí el símil del cangrejo, en el  que había dos proyectos bien distintos en el socialismo español: Prieto y Largo Caballero.

Probablemente, en mayo se eligió al segundo.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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