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Dos discursos, un pueblo

Pablo Iglesias en Vistalegre. /Balleseteros (Efe)

Pablo Iglesias en Vistalegre. /Balleseteros (Efe)

El domingo pasado ordenaba mi biblioteca personal.

     Inesperadamente me encontré con el mensaje televisivo que el presidente Adolfo Suárez dirigió a los españoles  el 10 de Septiembre de 1976 para darles cuenta del proyecto de Ley para la Reforma Política, norma que hizo posible alcanzar la Democracia. Tan sólo hacía diez meses de la muerte del general Franco.

     Pues bien. Mientras yo releía el discurso del presidente centrista, me iban llegando noticias de Vistalegre 2, y en la prensa leía opiniones sobre el movimiento podemita.

      Las comparaciones surgieron inevitablemente.

      Si atendemos a las afirmaciones y declaraciones de los líderes podemitas, es razonable sentir inquietud. Mi intuición me dice que Podemos es una amenaza para la estabilidad política de España, para su economía y, en consecuencia, para el empleo. Podemos aglutina odio, rencor y revancha. Ni lo disimula ni lo puede disimular.

      Si un día Podemos triunfara, rápidamente veríamos sus consecuencias: desaparecería la inversión financiera; se polarizaría la sociedad; destruiría el orden constitucional de la Transición; las libertades se reducirían; habría intervencionismo público y se expandiría el miedo. No hay más que recordar lo sucedido en Venezuela, en otras latitudes hispanoamericanas y en Grecia.

       Y es que la oferta podemita es el viejo y fracasado discurso comunista-leninista, encarnado por jóvenes activistas sin experiencia.

      El rancio comunismo resucita hoy en España bajo la fórmula de un izquierdismo populista posmoderno. En definitiva, un caos ideológico que ve la URSS como “un proyecto emancipatorio; que habla de “proceso constituyente” para destruir el legado de la Transición e implantar, en su lugar, un régimen político totalitario bajo una Constitución: la de ellos.

      El discurso podemita está lleno de tópicos, como que el capitalismo es incompatible con la democracia; que la Unión Europea impide la “democracia social” y la soberanía popular; y que España es un país de países con “derecho a decidir”, es decir, con derecho a romper España.

      Los podemitas son jóvenes de edad, pero viejos de pensamiento. Admiran a Hugo Chávez y al castrismo, y no les importa conducir al pueblo al abismo. Pretenden un “nuevo modelo de Estado”, dicen, dirigido por ellos, los auténticos representantes de los “poderes populares

     Comprobé en cambio que el discurso de Adolfo Suárez es el de un estadista: sensato, fiable, centrado; animado sólo por devolverle al pueblo la libertad y la soberanía. Suárez fue un político que lo arriesgó todo para que el pueblo recuperara las libertades y ordenó la economía para satisfacer el interés general, no el de una oligarquía anclada en la oscura noche del comunismo.

       Suárez hizo respetar el pluralismo de la sociedad española; dio la palabra al pueblo; defendió la legalidad como asidero de las libertades y evitó caer en el error de hacer tabla rasa de nuestra Historia

       Suárez fue un gobernante honrado, que reconoció que los problemas de España no podían resolverse de golpe ni disponía de una fórmula mágica. E invitó a todos a anteponer los intereses generales a los particulares.

   “No hay que tener miedo a nada”, dijo. “El único miedo racional que nos debe asaltar es el miedo al miedo mismo”.

  ¡Qué diferencia de discurso y de concepto!  

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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