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Deletura est democratia?

ortega-y-gasset-1Una vez más en nuestra agitada vida política estamos inmersos en una de esas fases negativas y autodestructivas  en las que los españoles solemos caer cíclicamente. La Historia lo dice. No requerimos ayuda para arruinarnos en el plano político y social: nos bastamos nosotros solos.

Instaurado o restaurado (que ambas cosas se defienden) en España en 1977-78 el menos malo de los sistemas políticos al decir de W. Churchill, la democracia parlamentaria, hemos llegado a un punto de colapso y obstrucción en la política doméstica que nos tiene trabados y sin Gobierno desde hace meses. Y los pronósticos no son nada esperanzadores, a la vista, hoy, de la discrepancia y tensión que rodea la presentación de un candidato a la presidencia del Gobierno y la eventual constitución de éste.

Los españoles somos así. Inigualables e imbatibles cuando el viento de la política sopla a favor, y pura ruina cuando la concordia, la tolerancia o el entendimiento encallan. Parece que estamos ante uno de estos últimos momentos.

Transcurrida una magnífica etapa de construcción y progreso durante algo más de tres décadas, hemos entrado  en otra de derribo, decadencia y retroceso. Tan es así que no resulta exagerado preguntarse, en presencia de este alarmante e inquietante cuadro de nuestro país, si los “demonios familiares” acabarán por destruir la democracia constitucional que la Transición puso en marcha con el general y mayoritario apoyo otorgado por los españoles, que ansiaban la libertad y ser titulares de derechos fundamentales. Parece como si la democracia fuera una flor que no hubiera que regarla y cultivarla, cosa que, como se sabe, hay que hacerlo todos los días.

No es la primera vez que los españoles nos situamos en una tesitura de bloqueo político e institucional. No es la primera vez que los españoles impedimos, o destruimos, el buen gobierno, la libertad y la paz civil. Nuestra historia colectiva está llena de cascotes y de escombros, de frustración y de quebranto.

Me referiré a dos acontecimientos no demasiado lejanos en nuestro caminar institucional. Son paradigmáticos. Elocuentes. Y esperamos que la etapa que estamos viviendo no sea la tercera ocasión.

El primer acontecimiento tiene fecha del 11 de febrero de 1873. Época convulsa e incierta. Como hoy. Se trata del mensaje de renuncia a la Corona española que leyó ese día el Rey Amadeo I de Saboya ante las Cortes. Documento tremendo y definitivo texto que es menester  recordar: “[…] Dos largos años hace que ciño la Corona  de España, y España vive en constante lucha, viendo cada día más lejana la era de paz y de ventura que tan ardientemente anhelo. Si fuesen extranjeros los enemigos de su dicha, entonces, al frente de estos soldados tan valientes como sufridos, sería el primero en combatirlos. Pero todos los que con la espada, con la pluma, con la palabra agravan y perpetran los males de la nación, son españoles. Todos invocan el dulce nombre de la patria, todos pelean y se agitan por su bien; y entre el fragor del combate, entre el confuso, atronador y contradictorio clamor de los partidos, entre tantas y tan opuestas manifestaciones de la opinión pública, es imposible atinar cuál es la verdadera, y más imposible todavía hallar el remedio para tamaños males.

Lo he buscado ávidamente dentro de la ley, y no lo he hallado. Fuera de la ley no ha de buscarlo quien ha prometido observarla. […] Tengo hoy la firmísima convicción que serían estériles mis esfuerzos e irremediables mis propósitos.

Estas son […] las razones que me mueven a devolver a la nación, y en su nombre a vosotros, la Corona que me ofreció el voto nacional, haciendo renuncia de ella por mí, por mis hijos y sucesores”.

He ahí la amarga confesión de un animoso y civilizado monarca que reputa ingobernable a un país y a su clase política y decide tomar el camino del exilio. Tras su marcha, el Estado entró en descomposición. En año y medio pasamos por Monarquía, República federal, Regencia, golpe de Estado y, nuevamente, Restauración monárquica).

El segundo hito histórico es más cercano a nuestros días, aunque no menos dramático. Es la arenga que verbaliza Ortega y Gasset en su célebre y premonitorio artículo “El error Berenguer” (“El Sol”, 15 noviembre 1930): “[…] Nosotros, gente de la calle, de tres al cuarto y nada revolucionarios, tenemos que decir a nuestros conciudadanos: ¡Españoles, vuestro Estado no existe! ¡Reconstruidlo! Delenda est Monarchia”. En efecto, la Monarquía alfonsina entró en desguace, y, de mal en peor, transitamos por una caótica 2ª República, una Guerra civil y una larga Dictadura militar.

Recuperada trabajosamente la democracia, cabe preguntarnos si la destruiremos. Deletura est democratia?

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