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¿Dejar de ser populista?

vogue_news_701262686_620x431Dos retos claros tiene la democracia española sobre cuya etiología no existe acuerdo: el separatismo que se  practica en algunos territorios periféricos y el populismo como fenómeno político. Hoy trataremos de éste último.

Unos creen que el populismo es criatura nacida de la crisis económica y social que venimos arrastrando y tratando de dominar. Otros piensan que es un fenómeno debido a la globalización, al ataque que ha sufrido el mercado laboral por consecuencia de las leyes universales de la actual economía, que se mueve al dictado de dogmas neoliberales. Y, finalmente, los hay que consideran que el populismo es consecuencia de la desafección social, de la brecha abierta entre los ciudadanos y los gobernantes, las élites. Probablemente, lo más acertado sea concluir que el populismo es una patología política, un movimiento social errado, debido a diversas causas que confluyen para su génesis.

El populismo puede estar en la derecha ideológica y en la izquierda también. Ejemplos del primero sería Marie le Pen en Francia, o Nortbert Hofer en Austria. Populismo izquierdista por antonomasia es el de Iglesias y Podemos. Desde que Podemos participa institucionalmente en política (elecciones europeas de 2014), con un resultado alentador para sus líderes, busca ansiosamente su espacio político y su configuración como fuerza representativa genuinamente antisistema. El problema es el método, el camino, cómo actuar y qué consignas adoptar y aplicar. En este punto, y por la lucha que se ha desatado en su seno, existen dos posiciones bien diferenciadas, con sus respectivos líderes a la cabeza. En efecto, está Pablo Manuel, que defiende la línea dura, la que debe atemorizar a sus adversarios y a la población en general, dicho con su propia terminología, y está la facción capitaneada por Errejón, que pone el acento de la praxis política en la convicción, en la seducción, para ensanchar la base sociológica del citado partido-movimiento y así ganar votantes. La existencia de este doble liderazgo es propia de formaciones jóvenes, inmaduras, que necesitan cocerse en el caldo de la experiencia y la lucha política.

Pero en el caso de Podemos el asunto se complica al ser un partido de corte populista, de extrema izquierda, de inspiración marxista-leninista, que ha actuado en el reciente pasado con técnicas y comportamientos claramente estalinistas, como cuando han rodado cabezas inmisericordemente o se ha destituido a cargos del partido, o coaligados a él, sin posibilidad de réplica. El culto a la personalidad del líder por encima de todo.

Pablo Manuel, en su peregrinar por el mundo de la política, ha pasado por diversas estaciones. Se nos ha mostrado como un intransigente conductor de la “gente”, dictatorial, al estilo soviético. Más tarde ha hecho gala de su admiración por el dirigismo bolivariano, ya felizmente fracasado. Después, en plena campaña electoral, ha manifestado su inclinación por la socialdemocracia. Y hoy ha estallado una apenas contenida lucha intestina Iglesias-Errejón para desbrozar la línea programática que debe seguir Podemos.

En esta hora nos ha vuelto a suministrar Iglesias otra perla de su calenturiento pensamiento. Hace pocas fechas ha reflexionado en voz alta que tal vez convendría al partido, que lidera con mano férrea, ¡dejar de ser un partido populista! ¿Podemos creer en semejante deseo? Esta cuestión abre el debate en la ciencia política sobre si se puede producir una evolución ideológica en los partidos políticos y en sus líderes y si, caso de producirse, no se desnaturalizaría la opción política que tal partido representa y la razón por la que se le vota. Sea como fuere, tenemos a Iglesias reconociendo que el populismo es algo nocivo y queriendo desprenderse de esta engorrosa adherencia.

En mi opinión lo primero que habría que averiguar es si el líder podemita es sincero cuando quiere desprenderse de su congénito populismo, o se trata de una estratagema más en su marcha hacia la ansiada toma del poder.  Para mí, mientras Iglesias siga haciendo concesiones y afirmaciones demagógicas y populacheras, carezca de ideología, de brújula doctrinal, sea un movimiento de masas, no abandone la prédica reivindicatoria, ofrezca soluciones fáciles a complejos problemas, incida en la antidemocracia, que es cultivar las emociones y no la razón, se apoye en un discurso maniqueo y siga una línea autoritaria de poder, los árboles no le dejarán ver el bosque y será un puro y duro populista. Quien bien sabe de esto, el profesor ecuatoriano Rodrigo Borja, al que seguimos en la caracterización del populismo, pone el dedo en la llaga cuando afirma que una de las señas de identidad del populismo son las continuas contradicciones y virajes. En una más de ellas parece estar nuestro líder redentor.

Y es que en política es difícil el reciclaje.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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