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Cuando la política es seducción

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Qué duda cabe que la actividad que llamamos política lleva como uno de sus ingredientes la seducción. Es decir, la política es una acción que arrastra, que hace admirar y, por eso, conduce a las masas hacia una determinada opción o a seguir a un determinado líder. Diríamos que esos son los sentidos o significados positivos o plausibles del (buen) arte y actividad de gobernar un país o de la lucha por el acceso al gobierno (María Moliner, “Diccionario de uso del español”, Gredos, 2008).

En este sentido encuentro que el comportamiento público y muchas de las manifestaciones de los líderes de ese movimiento social recientemente convertido en partido político, llamado Podemos, encajan, a mi modo de ver, en otro significado lexicográfico del vocablo ‘seducción’, esta vez no tan positivo: “persuadir a alguien con promesas o engaños a que haga cierta cosa […]”, como sería que la población confiara el voto con base en unas supuestas promesas que tapan intenciones soterradas.

En efecto, voy siguiendo la evolución del partido de Pablo Manuel Iglesias desde que aquél era sólo los ‘Círculos’ hasta que se ha inscrito en el Ministerio del Interior como partido político.

Vengo oyendo y leyendo las declaraciones de sus máximos representantes, sus apariciones en los medios, sus artículos y tribunas de opinión y hay algo que me dice que la metamorfosis operada, la constante sustitución de las medidas iniciales de gobierno por otras más suaves, la propia confesión de parte de que son socialdemócratas y no comunistas recalcitrantes, la moderación en sus planteamientos y la edulcoración de su programa (en constante e inacabada adaptación), y las expresiones terminológicas que ahora utilizan, todo ello apunta a que hay o puede haber intenciones veladas.

Así, Pablo Manuel Iglesias inicia un reciente artículo (“¿Qué es el cambio?”, El País, 26.4.15) nada menos que con una capciosa cita de Olof Palme, el mítico político socialdemócrata sueco, bajo cuyo nombre y trayectoria como bandera Iglesias se envuelve para, a continuación, sostener y defender posiciones equidistantes de su marxismo dialéctico y militante. De salida no está mal la cita. Ello le permite al joven político español sostener una fuerte beligerancia contra el sistema político y económico instaurado en 1978, al que considera caduco y antidemocrático, con políticas económicas y élites que reputa muy perjudiciales para la ‘gente’. Arremete contra “la injusticia fiscal de nuestro país” que esquilma ‘a los de abajo’ y favorece ‘a los de arriba’, conceptos buenistas todos ellos, y, por cierto, bien indeterminados.

Asimismo ataca a la vigente legislación laboral por fomentar ésta, a su juicio, la temporalidad, la precariedad y la destrucción de empleo, prometiendo como alternativa, de llegar al Gobierno, su derogación, pues es una legislación dictada a éste por ‘las élites de privilegiados’.

Otros muchos cantos de sirena encontramos: que los jóvenes puedan volver a nuestro país y que “los problemas de España no se solucionan con un plan renove, con leves cambios de caras y con medidas cosméticas alineadas con el discurso de recuperación del Gobierno”. Pero no dice con qué se solucionan.

En el discurso podemista existe otro argumento recurrente que llama la atención procediendo de una mente de ultraizquierda populista, revolucionaria en su origen y doctrina, y es la frecuente invocación que el líder madrileño hace a la patria y al patriotismo. Es sorprendente esa invocación porque en la teoría marxista el verdadero valor y la categoría intelectual que se ha de fomentar en el proletariado es el universalismo (“Proletarios del mundo, ¡uníos!…”). El movimiento obrero, los proletarios, no tienen patria particular, y en la unidad mundial y global está su fuerza. Sin embargo, Pablo Manuel acude y recurre a citar la patria…

En estos últimos meses, el que puede llamarse el programa de esta fuerza política ha sido retocado aligerando y debilitando la efervescencia de muchas de las primitivas medidas y propuestas de Gobierno, en lo político y en lo económico. En lo primero, el asunto del independentismo, donde la posición de Podemos está por definir con exactitud: secesión territorial, ¿sí o no? En lo segundo, se han rebajado muchas expectativas sociales, como la renta general básica, y evitado el choque con el empresariado.

En definitiva, vuelvo al principio. Hay muchas cosas, mucho tacticismo en el discurso de los máximos responsables de Podemos que me llevan a temer que se trate de una estratagema para alcanzar el poder, y, después, suceda la deconstrucción del Estado social y democrático de Derecho como forma de Estado que nos ha procurado esta libertad y esta prosperidad a pesar de la tremenda crisis que todavía padecemos.

A ver si el remedio es peor que la enfermedad. ¿Seducción?

 

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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