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Contra la intolerancia y el fanatismo

“Se puede medir la salud democrática de un país evaluando la diversidad de opiniones, la libertad de expresión y el espíritu crítico de sus diversos medios de comunicación”.

Mario Vargas Llosa.

elpais.com/

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Lo ocurrido el miércoles pasado día 7 de enero en París en la sede de la revista satírica “Charlie Hebdo”, donde unos bárbaros asesinos islamistas desencadenaron una matanza de periodistas y policías al grito de “Alá es grande”, es un suceso indiscutiblemente muy grave.

No solo porque han segado injusta y cruelmente vidas humanas inocentes sino porque su premeditada acción, llena de odio, pretende, además, la meta de atemorizar al mundo del periodismo y de la comunicación, y abatir una de las más preciadas libertades políticas que tanto ha costado conseguir al hombre: la libertad de expresión.

La libertad de expresión es, en efecto, el centro neurálgico del gobierno democrático. En este sentido, sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que no existe democracia si no hay libertad de expresión. Los terroristas conocen bien el alcance que, desde el punto de vista político, tiene atacar la libertad de expresión. Nada menos que intentar acabar con la democracia y su presupuesto, la libertad. Ante las atónitas mentes de los ciudadanos occidentales y del mundo civilizado -hoy en el punto de mira del terrorismo islamista- parece que la libertad, uno de los supremos derechos humanos, no es ningún valor a reconocer ni a respetar por estas alimañas.

Resulta incomprensible e inexplicable que estas personas que han nacido y crecido en un país de la solera democrática y cultural de Francia; que se han formado en el mundo occidental; que la República francesa no les ha negado nada, las ha acogido, dado enseñanza, trabajo y dignidad como ciudadanos libres e iguales, aquéllos repliquen -para mayor asombro, al cabo de una o dos generaciones- odiando la libertad, la democracia, el pluralismo y la creatividad del libre pensamiento.

¿Habrá que continuar pensando que el hombre es distinto según la latitud del país donde vive, la religión que profese o la ideología que posee? Entrar en la vigésimo primera centuria, ¿no significaba que todos asumíamos unos valores mínimos comunes llamados derechos humanos y que sometíamos nuestras diferencias al diálogo, al Derecho y a los Tribunales de justicia? ¿Qué pasa en el mundo musulmán?

Con sus monstruosos hechos, los terroristas islamistas han demostrado que la civilización occidental es muy superior a su primitivo y arcaico mundo. Que su sociedad y pautas de comportamiento no han evolucionado, que permanecen petrificadas en el atraso y en la barbarie medieval.

Mientras las sociedades occidentales, las de la cristiandad, han evolucionado, han pasado por etapas tan importantes y significativas como el Renacimiento, la Ilustración (o la Enciclopedia) y la Revolución Francesa, ellos están anclados en la miseria del ejercicio absolutista del poder, es decir, en las dictaduras; practican la discriminación peyorativa hacia la mujer, la intolerancia, el fanatismo extremo, y permanecen en una concepción de la religión como instrumento de sometimiento y no de liberación.

Los occidentales debemos tomar conciencia de las ventajas de nuestra sociedad, de nuestra visión del mundo, libre y digna, que hay que saber defender.

Los europeos podemos sentirnos orgullosos de que hemos sido capaces de crear y poner en vigor aportaciones intelectuales tales que, sólo con ellas, si me apuran, podemos conseguir objetivos sublimes e ideales sin necesidad de acudir a ninguna religión.

Así la cultura griega clásica, afortunadamente asumida por los europeos, que reivindica en el plano político (separado, por tanto, de la religión) la democracia y el pensamiento crítico (valiosísimo éste contra el fanatismo). Por otro lado somos tributarios de la formidable concepción de la ética laica, que conduce, como señala J. A. Marina (“El Islam y la educación”, El Confidencial, 13.1.15), al “mayor respeto a la dignidad de todos los seres humanos”.

Y si es en el ámbito jurídico, los europeos disponemos de otra gran construcción cultural debida al genio romano: los “Tria iura praecepta” (los “preceptos del Derecho”), formulación debida a Ulpiano, y que los españoles hemos heredado en la conformación de nuestra doctrina jurídica: vivir honestamente (“honeste vivere”); no causar daño a otros (“alterum non laedere”) y dar a cada uno lo suyo (“ius suum cuique tribuere”).

El principio democrático y la racionalidad jurídico-romana están en la médula de nuestra civilización, que ha sabido separar la religión del Estado, de la política. De ello se ha decantado el respeto por los derechos humanos, universales e incondicionados, límites infranqueables del ejercicio del poder.

Para desmontar la amenaza ‘yihadista’ sería menester que el mundo musulmán, o islámico, asumiera la filosofía que encierran los tres principios de la Revolución francesa de 1789: Liberté, égalité, fraternité.

Mientras, el odio seguirá vivo.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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