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Cataluña: llueve sobre mojado

Cataluña es una nación y como nación tiene derecho a la autodeterminación” (Puigdemont a Miquel Iceta en el ‘Parlament’.   31.5.2017).

Batsita Roca con mossen Batlle

Son muchos los estudios, comentarios y reflexiones que está suscitando el llamado “problema catalán”, eufemismo que alude a las pretensiones soberanistas que apoya una parte de la población catalana.

Desde  2012, y dicen que por consecuencia de la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010 -que anuló una veintena de artículos del Estatuto de 2006-, el fragor y la tensión secesionista no han cesado de aumentar, sin importarles a los disparatados líderes -y a las formaciones que los sustentan- la fragmentación del Estado aun al precio de violentar el Ordenamiento jurídico.

Pareciere, pues, que la desafección y los deseos de ruptura de una parte de la población catalana con España pertenecen a tiempos cercanos, de hace unos pocos años, y no es así. Los intentos de separación de Cataluña del Estado se remontan a siglos atrás. En concreto, la cronología que ofrece el separatismo catalán parte de la Marca Hispánica carolingia, la rebelión de 1640 o la “derrota” de 1714.

En un reciente artículo periodístico, el profesor De Esteban expone el ‘rosario’ de fechas cercanas en las que   los nacionalistas han logrado algún tipo de independencia respecto de España. Así, cita las proclamaciones de 1873 (Viñas y Brousse), 1931 (Maciá) y 1934 (Companys), estas últimas durante los Gobiernos de la 2ª República. De todos es sabido cómo terminaron estos experimentos territoriales y el reducidísimo lapso cronológico que duraron estas aventuras secesionistas.

Sin embargo, quiero poner el acento en otro capítulo mucho menos conocido y comentado: el referido a las andanzas separatistas y al modo de conducirse los nacionalistas catalanes con el Gobierno británico durante el régimen republicano y la Guerra civil. Ambas cosas, andanzas y talante, reflejan que, durante la República y una vez desatada la Guerra civil, los políticos catalanes  de ideología nacionalista y republicana, que entonces ostentaban el Gobierno de la ‘Generalitat’, fueron profundamente desleales con aquélla, ocultaron sus negociaciones a los gobernantes estatales, y adoptaron papeles institucionales propios de un Estado y de gobernantes independizados. Todo ello, repito, sin ponerlo en conocimiento del Gobierno del Estado, presentándose ante las autoridades británicas a espaldas de las republicanas españolas. No cabe mayor deslealtad y desafección. No cabe mayor impostura y empecinamiento: aparentar lo que no se era, un Estado. El partido al que le cabe ese timbre de “gloria” es “Esquerra Republicana de Catalunya”, que ya despuntaba por su anti-españolidad y su deslealtad con el Estado.

Para que se sepa, la persona que protagonizó ese ignominioso papel de representante de un inexistente “Estado catalán”, en plena Guerra civil, fue Josep María Batista i Roca (1895-1978), enviado a Londres “en misión diplomática” del presidente Companys, “jefe de Estado de Cataluña” (sic), y cuya presencia en la ciudad del Támesis “no era conocida por la Embajada española”   (“La guerra de España (1936-1939)”, Enrique Moradiellos, RBA, Barcelona, 2012, pág. 161 y ss.).

En el desempeño de ese delirio, de esa farsa y suplantación ante las autoridades del Foreign Office,  Batista i Roca les manifestó que “los catalanes son muy reacios a resignarse a la destrucción de su país (sic) por causa del apoyo a la República”, y que había sido enviado a Londres “con vistas a salvar a Cataluña” (22 abril 1938). Tómese nota de la españolidad del sujeto y del parecido con el pacto de Carod-Rovira con ETA.

Batista propuso a los políticos británicos la necesidad de desmilitarizar dos zonas en España: “el territorio vasco y el área mediterránea catalana (sic): Barcelona, Valencia y las islas Baleares (Ob. cit., pág. 164), lo que recuerda el antecedente del hoy pretendido topónimo de los “Països catalans”.

El “diplomático” catalán no detuvo aquí su misión sino que se ofreció para estar presente y representar a Cataluña directamente en cualquier “conferencia de paz” que las autoridades británicas convocaran para conseguir una mediación internacional. Incluso alardeó de su influjo ante las autoridades republicanas españolas al sostener que éstas, con seguridad, “aceptarían la mediación internacional” (Id., pág. 165). No bastándole tanto atrevimiento, Batista añadió la condición de que, en esa mediación, “Cataluña habría de decidir (¡ese verbo!) la naturaleza política de su gobierno autónomo, y qué ampliación debiera hacerse en los poderes autónomos del país [Cataluña]”.

Como afirma Moradiellos, “la gestión […] demostraba una grave pérdida del sentido de la realidad política y diplomática” (Id., pág. 168). (Esa misma pérdida de sentido que puede encontrarse hoy en el asunto del anunciado “referéndum” separatista). En el Memorándum que Batista presenta en Londres el 24 de junio de 1938 se sostiene que “Castilla (sic) ha llevado a cabo la conquista de las otras naciones de la Península, probable causa de la presente guerra [civil]”. ¡Delirium tremens!

No cabe duda de que esta página de la Historia española, poco conocida y vergonzosa, nos demuestra la alta toxicidad que los nacionalismos suponen para la convivencia y la democracia.

Hoy como ayer, en Cataluña llueve sobre mojado.

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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