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Casi decapitados

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Un individuo se fotografía en apoyo del IS en Zaragoza/lavanguardia.com

Este mundo tecnificado hace que las cabezas que corta el IS lleguen rodando hasta nuestros pies gracias a youtube. El miedo sale también en twitter y en facebook. Si ya el telégrafo hacía temer a nuestros antepasados por las enormes posibilidades de control y represión que ofrecía a los Estados, qué debemos esperar ahora. Puede que el formato haya variado pero el mensaje sigue siendo el mismo, el terror como arma. Lo que el Estado Islámico espera es poder ampliar los límites de la guerra. Seguir lanzando cabezas por encima de nuestras murallas hasta minar nuestra fortaleza. Ya no existen guerras convencionales, ahora combatimos contra una sombra.

El mundo se le deshilvana a Obama mientras él claudica poniéndose trajes beige. Pero “la libertad tiene un precio”, como él mismo se ocupó de recordar en Bruselas tras la invasión de Crimea. En el centenario de la Gran Guerra y el 75º aniversario de la II Guerra Mundial, me pregunto si mi generación estaría dispuesta a derramar su sangre en el Somme o en las playas de Normandía. Quizás a nosotros nunca nos dijeron que la libertad tuviera un precio. Y ahí tenemos a nuestros propios retoños de la tercera generación ofreciendo sus brazos, sus ojos, sus bocas y sus oídos al IS. Amparados en la promesa de las setenta y dos vírgenes que les esperan en el paraíso. Como si Magaluf y la Barceloneta no les bastara.

Así, el Estado Islámico de Irak y Levante extiende su imperio del terror, haciendo correr ríos de sangre de televisor en televisor, de ordenador en ordenador, y de móvil en móvil. Mientras, aquí, sólo el 16% está dispuesto a participar en una eventual defensa de España. Por otro lado, el 38’7% de los jóvenes considera admisible la pena de muerte. Siempre ha sido mejor que el Estado mate por nosotros.

Nadie está dispuesto a luchar porque nadie comprende lo que está realmente en peligro. Creo que tenemos un problema de conceptualización. Cuando hablamos de defender España hablamos de no permitir que nos hurten los valores y las libertades que garantizan nuestras instituciones. Supongo que es esto lo no se entiende cuando a alguien se le plantea la cuestión. Quiero pensar eso antes que admitir que realmente nadie está dispuesto a levantar un dedo hasta que vea atacada su propia molicie, entonces ya será tarde para nada. Se nos reblandece el pescuezo, vamos perdiendo la verticalidad cabeza tronco, nos falta la tensión necesaria para mantener la cabeza erguida y nuestra testa parecer ceder al peso de las propias contradicciones. Vivimos casi decapitados. Cuando llegue el momento les será tan fácil como cortar mantequilla.

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