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Areilza y la democracia española

Un Estado es democrático en tanto que los hombres que lo rigen no se sientan poseedores únicos de la verdad. En política no hay verdades absolutas, ni nadie tiene la razón del todo. En eso consiste la esencia de un Estado democrático” (José María de Areilza, 9 marzo 1970).

José María Areilza

Conocí personalmente a don José María de Areilza en Granada, cuando yo estudiaba Derecho, en la primavera de 1966, con ocasión de un ambicioso ciclo “aperturista” de    conferencias que organizó el Colegio Mayor San Bartolomé y Santiago, siendo rector el profesor Salazar y Abrisquieta. A la culta conferencia acudió también don José María Stampa Braun, de oratoria y brillantez nada que envidiar al ingeniero y diplomático vasco.

La frase que encabeza esta tribuna, y otras que vertió el conde de Motrico (político, embajador y exministro de Asuntos Exteriores de España 1975-1976) en el almuerzo de esa fecha, le costó ser emplazado ante el Tribunal de Orden Público (TOP), acusado de reunión clandestina y asociación ilícita. No fue la única sanción que este monárquico liberal recibió en su hoja de servicios por la recuperación de las libertades bajo el franquismo. Unos meses más tarde, por entregar una carta al secretario de Estado norteamericano señor Rogers, de visita en España, en la que se contenía un ‘memorándum’ para normalizar la situación política de aquella estrecha e inviable España franquista, Areilza, Satústregui y Tierno Galván fueron multados con la nada desdeñable cantidad de cien mil pesetas de la época, eludibles mediante arresto sustitutorio en prisión por simple resolución del Gobernador civil o del correspondiente alto cargo del Ministerio de la Gobernación, sin intervención judicial alguna.

Existe hoy demasiada frivolidad, ignorancia, y hasta mala fe, al juzgar lo que supuso la larga dictadura franquista para las libertades y los esfuerzos intelectuales y políticos que, con valor, desempeñó la acosada oposición antifranquista. Resulta chusco e injusto ahora, en plena libertad, demonizar a amplios sectores de la sociedad española de entonces, especialmente al que podríamos llamar, con terminología acuñada por el mismo Areilza, la “derecha civilizada”, tildándolos claramente de franquistas, cuando no se acude al abusivo, socorrido y manido calificativo, en este caso, de “fascistas”. Y también resulta hoy una burda manipulación política -además de falsedad histórica- sostener que el éxito de la Transición y la instauración del Estado democrático se debieron exclusivamente a la presión de la izquierda de entonces. Si no queremos engañar, el restablecimiento de las libertades y de la actual democracia constitucional fue mérito tanto de sectores reformistas del franquismo como de todo el amplio espectro antifranquista, en el que ocupó un relevante papel el señor Areilza.

Prueba de esta última aseveración se encuentra en el valiente discurso para la época (1970) que, a pesar de la dura  represión del “Régimen”, leyó en un restaurante de Madrid el elegante e ilustrado aristócrata vasco, cuyo esquema incluía los siguientes puntos fundamentales del programa político de los partidarios de la “Monarquía de Estoril”, personificada en don Juan de Borbón. Decían así: “1) Devolver la soberanía a la nación; 2) Crear un Estado democrático; 3) Garantizar las libertades esenciales del hombre; 4) Establecer unas instituciones asentadas en el Derecho” (José María de Areilza, “Crónica de libertad”, Planeta, 1985, pág. 142). Afortunadamente, todo ello se logró más tarde con el concurso de todos los demócratas, incluidos los conversos merced a una plausible evolución personal. Sin estos últimos, la empresa de restablecer las libertades y adoptar la democracia como sistema de gobierno hubiera sido mucho más difícil y con un alto costo colectivo.

¡Qué diferencia con ciertos políticos y gobernantes de hoy! Esos que han descubierto el mediterráneo de los derechos y libertades fundamentales. Esos que se reparten y entregan títulos de “demócratas de toda la vida”. Esos que, en su ceguera partidista e indigencia moral, engañan al pueblo que dicen defender al afirmar que la democracia sólo se alcanza con ellos. Esos que a la Constitución de la concordia de 1978 la denigran cuando injustamente la califican de “candado”. Esos que, en lugar de construir una convivencia en paz y libertad, destapan la caja del enfrentamiento y el odio… Esos que en lugar de respetar una “instancia arbitral para presidir la reconciliación de los dos bandos enfrentados en la guerra civil” (Op. cit., pág. 78) se pasean sin respeto con la tricolor por bandera, agitándola sin pudor aun siendo contraria al orden constitucional, y presentándola como el símbolo de la paz y la prosperidad que, lamentablemente, no fue.

Areilza ayudó a hacer posible la “Monarquía de todos”, a preparar la Transición y a convertir aquella derecha cerril y montaraz, dominante desde 1939, en una “derecha civilizada” y europea, apta para el juego democrático que los intereses de España demandaban inapelablemente. Tolerancia, derechos, libertad y democracia, son valores hoy plenamente asumidos por la ideología conservadora.

Ese es el mérito de muchos hombres que hoy se silencian o desconocen.  

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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