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¿Arde Cataluña?

Si a esa nación latina (España) la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo” (Sabino Arana, fundador del PNV).

Una estelada en la Plaza Sant Jaume. Lainformación.com

La locura a la que los separatistas catalanes están llevando a Cataluña me ha hecho recordar la célebre pregunta que hizo Adolf Hitler cuando llamó al gobernador alemán de París el 25 de agosto de 1944, el general Von Choltitz: “¿Arde París?”. Vaya la una por la otra locura.

A la vista de los despropósitos que se desarrollan allende el Ebro, cabe preguntarse si arde Cataluña, si la vesania se ha instalado para durar o, por el contrario, permite un esperanzador tratamiento. La pregunta no es ociosa porque, en mi opinión, los dirigentes separatistas catalanes han contraído una responsabilidad histórica considerable al llevar al país al riesgo de una catástrofe irreparable. Los actuales dirigentes, que han convocado una consulta con ruptura de la legalidad constitucional, hecho gravísimo, actúan de forma parecida a un pirómano. Encienden y queman la convivencia, los lazos personales, la democracia y las libertades que ampara esa forma de gobierno. Por eso creo que el título de la tribuna es pertinente.

Los actuales gobernantes catalanes, JuntsxSí y la CUP, son políticos penetrados de egoísmo identitario, de sectarismo, de fanatismo, que quieren eludir el verdadero y legítimo origen de sus cargos, la Constitución y el Estatuto. La deslealtad con la que se conducen es supina y desde el punto de vista ético no se sostienen. Han engañado y manipulado a su pueblo.

Nos podemos preguntar cómo es ello posible, pero la falta de formación política generalizada del pueblo es una desgracia aliada de estos chamanes perversos e hipócritas: los lemas y argumentos que han lanzado a la sociedad catalana son mendacidades que han tenido fortuna entre sus destinatarios.

Hay que reconstruir Cataluña, arrasada por el malo y delirante gobierno de esos “consellers” seleccionados por Puigdemont en función de su hispanofobia, y hay que reedificar las relaciones de Cataluña con el Estado, seriamente dañadas por la acción unilateral y demencial de los separatistas, que han visto aumentar el número de secuaces gracias a falacias, ocultaciones interesadas y a pura manipulación.

Desde el punto de vista político y en el lado de los secesionistas, todo en Cataluña hoy está falsificado. Hasta los requisitos del famoso y anticonstitucional referéndum, que brillan por su ausencia. La insania separatista llega hasta ello.

Y todo viene en el peor momento político. Desde el plano de la gobernación del Estado, el problema estalla con un Gobierno que sólo posee mayoría relativa; con un socialismo que lucha por su integridad, por su supervivencia; con un ‘Podemos’ disolvente, falsamente demócrata y abiertamente ‘revientasistemas’. Cuando pase la fiebre separatista se verá entonces con toda nitidez que los gobiernos de esa Comunidad autónoma han estado en manos de botarates, como Azaña hubiérales motejado.

Cuando el Estado de Derecho haya vencido tanta estulticia, iniquidad y falseamiento, los gobernantes y los líderes que han llevado al pueblo catalán -y a los demás españoles- a la tensión y quebrantos con la idea separatista, tienen que asumir responsabilidades de todo tipo.

Pasado el huracán, se ha de sembrar la semilla de la concordia, del trabajo conjunto y la recuperación de un ambiente de sosiego, de normalidad y de constitucionalidad. Hay que reparar el atropello. Cuando se despejen los nubarrones habrá que reconstruir el Estado, al modo orteguiano, teniendo en cuenta los peligros que acechan a la convivencia entre los españoles y evitando circular por caminos de demagogia y deslealtad por donde han transitado los partidos nacionalistas desde 1977.

Así evitaremos que se reproduzcan los escenarios de traición y vilipendio que se han inferido a la soberanía nacional. Es la hora de poner límites a las sacudidas nacionalistas, al chantaje de sus líderes y al vaciamiento del Estado, el gran ausente de todo este drama en el que el papel principal lo han ocupado los nacionalismos vasco y catalán. Curiosamente las dos regiones españolas más ricas y con mayor descentralización. Una de ellas, la vasca, con una relación confederal en lo político, vigorizada con un concierto económico, verdadero privilegio y bicoca, una antigualla en el marco de la moderna Unión Europea y un factor de desigualdad dentro del mosaico hispánico. ¿De qué se quejan?

Ahora queda el hercúleo esfuerzo de conseguir la vertebración constitucional de España. Hacer el tránsito de la patria particular (la de los separatismos) a la patria universal, la patria española. La futura España ha de estar integrada y cohesionada o no será. Menester es poner en práctica lo que no se ha hecho o se ha hecho mal: pedagogía y política del patriotismo cívico y constitucional.

La mentalidad carlista y egoísta de los separatismos periféricos españoles ha de mutarse en un liberalismo integrador para conformar la gran Nación española sobre la base de la Ley, la libertad y la democracia. Roma -el Derecho- y Atenas -el gobierno democrático- deben resurgir para dar empuje al Estado. Frente al sectario enclaustramiento de los nacionalismos, el derrumbe de fronteras y el repliegue de banderas.

Cuando desaparezcan los pirómanos se habrá salvado el solar patrio común.   

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