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Albert Rivera

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Esta crónica es real. Los hechos que relato se adelantaron al tiempo presente. Algo que estaba en embrión ha germinado y está cristalizando ante nuestros ojos. Es bueno conocer este alegato ahora que la estrella luce. Se trata del brillante camino hacia la consolidación del liderazgo del joven político español Albert Rivera (Barcelona, 1979).

En esa trayectoria, mi modesto testimonio sólo tiene el valor de manifestar lo que vi y oí el 2 de Noviembre de 2013, cuando invitamos a Albert a exponer en Granada, en el tiempo de mi presidencia en otra asociación, las grandes líneas de su proyecto y de su discurso político que ya trascendía los límites de su Cataluña natal, hijo de barcelonés y malagueña.

Fue un acierto traerlo a la carrera de la Virgen, donde consumió hora y media de encendido y bien articulado discurso. Albert descolló por su inteligente argumentario, por la defensa de postulados y valores liberales, por su sensatez, por el halo de carisma que irradiaba en toda cuestión que el público, nada fácil, le planteaba. Sus respuestas eran convincentes. Novedosas y clásicas a la vez. Ilusionaba. Por fin, ser político, joven, inteligente y formado no era irreal. Estaba a nuestro lado y se llamaba Albert Rivera.

En el discurso de presentación que le dediqué tuve buen cuidado de recordarle que en Santafé se pusieron las bases para la alta política de fundación del Estado español. Él asintió. Le recordé la numerosísima población granadina que vive y trabaja en Cataluña con el doble sentimiento -perfectamente compatible- de ser granadinos y catalanes. “Por eso tu visita es oportuna y grata, y eres recibido con expectación e interés”

En mi intervención sostuve afirmaciones que hoy cobran todo su valor y proyección. Así, cuando le dije que era “un joven político catalán que en su persona reúne muchas virtudes políticas que lo convierten en un valor en alza”. Y añadí: “[…] La figura de Albert Rivera nos despierta la ilusión de estar recibiendo, tal vez, al Adolfo Suárez de una Segunda Transición, al Cánovas del Castillo del siglo XXI o al Kennedy español”. Se sorprendió. Giró su cabeza buscando mi mirada y dibujó una sonrisa cómplice. Albert puede ser, por qué no, una de esas figuras aludidas. Creo que aceptó el reto en su interior. Y yo me tranquilicé por esas atrevidas comparaciones. Encajó y demostró madera de líder.

Sumé otras afirmaciones que intentaban retratar a nuestro invitado y creo, sinceramente, que lo logré: “Con él recobramos en cierta medida la esperanza del valor y el coraje en la política. La esperanza del gobierno de las leyes y no de los hombres (alusión al independentismo). Damos la bienvenida al sentido común, y no a la arbitrariedad ni a los atajos. Recibimos al político con mensaje, no al político hueco, de cartón piedra. Se recibe aire fresco en la política patria. Recibimos el argumento, la palabra”.

Más adelante de mi discurso, en el que no olvidé leerle un párrafo en su otra bella lengua paterna, destaqué el esfuerzo que Rivera ha venido desarrollando estos duros años atrás en el Parlamento de Cataluña en defensa de la democracia, la constitucionalidad, el respeto a la legalidad y a la soberanía de los españoles. Dediqué un juicio muy duro contra el nacionalismo, coincidente con las posiciones riveristas. En ese sentido afirmé que Albert milita en favor de la libertad y el nacionalismo está reñido con ella. Y que Albert era uno de los pocos puntales defensores en Cataluña de los valores de la Constitución de 1978. Terminaba subrayando la misma conclusión que nuestro ponente ha sostenido tozudamente en la política catalana contra la sinrazón separatista: que el sistema político de la vigente Constitución “quita toda razón, cualquier fundamento o justificación, si alguno tuviere, a la secesión de uno de los territorios componentes de nuestro viejo Estado. En esta batalla ideológica e intelectual está Albert Rivera. Por eso me atrevo a pedirle -dije- que cuide de no agostar la esperanza de la ciudadanía”.

Seguidamente, Albert inició su disertación en un ambiente expectante. El joven político catalán fue atentamente escuchado y no defraudó más que a los pocos extremistas que equivocadamente esperaban sangre y fuego. Pero Albert Rivera es, ante todo, un político centrista y centrado, europeo y europeísta, es decir, un político español que se apoya en la razón, en la reflexión, en el argumento, en los valores humanos y liberales.

Hoy, buena parte de mis atrevimientos literarios que sobre la figura de Albert vertí en mi alocución, me complace comprobar que se han cumplido o se van a cumplir.

Por eso creo que la opinión pública debía conocer la intrahistoria de una mañana con Albert Rivera en Granada.

 

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Autor del artículo: José Torné-Dombidau Jiménez

Presidente y socio fundador del Foro para la Concordia Civil. Profesor Titular de Derecho Administrativo por la Universidad de Granada.

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